31 de diciembre en Humberto 1 #844, San
Telmo.
Corina y Francisca aun durmiendo el viaje. Nueve horas de vuelo entre Miami
y Buenos Aires, siete maletas, dos maletines de mano llenos de documentos y
libros, y además Francisca, nuestra perra margariteña. Nos hemos
venido a vivir para Argentina.
Llegamos a Ezeiza,
el aeropuerto internacional de Buenos Aires, cerca de las seis de la mañana, y
estamos fuera de inmigración y aduana como en una hora. El dueño del apartamento
alquilado por Airbnb nos escribe que no podremos entrar a éste sino hasta
después de la una y media de la tarde. Nos caemos del cansancio. Las tres estamos
extenuadas. Corina negocia por Whatsapp. Se consigue que
vayamos antes y eso hacemos repartidas en dos vehículos llenos de maletas,
maletines y la jaula plástica de viaje con Francisca, que nos mira desde dentro
con esa fidelidad del acto de fe del que son sólo capaces algunos perros.
San Telmo resulta
una zona entremezclada de calles estrechas con anchas avenidas. Arboles
frondosos en aceras rotas. Fachadas de casas viejas cubiertas de hollín, con una
inesperadamente callada y serena belleza. Modestos potes con plantas por todos
lados, en portales, patios y terrazas. Las altas ventanas y puertas hablan de
tiempos de un esplendor urbanístico que parece negado a callar su voz. El
sorprendente ornato de dinteles y cornisas, pareciera abandonado a cuidar de su
propia supervivencia. Hay de todo. Hoy hace un calor endemoniado. Treinta y
ocho grados centígrados, el día más caliente del año, nos enteramos luego. Sin
embargo. vamos y venimos por las callecitas, Francisca a la cabeza, Corina
guiando las excursiones para apertrecharnos de comida, agua potable y otras
cositas para nuestra primera noche en Buenos Aires.
Nos hemos venido a
vivir para Argentina. Mientras este año se termina, he cerrado tras de mí una
puerta que no me llevaba a ninguna parte. No, no es cierto, sí que me llevaba a
algún lado, sólo que era un lugar al que no deseaba ir. Ni tampoco donde mi corazón
anhelara estar. Norteamérica me ayudo vivir el duelo de la pérdida de Venezuela,
como uno de esos amantes de mientras-tanto, que te ayudan con la ausencia de un
gran amor. De la misma forma que cuando esos romances comienzan a menguar y perder
su magia, uno sabe que debe salir corriendo. Así mismo empaqué mis cosas y me
alejé de Florida, de mi comunidad de mayores de 55 años donde viví cuatro años,
de los amigos que hice allí, de mis hermanos y sus familias, de mi mamá, de mi
hijo mayor y de mis nietos. Cuando me dí cuenta que me tenia que ir de los
Estados Unidos por una irreconciliable incompatibilidad de caracteres con esa
sociedad, me detuve y lo lloré sin consuelo posible por días y días. Cuando
dejé de llorar, comencé a empacar.
Con una inmensa
ternura, antenoche mientras volábamos hacia el más franco Sur de América, desde
su asiento al otro lado del pasillo, Corina tomó mi mano y dijo con sus ojos en
los mios, “Vamos a vivir”. Una propuesta hecha en tono de consuelo que me ha
traído a San Telmo, en Buenos Aires. Allá afuera esta mañana canta un cristofué,
con los años que no escuchaba uno de esos pájaros de tierras suramericanas, de
mi casa, de la Caracas de mi niñez. Cierro los ojos y me digo, “Tranquila, no
pasa nada. Estás viviendo”.
Mientras, en
Caracas mi hija menor, Alejandra, esta contenta. Trabaja en Chacao y vive en El
Valle. Su perseverancia por estar bien me ha dado esta clave de buscar lo mismo
para mi misma. Quiero una vida que me arrope y me cobije, por muchos
sacrificios que esto conlleve. Asi es como me he apropiado de mi vida, y asi es
como la vivo hoy. Estoy tan agradecida. Nos deseo a todos el mejor año 2018. Un
abrazote a mis panas de Ordago, Es un regalo tenerlos. Gracias.
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