sábado, 24 de abril de 2021

VIVO EN UN PAIS ROTO

Vivo aquí por escogencia. Vivo en un país roto.  Sin embargo, no estoy rota. Soy una mujer fuerte y sana por dentro y por fuera, con algunas cositas que arreglar. Considerando, estoy bastante bien. Me he dejado crecer el pelo (no me gusta llamarlo cabello), lo tengo completamente blanco al natural cero tintes ni cortes raros, me lo amarro con una cola que hice con un elástico con el cual hacía unos tapabocas. Vivo en Caracas. 

Amo a esta ciudad llamada Caracas, y también amo sus alrededores. Lo sé cada mañana y cada noche. En las tardes lo siento menos, pero todo el día siento con mayor o menor intensidad esa cosa que me aprieta el pecho sólo por estar acá, en Venezuela, y en Caracas.

Me gusta el norte de la ciudad. Caracas es mi lugar favorito en todo lo que conozco del mundo, en competencia con la sensación del silencio en los pasillos de la Tate Gallery en Londres, y el goce de las tiendas de perolitos viejos del mercado de San Telmo, en Buenos Aires. Amo moverme y mudarme. Amo viajar y montar una casita en cada mesa de noche a donde llego. Llegar a Caracas tiene mucho de parada definitiva y lo siento en cada hueso del cuerpo. Lo veo en mi mesa de noche caraqueña.

Ahora no estoy viviendo en el norte de Caracas, pero le veo desde una privilegiada ubicación desde el sureste. Miro al norte con permanente sorpresa de lo mucho, muy feliz, que me hace ver ese cerro tan grande. El Ávila se despliega casi completo desde Catia hacia Guarenas frente a la parte trasera de esta casa donde ahora vivo. Hace nueve meses que miro a nuestra montaña con un amor que me llena el alma de ternura cada cinco minutos. Hace cuatro meses mi panita Jorge Gan me operó las cataratas de ambos ojos y de pronto volví a ver cuántos tonos de verde había en cercana la mata de mango de esta casa y el lejano cerro que nos cobija por el norte en este valle.   

Tengo tres semanas cosiendo estrellitas, sólo siete, alrededor de imágenes frescas de amarillo, azul y rojo. Me gusta lo subversivo del gesto, de que sean sólo siete porque me da la gana y porque no acepto que se me diga cómo es la cosa desde el resentimiento y no de desde la razón. Aunque sobren razones para justificar el resentimiento, no me importa. La razón siempre debe privar. De lo contrario el diálogo se vuelve lucha, la lucha, revolución, y la conversación entre las partes desaparece para darle paso a una gesta genocida de un sector sobre el otro. Te lo impongo por la fuerza y si no lo aceptas por las buenas, te golpeo e intento destruirte. Si no puedo destruirte, entonces te aparto y te ignoro.  

Así mató Caín a su hermano. Así te pega la primera vez el padre de tus hijos. Así lo dejas de amar y respetar en ése preciso lugar y minuto. Así se muere uno un poquito con la primera mentira que le descubres a alguien a quien le has abierto tu corazón y el de tus hijos. Porque el miedo y el rencor siempre van de la mano con la violencia y la mentira, especialmente cuando éstas son agresivas y no defensivas. O siempre. No lo sé. Tampoco importa demasiado a estas alturas.

Lo que sé con mucha certeza, es que la vida es mucho más complicada de lo que te cuentan en la infancia, menos de lo que sin embargo te parece en la adolescencia, y totalmente distinta a lo que te convences que es la vida adulta cuando pasas los sesenta y cinco, y sigues vivo para tu mayor alegría y susto.

Mi papá se murió de miedo a los sesenta y cinco, por eso vivo cada día en el presente, porque comprendí con su muerte que nada debe darnos más miedo que el miedo mismo, y que el futuro no existe sino para ahorrar dinero y haber guardado para tener un techo propio y seguro sobre la cabeza, además de poder pagarte un seguro de salud suficientemente bueno. Si no tienes estas seguridades a futuro, no te queda otra que mirar adelante con los pies ligeros, ojos bien abiertos y una super sonrisa en el corazón, porque lo que viene es joropo sin duda ninguna. Hay que prepararse para bailar.

Hace unos cuantos años, hice caso a voces que me aconsejaron lo que creyeron era lo mejor para mí y mis dos hijas, y vendí todo lo que había logrado asegurarme para la vejez para regresarme a vivir en el sueño americano, lo cual nada tiene ni tendrá nunca mucho que ver conmigo. No le hice caso a una vocecita loca que cargo dentro, que me hablaba sin parar y que entonces me decía que no me no me moviera más, que me quedara quieta, que me sentara a escribir y a repensar mi trabajo, mi obra visual y mis escritos. Que cuidara el inmenso regalo que me habían hecho en el último divorcio al garantizarme el techo y el sustento. Que dijera lo que vine a decir y lo dejara bien dicho. No. Seguí corriendo y dando vueltas alrededor de mi cola y fue entonces cuando me caí de bruces. Todavía me curo los raspones de semejante caída, pero ahora escucho con más respeto a esa vocecita que está también bastante más cansada y asustada con mis loqueras. Me ha costado convencerla de que siga conmigo y no me abandone. Que confíe en que estoy siendo mucho más seria con este proyecto de ser quien soy y salir bien parada de haberlo averiguado. Estoy ahora en el proceso de aprender a defenderlo.

