viernes, 29 de enero de 2021

CATARATAS

 

Cataratas y otros eventos de la madurez

"La libertad solo se obtiene a costa de la incertidumbre"

                                                           Zygmunt Bauman

 

Es fácil entender que cuando operan tus ojos de cataratas, y luego te insertan en lugar del cristalino opaco una eficiente lente multifocal, recuperes la visión de hace lo menos cuarenta años. Mientras tu primer ojo operado se recupera del trauma sufrido en quirófano, y tú también, lo que parece un poco más complicado de asimilar es el hecho simple de volver a ver bien.

Escribo todos los días desde hace mucho tiempo. Lleno cuadernos y libretas de mis notas madrugadoras, una suerte de compendio del día anterior, de planes y sueños para los días por venir, observaciones del entorno, quejas, lamentos y alegrías acerca de la vida diaria. Cada día cuando abro los ojos y me voy adaptando lentamente al cambio del sueño a la vigilia, estiro el brazo y apago la máquina CPAP para respirar bien mientras duermo, suelto de sus velcros las tiras que sostienen esa máscara que ya forma parte de la noche sobre mi cara, y busco el celular para ver la hora. Cada despertar lo mismo, día tras día, donde quiera que esté, cada mañana. Los lentes de lectura aparecieron cerca de los cuarenta, y desaparecieron la semana pasada.

Desde muy jovencita, por allá al comienzo de los años setenta, me sedujo el bordado. En El Libro Italiano, en Sabana Grande, conseguía revistas Mani di Fata que conservo a pesar de las decenas de mudanzas, varias inclusive de país. Así será la pasión por este oficio. Un vicio de telas, hilos y agujas. Lentes de presbicia también para dar puntadas y a veces coser a máquina.

Cargo un libro de turno siempre que vaya a donde haya que esperar. Desde que los celulares ocupan casi todo el ocio en los tiempos de espera, es más de bicho raro eso de sacar un libro y ponerse a leer. Los libros también han estado siempre ahí, casi los mismos, desde la carrera de Letras hasta el día de hoy.

Cuando llegas casi a los setenta años, un día caes en cuenta que tienes mucho que ver hacia atrás, Algunas miradas son muy gratas, otras te traen tristeza y también hay ahora certidumbres que nunca estuvieron allí, certezas que han sustituido a ciertas preguntas, y en mi caso, un apego y un desapego que se mantienen en una nueva pugna por convencerme de qué conservar, dónde vivir y a quién seguir amando, La vejez es de todo menos aburrida. 

 

Caracas, 22 noviembre 2020

miércoles, 24 de junio de 2020

CARACAS 2 (sin fecha) . Publicado 24 junio 2020


CARACAS 2 

(escrito primeras semanas de 2019 y publicado junio 24, 2020)



SE ME HA IDO LA VOZ

Hace ya doce semanas que no escribo ni publico en el blog. Sigo escribiendo en el diario que llevo desde hace tantos años. Sólo cuitas, recuentos y planificaciones. Pocas reflexiones. Me miro y no me reconozco. Intento pensarme esta madrugada insomne. Me pregunto qué hago con mis muchas horas en la vigilia de estos nuevos días en Venezuela, en Caracas. Planifico y pongo en marcha un montón de actividades que giran alrededor de la atención médica de Alejandra, la menor de mis tres hijos. Busco y compro víveres a los mejores precios posibles. Hay montones de diligencias que tienen que ver con documentos de identidad y organismos públicos. También ando en la búsqueda de oportunidades inmobiliarias, intentando asegurarnos una vivienda dentro de esta caótica incertidumbre y en este mercado definido por el “entre vaya viniendo, vamos viendo”, eso tan nuestro que nos ha definido desde siempre.


RECONOCIMIENTO

Caracas luce medio vacía. Ya no hay el tráfico ni las congestiones de antes. Mucho menos el gentío por todos lados. Se ha ido y se sigue yendo mucha gente. En estas pasadas doce semanas he subido la carretera Panamericana un montón de veces hacia los Altos de Miranda, lo que fue nuestro hogar desde 1989 hasta 2009. Intento verme reflejada en alguna parte. Hasta ahora -lo sé- sin demasiado éxito. Caracas no se me ha hecho extraña, sólo ajena. San Antonio y Carrizal, la misma historia. Un poco menos, quizás. Mucha preocupación en las miradas que cruzas con los otros. Incertidumbre generalizada. Ganas de irse. De salir corriendo. Miedo. Esperanzas. Muchas preguntas y pocas respuestas.