Vivo en un país roto que no quiero reparar y del cual no espero casi nada, sino amarle y ser amada por éste. Es un lugar chiflado, que nunca fue relevante hasta que se volvió titánicamente indispensable, para luego no tener ni idea de qué hacer con semejante relevancia.

A la pobre Venezuela le ha pasado esto dos veces en su historia y las dos veces ha puesto dos gigantescas tortas: después de la gesta independentista del siglo XIX, y con el boom petrolero de mediados del siglo XX. Mucho con demasiado para tanta juventud y belleza. La torta, pues. Vivo en las ruinosas consecuencias de semejante adolescencia social, mientras veo cómo Venezuela intenta hacerse un adulto responsable de su propia vida, asume sus errores e intenta corregirlos al tiempo que se desliza por un barranco de lamentables consecuencias sociales, culturales y afectivas.

Todo se cae a pedazos a nuestro alrededor en esta tierra ahora casi sin gracia. Sin embargo, para nuestra mayor sorpresa y felicidad, aquí sigue vivito y coleando ese nosotros mágico maravilloso que somos y hemos sido desde el primer día. Nos lo olemos unos a otros, con alegría y medias sonrisas.

Y así vamos, poco a poco, de brinco en salto, mientras Tío Tigre y Tío Conejo se ponen de acuerdo para la próxima aventura juntos en cada uno de nosotros, sus hijos y orgullosos herederos. Mientras tanto, sigo mirando hacia adelante, agradecida con los verdes insólitos que descubro a cada rato, por esas guacamayas que cruzan el cielo frente a nosotras en esta casa, y con los extraordinarios camburcitos manzanos que se consiguen en la muy extraña frutería que queda cerca de la bomba en Las Acacias, donde pongo gasolina subsidiada cuando el calendario oficial dice que me toca por el número de placa de mi carrito.

Unas de cal y otras de arena. Como un albañil de la madurez, así va uno rellenando las grietas de esta vida rota que nos tocó vivir. Sabes ahora sonreír desde el corazón, mientras aprendes a bailar. Eso está buenísimo.

Gracias. 

Caracas marzo-abril 20121

sábado, 27 de febrero de 2021

 


                                   (escrito hace poco más de un año)


HUECOS, VACIOS Y PARADOJAS

Caracas, enero 2020

Al regreso de la pausa que es cualquier viaje, siempre tendrás que adaptar de nuevo tus pequeñas rutinas. Eso pensaba frente al espejo sobre mi lavamanos, cuando recordé avisarle a mi mamá que había llegado bien a casa. Así de golpe, dos enormes lágrimas hirvientes. No habrá más llamadas. Se acabó la complicidad de eso que sólo ella y yo sabíamos. Vengo de vuelta del funeral de mi mamá en Miami. Agarrada al borde del lavamanos miro mis ojeras en el espejo. El enorme hueco de la orfandad se me extiende por el pecho. Ausencias que quizás sea lo que nos define. Mi hermano Juan hizo posible que todos los cinco hermanos nos reuniéramos, llevándonos a Alicia y a mí para reunirnos con los demás allá en Miami.

En fin, estoy de regreso en Caracas. Mi madre murió lejos hace poco más de dos semanas. Días de vacíos y de huecos. De evaluar y sacar cuentas. Revisar y evaluar la situación en la que me he ido metiendo. ¿Cuáles son las tareas pendientes ahora de vuelta en Venezuela? Aquí en Caracas hay tanto que no hay. Tanta ausencia. Tanto hueco. Para donde mires, sin embargo, verás soluciones a esos vacíos: desde mermeladas caseras hasta soluciones digitales, toda clase de respuestas que intentan volver a poblar lo que se quedó solo.

Resulta curioso sentirse bien acá, en medio de una situación tan exigente, donde tantas veces a tu audacia está obligada a ganarle la partida al susto. Hacer arqueo de caja con frecuencia como estrategia para serenarse, hago un recuento constante de lo que tengo en favor nuestro: la fuerza que llevo dentro, el apoyo de mis hijos mayores, la compañía de mi hija menor, estar en malo conocido, mi carrito Toyota Starlet de 1998, el anexo donde vivimos, la red de afectos que hemos construido. Se necesita mucho apoyo en esta campaña de buscar refugio en una ciudad desamparada, donde todo parece estar a la buena de Dios.

Esta ciudad fea y hostil llamada Caracas, que puebla un lugar hermoso, mágico que geográficamente también se llama el valle de Caracas. Calles y gente llenas de huecos. Para donde veas siempre hay algo roto. Pero, también ves gente estupenda llena de alegría y coraje. Vives en una amable temperatura todo el año, rodeada de paisajes verdes, azules y naranja rojizo que quitan el aliento. Por doquier consigues unas cocinas que se saben mover con una maestría intuitiva dentro y fuera de los sabores locales. Una y otra vez no te queda otra que decirte a ti misma que Venezuela es simplemente increíble, y que la ciudad de Caracas, es un guiño a todo lo posible.