AYUDAS Y APRENDIZAJES 

Regreso a Caracas en septiembre de 2018. Me echo a cuestas el cuidado de mi hija menor. A su edad, a la mía. Recibo con alegría el soporte que mis otros hijos nos dan. El muy valioso apoyo afectivo y económico de Armando, mi hijo mayor, quien desde California se ha hecho cargo. La otra hija, Corina, desde Buenos Aires, con su amorosa y cálida presencia constante, que como una caricia acompaña mis días, me alivia y me sostiene. La orientación terapética del Dr. Fernando Quiróz, porque andamos a ciegas en esto de la salud mental. Y mi mamá, quien aún dentro de sus propios predicamentos, tiene el tiempo y la energía para extender su mano y hablar por teléfono cada vez que logra comunicarse. Mis hermanos están pendientes,  también algunos amigos desde Estados Unidos y Argentina. Soy una mujer muy afortunada. Tengo salud, tengo afectos y tengo fuerza. Tengo tres hijos buenos. Tengo fe. Todo ayuda.

Me dispongo al aprendizaje en esto de pedir ayuda cuando lo necesito. No lo sé hacer muy bien, lo de pedir ayuda, pero aprendo. Ahí vamos. Los años me han hecho más torpe en muchos aspectos, y sin embargo también más prudente en algunos otros. Quiero creer que ahora también me estoy haciendo más humilde. Ojalá. Lo anhelo.


IR SOLTANDO

Cargo demasiado y se apresura el tiempo de soltar. 
Andar más ligera. 
Voy aprendiendo a dejar de lado lo que ya no quiero cuidar. 
Dejar atrás, bien dejado, todo lo que no se viene conmigo hacia adelante. 
Ya no quiero poder con tanto peso. 
Olvidar se vuelve una buena herramienta. 

Una nueva aventura: aprender a encontrar ayuda.

Un descubrimiento: mis torpezas.

Un aprendizaje: la humildad.

Un deseo: un espacio nuestro.

Una certeza: tengo con qué.

¡Gracias!

sábado, 26 de enero de 2019

Caracas 1 - 24 de enero 2019


CARACAS 1 – 24 de enero 2019

Al fondo canta “I want to get free” un Freddy Mercury que me eriza todos los pelos. Los audífonos no están buenos, son aquellos amarillos que nos regalaron el último día que estuve en Buenos Aires, al final de mi estadía en esa ciudad fantástica el año pasado, cuando tomamos el bus turístico que me llevo a conocer esa Buenos Aires imposible de visitar cuando trabajas 10 horas diarias. Así que escucho a medias, pero escucho haciendo silencio hacia allá afuera.

No quiero que Alejandra, mi hija menor que duerme en la cama individual que me sirve de sofá en la sala, se despierte con otro de mis habituales madrugonazos. Estoy en Caracas desde hace dieciséis semanas.

Regresé a casa.

Escucho a Cesar Miguel Rondón en la radio a través de la laptop y mis defectuosos audífonos amarillos argentinos. Nos dice a sus oyentes que no comentará las noticias. Hay estricta censura de un gobierno que no lo es, cuya banda de hampones controla con el miedo a casi todo en este país suramericano.

Hoy amanecimos de golpe. Ahora sí. Sólo música hasta las siete y media que vendrán al programa un par de psiquiatras, uno de ellos mi querido amigo Carlos Rasquin, a comentar en un foro sobre la sorprendente "resiliencia" de nosotros, los venezolanos. Cero comentarios editoriales o les cerramos la emisora. Ayer clausuraron dos emisoras en el Zulia. Se llevaron los transmisores, así de simple.

También ayer mismo, un muchacho nuevo se lanzó a la calle y esta vez en lugar de tirarle piedras a la ilegítima guardia nacional represora, se vistió de camisa blanca con mangas recogidas y le juró a toda Venezuela, con millones en la calle, expectantes, ansiosos de cambio y esperanzados, que es su nuevo Presidente Interino, que le pondrá orden a este desaguisado que nos hemos vuelto. Yo lo veía a través de una gruesa nube de lágrimas, nos pidió levantar nuestra mano derecha y jurar con él. Me vi levantando mi mano y llorando una vez más por mi sufrida tierra natal.

Por primera vez en casi cuatro meses y medio, vuelvo sobre mis pies y me siento a escribir. Como dice Juan Bautista, mi hermano, El Genio, recuperé la voz.