Desde hace un año manejo mi carrito viejo por esta ciudad.  Huecos asombrosos y rutinarios de hasta veinte o treinta centímetros de profundidad y casi un metro de ancho, en medio de cualquier vía, que van aflojando todo en el carro y en tu cuello. Alcantarillas redondas sin tapa y sin fondo. Huecos largos y huecos anchos, los hay superficiales, los hay profundos, surcos en el asfalto que se van volviendo canales y rasgaduras en calles y avenidas. Los inexistentes sellos en las juntas de dilatación en los puentes elevados y los pisos altos en las vías de esta lastimada ciudad, son un constante castigo para los amortiguadores del carrito y la columna vertebral de cualquiera. Te aprendes los huecos cuando ya has caído dentro demasiadas veces, y cada día hay huecos nuevos por conocer. Se aclimata uno rápido a esta adversidad.

Otra historia es la gente, que también está muy lastimada. La encuentras por todas partes con sus huecos, unos visibles y otros no tanto. Enormes vacíos en el espíritu de esta nueva sociedad venezolana. Ves con asombro como la ausencia de escrúpulos crece a tu alrededor. Náusea de volverte así. Varias veces al día en silencio digo que no. Aunque el cansancio, la frustración y la desesperanza han abierto enormes huecos en el alma venezolana, la gente no tira la toalla en este país del asombro, y responden agradecidos a cada sonrisa que les compartas. Aunque el abandono y la desidia de la infraestructura te determinan la vida en esta pobre ciudad, miles de personas a diario no se dejan paralizar por semejante destructividad, y la sufren en medio de cómplices mentadas de madre colectivas a los sinvergüenzas que han terminado de arruinarnos la vida urbana y la poca convivencia sana que nos quedaba.

Es que, como dice mi hermano Juan, el comunismo no cree en el mantenimiento. Le agrego que tampoco cree en los valores morales y espirituales del individuo. Sólo cree que el “proceso político” es lo único importante. Sólo esos valores son pertinentes. La destrucción de lo que había y la sustitución por este “hombre nuevo” que no sabe de dónde salió ni para dónde va. Aquí ese desconcierto se ha vuelto lo cotidiano.

Al hueco del duelo por mi madre que cargo dentro, ahora se une esta sensación de salto al vacío. Ausencias de estructura, seguridad y coordinación que se nos abren bajo los pies. Vértigo de no ver coherencia en ninguna parte. El caos como norma. La mentira como verdad. Es desesperante. Hay que aprender a vivir así. En eso estamos.

Amanece una bonita mañana caraqueña de enero. Tres guacamayas azules y amarillas pasan volando hacia el Ávila. Ese amado tono rosa en el cielo conocido. Ojalá yo pueda aprender de los huecos en los que he caído. Ojalá pueda reparar los pobres amortiguadores de mi carrito. Ojalá resulten verdades tantas embustes que escuchas a diario. Ojalá.

Mientras tanto, escribo mucho, bordo y coso todo lo que puedo. Tengo trabajo que atesoro y me gozo muchísimo. Cocino sabroso, casi todos los días. La música me acompaña. Abrazo a los afectos que se dejan querer. Ando lo más ligera posible. Seco mis lágrimas y también las ajenas. Mi madre era una mujer fuerte, buena e inteligente. Ella fue una adversidad llena de amor que me enseñó a perdonar. Caigo en cuenta que tengo varios días llenando su vacío con nuevas imágenes y recuerdos. Un enorme agradecimiento me llena el corazón mientras cierro esta crónica.

No soy buena persona por accidente sino por aprendizaje y elección.

Estoy donde corresponde estar. Sentir ese compromiso, aunque sea sólo eso, se siente bien. Ayuda, y mucho.

Gracias.   


viernes, 29 de enero de 2021

CATARATAS

 

Cataratas y otros eventos de la madurez

"La libertad solo se obtiene a costa de la incertidumbre"

                                                           Zygmunt Bauman

 

Es fácil entender que cuando operan tus ojos de cataratas, y luego te insertan en lugar del cristalino opaco una eficiente lente multifocal, recuperes la visión de hace lo menos cuarenta años. Mientras tu primer ojo operado se recupera del trauma sufrido en quirófano, y tú también, lo que parece un poco más complicado de asimilar es el hecho simple de volver a ver bien.

Escribo todos los días desde hace mucho tiempo. Lleno cuadernos y libretas de mis notas madrugadoras, una suerte de compendio del día anterior, de planes y sueños para los días por venir, observaciones del entorno, quejas, lamentos y alegrías acerca de la vida diaria. Cada día cuando abro los ojos y me voy adaptando lentamente al cambio del sueño a la vigilia, estiro el brazo y apago la máquina CPAP para respirar bien mientras duermo, suelto de sus velcros las tiras que sostienen esa máscara que ya forma parte de la noche sobre mi cara, y busco el celular para ver la hora. Cada despertar lo mismo, día tras día, donde quiera que esté, cada mañana. Los lentes de lectura aparecieron cerca de los cuarenta, y desaparecieron la semana pasada.

Desde muy jovencita, por allá al comienzo de los años setenta, me sedujo el bordado. En El Libro Italiano, en Sabana Grande, conseguía revistas Mani di Fata que conservo a pesar de las decenas de mudanzas, varias inclusive de país. Así será la pasión por este oficio. Un vicio de telas, hilos y agujas. Lentes de presbicia también para dar puntadas y a veces coser a máquina.