Regresé a Caracas por un par de razones contundentes: amor y finanzas. Con mucho de lo primero y poco de lo segundo, me encuentro una ciudad que casi no reconozco. Cuando llegué a Caracas, lloré sin parar por tres semanas, no, casi cuatro. Pero se me pasó. El amor seguía intacto.

Las finanzas rendían más aquí que en ninguna otra parte. Acá se le devaluó todo a la gente. Todo menos la resistencia. Se lo ves en la mirada. Los de Caracas ahora caminan de otra manera por la calle. Ves muchas menos sonrisas. Hay mucha más firmeza en sus gestos. Casi toda la ropa que ves a tu alrededor está vieja, desgastada y huele a sudor mal lavado.

Llego a vivir en Los Palos Grandes, el reino de decenas de guacamayas extraordinarias que te despiertan todas las mañanas con sus gritos destemplados. Caracas es un milagro de verdes y azules. No puedes dejar de ver El Avila por la mañana y al atardecer. Imposible no ver sus tonos rojizos en las laderas orientales cuando les da la luz del poniente. Después de pasar cinco años en el aire acondicionado o la calefacción indispensables para sobrevivir, es una delicia respirar en esta temperatura templada que le hace el amor a todos los sentidos. Un día me di cuenta de que ya no lloraba al abrir los ojos. Un poquito más tarde, comencé a dormir la noche completa. Mi hija menor me necesita. Yo necesito a Venezuela.

En los nuevos aires que soplan en estos días pasados, tal parece que nos estamos volviendo a encontrar para remediarnos mutuamente tantas necesidades. Por mi lado, arranco a resolver los muchos problemas del apartamento que alquilé a ciegas desde Buenos Aires. También habrá que ocuparse de una casita en Prados del Este, otro reducto de nuestra nueva vida en Caracas. Nos compartimos esta nueva vida entre los lugares donde vivo ahora con mi hija menor y nuestra perra viajera, la buena Francisca. Se me ha hecho muy evidente en esta nueva vuelta de la tuerca en la vida, que esa capacidad de adaptación y recuperación frente a una situación adversa, eso que llaman resiliencia, resultó ser algo que se aprende, se ejercita y se madura.
Soy una “pata caliente” sin redención posible. Irredimible. No hay ninguna esperanza de que deje de serlo. Sin embargo, me siento en casa. Amo esta ciudad. Esta luz. Estas miradas. Estos sabores. No he logrado dejar de mirar hacia atrás sino hasta ahora regresando a mi casa. Me fui de Caracas en 1989. Estoy de vuelta casi treinta años más tarde. Me asombro más y más con cada paso que doy, por lo indemne que está mi amor por este lugar. Tomo palabras de lo que dice mi viejo amigo, Carlos Rasquin, psiquiatra, desde el programa de Rondón que sigo escuchando, censura o no. Seguimos donde escogemos estar. No me dejo quitar mis hábitos. No me da la gana.

Ha sido un largo viaje, Un montón de aventuras. Puro aprendizaje.

Primero vivimos en los Altos Mirandinos, ciudad dormitorio de Caracas. Luego en Boynton Beach, Florida, por seis años y luego de vuelta a los Altos Mirandinos. Buscando un lugar propio, nos fuimos a la Isla de Margarita, y de ahí nuevamente a Florida, esta vez a Hollywood, por cuatro años más. Casi todo el año pasado lo vivimos en Buenos Aires, y desde allí el regreso a Caracas. A Venezuela. Siempre escuchando este programa casi todas las mañanas. Por años.

Es que pareciera que he aprendido a cuidar lo que amo. Esta vez, milagrosamente comencé por mí misma. Por fin.

Por otro lado, en la esquina de enfrente, Venezuela vive hoy, esta mañana, una alegría angustiosa. Pero soy una optimista incurable. Esto pasará, porque vivir en Venezuela es mi respuesta. Itaca. Ahora sabemos que en verdad todo pasa.

La mutua conveniencia es casi siempre una gran solución en las negociaciones. Venezuela me hacía mucha falta, y yo hago más falta en Venezuela. Lo “pata caliente” me viene de unas ausencias que no había resuelto. De unos vacíos que no había terminado de llenar. Parece que llegar a Caracas cierra un círculo mágico. He madurado estas carencias. Finalmente. Tengo sesenta y cinco años. Ya era hora. Sigo caminando para encontrar nuevas ausencias y otros vacíos que seguirán apareciendo. Hasta el final.