Cargo un libro de turno siempre que vaya a donde haya que esperar. Desde que los celulares ocupan casi todo el ocio en los tiempos de espera, es más de bicho raro eso de sacar un libro y ponerse a leer. Los libros también han estado siempre ahí, casi los mismos, desde la carrera de Letras hasta el día de hoy.

Cuando llegas casi a los setenta años, un día caes en cuenta que tienes mucho que ver hacia atrás, Algunas miradas son muy gratas, otras te traen tristeza y también hay ahora certidumbres que nunca estuvieron allí, certezas que han sustituido a ciertas preguntas, y en mi caso, un apego y un desapego que se mantienen en una nueva pugna por convencerme de qué conservar, dónde vivir y a quién seguir amando, La vejez es de todo menos aburrida. 

 

Caracas, 22 noviembre 2020

miércoles, 24 de junio de 2020

CARACAS 2 (sin fecha) . Publicado 24 junio 2020


CARACAS 2 

(escrito primeras semanas de 2019 y publicado junio 24, 2020)



SE ME HA IDO LA VOZ

Hace ya doce semanas que no escribo ni publico en el blog. Sigo escribiendo en el diario que llevo desde hace tantos años. Sólo cuitas, recuentos y planificaciones. Pocas reflexiones. Me miro y no me reconozco. Intento pensarme esta madrugada insomne. Me pregunto qué hago con mis muchas horas en la vigilia de estos nuevos días en Venezuela, en Caracas. Planifico y pongo en marcha un montón de actividades que giran alrededor de la atención médica de Alejandra, la menor de mis tres hijos. Busco y compro víveres a los mejores precios posibles. Hay montones de diligencias que tienen que ver con documentos de identidad y organismos públicos. También ando en la búsqueda de oportunidades inmobiliarias, intentando asegurarnos una vivienda dentro de esta caótica incertidumbre y en este mercado definido por el “entre vaya viniendo, vamos viendo”, eso tan nuestro que nos ha definido desde siempre.


RECONOCIMIENTO

Caracas luce medio vacía. Ya no hay el tráfico ni las congestiones de antes. Mucho menos el gentío por todos lados. Se ha ido y se sigue yendo mucha gente. En estas pasadas doce semanas he subido la carretera Panamericana un montón de veces hacia los Altos de Miranda, lo que fue nuestro hogar desde 1989 hasta 2009. Intento verme reflejada en alguna parte. Hasta ahora -lo sé- sin demasiado éxito. Caracas no se me ha hecho extraña, sólo ajena. San Antonio y Carrizal, la misma historia. Un poco menos, quizás. Mucha preocupación en las miradas que cruzas con los otros. Incertidumbre generalizada. Ganas de irse. De salir corriendo. Miedo. Esperanzas. Muchas preguntas y pocas respuestas.


AYUDAS Y APRENDIZAJES 

Regreso a Caracas en septiembre de 2018. Me echo a cuestas el cuidado de mi hija menor. A su edad, a la mía. Recibo con alegría el soporte que mis otros hijos nos dan. El muy valioso apoyo afectivo y económico de Armando, mi hijo mayor, quien desde California se ha hecho cargo. La otra hija, Corina, desde Buenos Aires, con su amorosa y cálida presencia constante, que como una caricia acompaña mis días, me alivia y me sostiene. La orientación terapética del Dr. Fernando Quiróz, porque andamos a ciegas en esto de la salud mental. Y mi mamá, quien aún dentro de sus propios predicamentos, tiene el tiempo y la energía para extender su mano y hablar por teléfono cada vez que logra comunicarse. Mis hermanos están pendientes,  también algunos amigos desde Estados Unidos y Argentina. Soy una mujer muy afortunada. Tengo salud, tengo afectos y tengo fuerza. Tengo tres hijos buenos. Tengo fe. Todo ayuda.

Me dispongo al aprendizaje en esto de pedir ayuda cuando lo necesito. No lo sé hacer muy bien, lo de pedir ayuda, pero aprendo. Ahí vamos. Los años me han hecho más torpe en muchos aspectos, y sin embargo también más prudente en algunos otros. Quiero creer que ahora también me estoy haciendo más humilde. Ojalá. Lo anhelo.


IR SOLTANDO

Cargo demasiado y se apresura el tiempo de soltar. 
Andar más ligera. 
Voy aprendiendo a dejar de lado lo que ya no quiero cuidar. 
Dejar atrás, bien dejado, todo lo que no se viene conmigo hacia adelante. 
Ya no quiero poder con tanto peso. 
Olvidar se vuelve una buena herramienta. 

Una nueva aventura: aprender a encontrar ayuda.

Un descubrimiento: mis torpezas.

Un aprendizaje: la humildad.

Un deseo: un espacio nuestro.

Una certeza: tengo con qué.

¡Gracias!

sábado, 26 de enero de 2019

Caracas 1 - 24 de enero 2019


CARACAS 1 – 24 de enero 2019

Al fondo canta “I want to get free” un Freddy Mercury que me eriza todos los pelos. Los audífonos no están buenos, son aquellos amarillos que nos regalaron el último día que estuve en Buenos Aires, al final de mi estadía en esa ciudad fantástica el año pasado, cuando tomamos el bus turístico que me llevo a conocer esa Buenos Aires imposible de visitar cuando trabajas 10 horas diarias. Así que escucho a medias, pero escucho haciendo silencio hacia allá afuera.

No quiero que Alejandra, mi hija menor que duerme en la cama individual que me sirve de sofá en la sala, se despierte con otro de mis habituales madrugonazos. Estoy en Caracas desde hace dieciséis semanas.

Regresé a casa.

Escucho a Cesar Miguel Rondón en la radio a través de la laptop y mis defectuosos audífonos amarillos argentinos. Nos dice a sus oyentes que no comentará las noticias. Hay estricta censura de un gobierno que no lo es, cuya banda de hampones controla con el miedo a casi todo en este país suramericano.

Hoy amanecimos de golpe. Ahora sí. Sólo música hasta las siete y media que vendrán al programa un par de psiquiatras, uno de ellos mi querido amigo Carlos Rasquin, a comentar en un foro sobre la sorprendente "resiliencia" de nosotros, los venezolanos. Cero comentarios editoriales o les cerramos la emisora. Ayer clausuraron dos emisoras en el Zulia. Se llevaron los transmisores, así de simple.

También ayer mismo, un muchacho nuevo se lanzó a la calle y esta vez en lugar de tirarle piedras a la ilegítima guardia nacional represora, se vistió de camisa blanca con mangas recogidas y le juró a toda Venezuela, con millones en la calle, expectantes, ansiosos de cambio y esperanzados, que es su nuevo Presidente Interino, que le pondrá orden a este desaguisado que nos hemos vuelto. Yo lo veía a través de una gruesa nube de lágrimas, nos pidió levantar nuestra mano derecha y jurar con él. Me vi levantando mi mano y llorando una vez más por mi sufrida tierra natal.

Por primera vez en casi cuatro meses y medio, vuelvo sobre mis pies y me siento a escribir. Como dice Juan Bautista, mi hermano, El Genio, recuperé la voz.

Regresé a Caracas por un par de razones contundentes: amor y finanzas. Con mucho de lo primero y poco de lo segundo, me encuentro una ciudad que casi no reconozco. Cuando llegué a Caracas, lloré sin parar por tres semanas, no, casi cuatro. Pero se me pasó. El amor seguía intacto.

Las finanzas rendían más aquí que en ninguna otra parte. Acá se le devaluó todo a la gente. Todo menos la resistencia. Se lo ves en la mirada. Los de Caracas ahora caminan de otra manera por la calle. Ves muchas menos sonrisas. Hay mucha más firmeza en sus gestos. Casi toda la ropa que ves a tu alrededor está vieja, desgastada y huele a sudor mal lavado.

Llego a vivir en Los Palos Grandes, el reino de decenas de guacamayas extraordinarias que te despiertan todas las mañanas con sus gritos destemplados. Caracas es un milagro de verdes y azules. No puedes dejar de ver El Avila por la mañana y al atardecer. Imposible no ver sus tonos rojizos en las laderas orientales cuando les da la luz del poniente. Después de pasar cinco años en el aire acondicionado o la calefacción indispensables para sobrevivir, es una delicia respirar en esta temperatura templada que le hace el amor a todos los sentidos. Un día me di cuenta de que ya no lloraba al abrir los ojos. Un poquito más tarde, comencé a dormir la noche completa. Mi hija menor me necesita. Yo necesito a Venezuela.

En los nuevos aires que soplan en estos días pasados, tal parece que nos estamos volviendo a encontrar para remediarnos mutuamente tantas necesidades. Por mi lado, arranco a resolver los muchos problemas del apartamento que alquilé a ciegas desde Buenos Aires. También habrá que ocuparse de una casita en Prados del Este, otro reducto de nuestra nueva vida en Caracas. Nos compartimos esta nueva vida entre los lugares donde vivo ahora con mi hija menor y nuestra perra viajera, la buena Francisca. Se me ha hecho muy evidente en esta nueva vuelta de la tuerca en la vida, que esa capacidad de adaptación y recuperación frente a una situación adversa, eso que llaman resiliencia, resultó ser algo que se aprende, se ejercita y se madura.
Soy una “pata caliente” sin redención posible. Irredimible. No hay ninguna esperanza de que deje de serlo. Sin embargo, me siento en casa. Amo esta ciudad. Esta luz. Estas miradas. Estos sabores. No he logrado dejar de mirar hacia atrás sino hasta ahora regresando a mi casa. Me fui de Caracas en 1989. Estoy de vuelta casi treinta años más tarde. Me asombro más y más con cada paso que doy, por lo indemne que está mi amor por este lugar. Tomo palabras de lo que dice mi viejo amigo, Carlos Rasquin, psiquiatra, desde el programa de Rondón que sigo escuchando, censura o no. Seguimos donde escogemos estar. No me dejo quitar mis hábitos. No me da la gana.

Ha sido un largo viaje, Un montón de aventuras. Puro aprendizaje.

Primero vivimos en los Altos Mirandinos, ciudad dormitorio de Caracas. Luego en Boynton Beach, Florida, por seis años y luego de vuelta a los Altos Mirandinos. Buscando un lugar propio, nos fuimos a la Isla de Margarita, y de ahí nuevamente a Florida, esta vez a Hollywood, por cuatro años más. Casi todo el año pasado lo vivimos en Buenos Aires, y desde allí el regreso a Caracas. A Venezuela. Siempre escuchando este programa casi todas las mañanas. Por años.

Es que pareciera que he aprendido a cuidar lo que amo. Esta vez, milagrosamente comencé por mí misma. Por fin.

Por otro lado, en la esquina de enfrente, Venezuela vive hoy, esta mañana, una alegría angustiosa. Pero soy una optimista incurable. Esto pasará, porque vivir en Venezuela es mi respuesta. Itaca. Ahora sabemos que en verdad todo pasa.

La mutua conveniencia es casi siempre una gran solución en las negociaciones. Venezuela me hacía mucha falta, y yo hago más falta en Venezuela. Lo “pata caliente” me viene de unas ausencias que no había resuelto. De unos vacíos que no había terminado de llenar. Parece que llegar a Caracas cierra un círculo mágico. He madurado estas carencias. Finalmente. Tengo sesenta y cinco años. Ya era hora. Sigo caminando para encontrar nuevas ausencias y otros vacíos que seguirán apareciendo. Hasta el final.

Entonces, sigamos. Gracias.

martes, 11 de septiembre de 2018

BUENOS AIRES 21 – CARACAS


La primavera se acerca en Buenos Aires. Están retoñando los tres arbolitos feos que podé al mudarme acá, a este segundo lugar tan especial donde hemos vivido desde hace tres meses. El primer sitio en donde vivimos en esta ciudad, está en San Telmo. Fue inolvidable. Ahora vivimos en Montserrat, cerca de Congreso. Céntrico. Consigues de todo. Es hermoso. Muy práctico.

Pues sí, como decía, al limonero que podé en junio pasado le están saliendo unas hojitas y también una flor que, en ausencia de las ramas porque las podé todas, está brotando desde el tronco mismo. La fuerza de la vida que se abre paso a como dé lugar. Me encanta vivir en cuatro estaciones. Este invierno fue muy frío en Buenos Aires, sobre todo con mucho viento polar que te calaba los huesos. Ya está pasando. Como me gusta tanto el frío, me he gozado mucho el invierno. A mí el frío parece ayudarme a entender mejor.

Vine al Argentina siguiendo la invitación de Corina, mi hija mayor. “Vamos a vivir, mamá”, me dijo desde su asiento, en el avión que nos traía, mientras pasábamos volando altísimo sobre los Andes. Y eso fue exactamente lo que hice: volví a la vida. Gracias a ti, querida Corina, mi hija mayor, una hija fuerte como una amazona, tan deliciosa como el dulce de leche y mucho más sabia que Wikipedia. Gracias, hija.

En las primeras semanas en Buenos Aires, mi hermano Juan hizo la observación de que había recuperado mi voz. Cierto. Buenos Aires me regresó esa fuerza que empuja al espíritu hacia más arriba. Hacia ese sitio desde donde te das cuenta que ahora tus manos van delante de ti. Donde el miedo desaparece. Ese lugar tan bueno que es saber lo que no quieres. Lo más cerca que he estado de saber qué quiero.

Escribo esto camino a Caracas. Llego a mi ciudad este próximo viernes, en pocos días.

Acertado y hermoso, ya lo dijo Antonio Machado, "el corazón tiene razones que la razón no entiende". Ni hay tampoco para qué sentarse a intentar entenderles. Razones hay de sobra, Tampoco hay tanto que entender.

Es mucho más difícil escribir lo que ponderas en lugar de hacerlo acerca de lo que sabes, ya lo dijo mi cuñada Alison (estoy rodeada de gente sabia). Por eso el absoluto silencio de agosto y parte de septiembre. Ordenando las ideas. Revisando las opciones.  Hilvanando las posibilidades de un regreso complejo, para llamarlo rápido de alguna manera. Elementos que se mezclan, cada uno con su peso específico. Con su relevancia concreta. Todo cuenta. De las muchas razones hay algunas, sin embargo, que tienen mucha mayor importancia que otros. Mayor peso. Que te ocupan un espacio grande en la vida. Que cargas contigo. Que son tus motivos. Tú misma. Algunas son obvias, otras no lo son tanto. 

Razones, causas y efectos en una sola línea de pensamientos:

Mi hija menor, Alejandra.

Cumplir este próximo diciembre la edad que tenía mi padre cuando murió tan triste y lejos de casa. De su tierra. De sí mismo.

Que el año que viene se cumplirían treinta años de haber salido de Caracas siguiendo sueños ajenos.

La certeza de que ya fue suficiente.

Una añoranza por vivir los sueños propios que no desaparece.

Saber que aún no has terminado la tarea.

Tener tanto deseo de hacer eso tan urgente por ser hecho.

Se van sumando y entrelazando las razones. Ese quizás es el momento en que comienzas a empacar dentro de ti. Otra vez al camino. Cuatro maletas, cinco cajas y Francisca. En el camino quedaron Cecilio, nuestro perrito mocho de una patica trasera y el perro más terco de todos los que haya tenido, enterrado en el jardín del último edificio donde viví en Margarita, Y mis gatas hermanas, Chiqui y McKenzie, que me acompañaron hasta Hollywood, Florida. Ahora sólo seremos Francisca, la perolera y yo. También Alejandra. Gracias, Virgencita del Valle. Te la debo. Y por encima de todo, gracias a ti, Alejandra, la más valiente de todos nosotros. Buena, modesta y sabia, como toda buena heroína. 

Mis hilos y los aros de bordar otra vez de un lado al otro. Las muchas tijeras Fiskars, telas de todo tipo, patrones, cuentas de colores en vidrio, metal y plástico, encajes, tiras bordadas, lanas y cintas. Materiales trotamundos con una dueña un poco chiflada. Salieron de Margarita hace cinco años. Venían de tierra firme, de las montañas de los Altos Mirandinos, donde ya habían dado vueltas desde la recta de Las Minas, al Toronjil, a Club de Campo, y de regreso a Las Minas para luego terminar en Lomas de Urquía, desde donde cruzaríamos el Caribe hasta la Isla de Margarita.

Ya está bueno. Ha sido mucho pedirle al cuerpo y a mis hijos. Demasiado. Quizás porque se nos había perdido la brújula en 1989. Quizás porque había mucho que entender, de todas maneras. La verdad, no importan las razones, porque igual la razón no las entenderá. Y el corazón es pésimo para explicarlas.
Sólo en Caracas sabré si ya llegué. Y qué viene después. Veremos.

Mi buen hijo Armando Ignacio nos sigue de cerca, su amorosa y generosa compañía nos da la firmeza que los pasos van perdiendo con los años. Es la mejor mano fuerte de hombre lúcido y responsable que conozco. Gracias, hijo querido.

Por el momento, un largo viaje de vuelta. Dejo a Buenos Aires entrando en la primavera. Allá, Caracas comienza ya sus mañanas despejadas de fines y comienzos del año. Pasearé a Francisca por Los Palos Grandes, iré de compras al Gama y al Plaza, que siguen allí. Caminaré por el Parque del Este, lo llamen ahora como lo llamen. Abrazaré a mi hija menor cuando llegue a casa del trabajo, nos reiremos juntas, jugaremos Scrabble y saldremos a pasear. ¡Ah, y el cerro, siempre ahí, mi Ávila caraqueño!
  
Cuando vaya a Margarita, donde debo ir pronto de ida y vuelta en viaje de reconocimiento, veré los ojos de mi tía Simonetta, de mi hermana Alicia, de mis primos y amigos, para poder así hacerme una mejor idea de las cosas en la isla, un lugar que también quiero tener en los planes y proyectos por venir.

De regreso en Caracas, iré a Los Galpones de Los Chorros, imprescindible reducto de lo que fuimos y somos. También atenderé la sorpresiva invitación de mi alumna Xiomara Santander y de su hija Mónica, de dar clases juntas en Petare, siguiendo su modelo de taller textil aprendido en aquel que dictamos hace tantos años en Catia cuando Adriana Meneses era quien dirigía el Museo del Oeste "Jacobo Borges, nuestro MUJABO.

Algunos pocos, como mi mamá y su esposo Carlos, que han acompañado estos meses de exploración, saben cuánto susto he pasado. Otros, como mi hermano Carlos Eduardo, tienen esperanzas en Venezuela parecidas a la mía, y no para de animarme con sus propios sueños enlazándolos a los míos. Ya veremos...

Aún no sé qué habrá detrás de este regreso. Es imposible saberlo y muy tonto esperar saberlo.

En verdad, la vida es hermosa. El viaje ha sido y es apasionante. Desde este viernes, a su orden en Caracas.

Seguiremos en contacto. Mil gracias por su compañía.

Siempre.

sábado, 14 de julio de 2018

BUENOS AIRES 20 - ESTAR O NO ESTAR

Si bien el conocido parlamento de Hamlet “to be or not to be”, se traduce siempre como “ser o no ser”, tal parece que cuando emigras se traduce más bien como “estar o no estar”.

Por el lado de mi madre, soy hija y nieta de inmigrantes. Italianos. Toscanos, para ser más precisa. Mis abuelos eran intelectuales. El Babbo era Latinista. La Mamma, Antropóloga. Al llegar a Venezuela se hicieron profesores en La Victoria, estado Aragua. Un poco más tarde, abrieron una editorial en El Panteón, en la Caracas de comienzo de los años cincuenta. Cuando yo los conocí, habían comprado un colegio en Valera, el Colegio Monseñor Mejía, en Valera, estado Trujillo, y eran sus directores. Para mis abuelos Tariffi nunca pareció haber dudas acerca de dónde estaban y dónde querían estar. Entre la Italia que ellos dejaron atrás, y la Venezuela que les abrió las puertas, pareciera que su respuesta era clara y sus acciones más aún. Siguieron siendo “musiúes” toda su vida venezolana pero estaban en Venezuela, sin duda ninguna y de todo corazón.

Lo que estoy presenciando en Buenos Aires, respecto a la migración de venezolanos, que me incluye, es algo nunca visto en este país, salvo por la inmigración italiana hace más de un siglo, que tanto les determinó a los argentinos de entonces y aún de hoy en día.

A donde quiera que vayas te topas con un venezolano o venezolana trabajando. Una lista de paisanitos de la semana pasada incluye a un chico de Valera, por cierto ex alumno del Monseñor Mejías, siendo entrenado en un centro de Internet por otro chico venezolano para que le sustituya, ya que este último se va pronto para USA persiguiendo el sueño de estudiar Ingeniería Aeroespacial. Una larga lista que llevo mentalmente como un registro consular extra oficial, completamente informal, por supuesto. 

Kioskos, tiendas, restaurantes, bares, librerías, fruterías, abastos y supermercados, charcuterías. Nos hemos vuelto despachadores amables y corteses. Cortamos jamones y quesos, preparando bandejitas impecables, tal como las conocemos de dónde venimos. Los mesoneros que se acercan a la mesa y le preguntan al cliente si le hace falta algo, si la comida está a su gusto, seguro, más que seguro son venezolanos.

Lo más raro de ver a tantos venezolanos, es su actitud cuando les hablas de quedarse en Argentina. Viejos y jóvenes, nueve de diez, te dicen que no. ¿Entonces cómo es esta migración tan extraña? ¿Qué dejamos nosotros atrás? ¿Qué queremos salir corriendo a buscar, en la primera oportunidad que se nos presente? ¿Somos o no somos emigrantes? ¿Estamos o no estamos? Esta no es una respuesta fácil. Por eso, la mayoría no nos hacemos la pregunta. Por eso le tememos a la duda de Hamlet. Porque casi todos los venezolanos, como yo misma, no tenemos una respuesta firme y segura. Ni dentro ni fuera de Venezuela. Esto último es lo más desgastante, me ha parecido últimamente. Porque ahora resulta que el que se fue, no sabe si quiere estar fuera. Y el que se ha quedado en Venezuela, tampoco está seguro de quererse quedar.

Este estar mirando constantemente hacia la puerta, no nos hace bien, Ni dentro ni fuera de casa. Estoy segura.

Por eso mismo estoy empeñada en sembrar mis matas aquí en Buenos Aires. Ya que no me puedo sembrar a mi misma, parece, pues ver cómo les salen unas raíces a estas maticas, me está resultando lo más parecido a estar aquí y ahora. Viviendo.

Ayer mi hija en Caracas extravió las llaves de la casa donde alquila una habitación, cuando fue al mediodía a almorzar. Desde Buenos Aires, rezábamos juntas por HangOuts para que aparecieran, y le daba ideas de dónde buscar. Mientras hacía esto con el celular, desde la laptop aplicaba a proyectos como redactora en las plataformas para freelancers donde aplico a diario. Las llaves aparecieron pegadas en la puerta de su habitación, y mi hija en Caracas corrió de regreso a su trabajo en Chacao.

Mientras tanto, mi otra hija en Buenos Aires, trabaja en un colegio cercano. Anoche llegó de regreso al final de su día laboral con un bello regalo: cuatro cuadernos para pintar. Dijo que era un premio por hacer lo que hago, como un juglar de semáforo, con varias pelotas de colores en el aire, aprendiendo a moverlas sin que se caigan al suelo.

Los domingos al final del día converso con los dos chifladitos que tengo por nietos, mis niñitos amados, allá en Ocala, en el corazón de Florida, en los Estados Unidos. Les he ofrecido ir a verlos pronto. Tenemos pendiente una pijamada que hará historia para los tres. Estoy segura.

Veo a mi alrededor como soy sólo otra imagen conocida, en este espejo de diáspora atomizada por el mundo entero que nos volvimos los venezolanos en el siglo XXI. Parecemos ser el único producto eficiente de la llamada Revolución Bolivariana: millones de venezolanos ahora en misión de venezolanizar al planeta. Eficiente e involuntario resultado de semejante tamaño disparate de experimento. Así, al menos se reduce la angustia de tener que responder si estamos o no estamos, donde sea que estemos cuando nos lo preguntan.

Un taxista me dijo el otro día que Argentina nunca será la misma luego de esta inmigración venezolana. Puede ser. Traerse al Caribe para tierras australes en tamañas cantidades, no puede pasar desapercibido. Según el Diario La Nación, en un artículo del pasado 16 de marzo, el promedio de venezolanos que entran a diario por las fronteras argentinas había alcanzado un promedio de 363 personas. Al día, no a la semana, ni al mes. Trescientas sesenta y tres venezolanos entraron al día en Argentina entre enero y febrero de 2018. Difícil de creer. Por lo que estoy viendo en la calle, debe ser cierto. O estar cerca de serlo.

Ya veremos qué le agrega esa agitada sal marina caribeña a esta reflexiva latitud sureña. Nuestras maneras de amar, con el ritmo en las caderas. La sazón de nuestras comidas, ese impelable comino en su justa medida. Nuestra pasión por la echadera de cuentos y el chiste permanente. La risa fácil y la mamadera de gallo a toda hora. Ahí vamos con nuestra dosis de luz y color caribe por el mundo entero. Cargando, como cargamos en el alma, tanto los muchos colores verdaderos de Mercedes Pardo, como esos amarillos que Cruz Diez hace que se nos formen mágicamente en la mirada. Ya veremos. Aún queda mucha tela por cortar. Mucho que coser y remendar.

Por el momento, vivo mis días porteños en una vida en compartimientos. Para no tener que dar una respuesta, no me pregunto si estoy o no estoy. Escribo para que no se me olvide nada de lo que soy. Para recordar de donde vengo. Por qué soy como soy. De quién soy hija, nieta y bisnieta. Quiénes son mis hijos y nietos. Por qué me siento tan rico en el chat con mis tías y primos Tariffi. Por qué lo primero que puse sobre el hogar que nos calienta estos días de invierno al revés, fueron las fotos de mis padres, como cualquiera buena inmigrante. De ahí vengo. No nos equivoquemos. 

Siempre cosiendo, cocinando y escribiendo.

Un millón por su compañía. Se les siente cerca y es tan bueno. Gracias