Entonces, sigamos. Gracias.

martes, 11 de septiembre de 2018

BUENOS AIRES 21 – CARACAS


La primavera se acerca en Buenos Aires. Están retoñando los tres arbolitos feos que podé al mudarme acá, a este segundo lugar tan especial donde hemos vivido desde hace tres meses. El primer sitio en donde vivimos en esta ciudad, está en San Telmo. Fue inolvidable. Ahora vivimos en Montserrat, cerca de Congreso. Céntrico. Consigues de todo. Es hermoso. Muy práctico.

Pues sí, como decía, al limonero que podé en junio pasado le están saliendo unas hojitas y también una flor que, en ausencia de las ramas porque las podé todas, está brotando desde el tronco mismo. La fuerza de la vida que se abre paso a como dé lugar. Me encanta vivir en cuatro estaciones. Este invierno fue muy frío en Buenos Aires, sobre todo con mucho viento polar que te calaba los huesos. Ya está pasando. Como me gusta tanto el frío, me he gozado mucho el invierno. A mí el frío parece ayudarme a entender mejor.

Vine al Argentina siguiendo la invitación de Corina, mi hija mayor. “Vamos a vivir, mamá”, me dijo desde su asiento, en el avión que nos traía, mientras pasábamos volando altísimo sobre los Andes. Y eso fue exactamente lo que hice: volví a la vida. Gracias a ti, querida Corina, mi hija mayor, una hija fuerte como una amazona, tan deliciosa como el dulce de leche y mucho más sabia que Wikipedia. Gracias, hija.

En las primeras semanas en Buenos Aires, mi hermano Juan hizo la observación de que había recuperado mi voz. Cierto. Buenos Aires me regresó esa fuerza que empuja al espíritu hacia más arriba. Hacia ese sitio desde donde te das cuenta que ahora tus manos van delante de ti. Donde el miedo desaparece. Ese lugar tan bueno que es saber lo que no quieres. Lo más cerca que he estado de saber qué quiero.

Escribo esto camino a Caracas. Llego a mi ciudad este próximo viernes, en pocos días.

Acertado y hermoso, ya lo dijo Antonio Machado, "el corazón tiene razones que la razón no entiende". Ni hay tampoco para qué sentarse a intentar entenderles. Razones hay de sobra, Tampoco hay tanto que entender.

Es mucho más difícil escribir lo que ponderas en lugar de hacerlo acerca de lo que sabes, ya lo dijo mi cuñada Alison (estoy rodeada de gente sabia). Por eso el absoluto silencio de agosto y parte de septiembre. Ordenando las ideas. Revisando las opciones.  Hilvanando las posibilidades de un regreso complejo, para llamarlo rápido de alguna manera. Elementos que se mezclan, cada uno con su peso específico. Con su relevancia concreta. Todo cuenta. De las muchas razones hay algunas, sin embargo, que tienen mucha mayor importancia que otros. Mayor peso. Que te ocupan un espacio grande en la vida. Que cargas contigo. Que son tus motivos. Tú misma. Algunas son obvias, otras no lo son tanto. 

Razones, causas y efectos en una sola línea de pensamientos:

Mi hija menor, Alejandra.

Cumplir este próximo diciembre la edad que tenía mi padre cuando murió tan triste y lejos de casa. De su tierra. De sí mismo.

Que el año que viene se cumplirían treinta años de haber salido de Caracas siguiendo sueños ajenos.

La certeza de que ya fue suficiente.

Una añoranza por vivir los sueños propios que no desaparece.

Saber que aún no has terminado la tarea.

Tener tanto deseo de hacer eso tan urgente por ser hecho.

Se van sumando y entrelazando las razones. Ese quizás es el momento en que comienzas a empacar dentro de ti. Otra vez al camino. Cuatro maletas, cinco cajas y Francisca. En el camino quedaron Cecilio, nuestro perrito mocho de una patica trasera y el perro más terco de todos los que haya tenido, enterrado en el jardín del último edificio donde viví en Margarita, Y mis gatas hermanas, Chiqui y McKenzie, que me acompañaron hasta Hollywood, Florida. Ahora sólo seremos Francisca, la perolera y yo. También Alejandra. Gracias, Virgencita del Valle. Te la debo. Y por encima de todo, gracias a ti, Alejandra, la más valiente de todos nosotros. Buena, modesta y sabia, como toda buena heroína. 

Mis hilos y los aros de bordar otra vez de un lado al otro. Las muchas tijeras Fiskars, telas de todo tipo, patrones, cuentas de colores en vidrio, metal y plástico, encajes, tiras bordadas, lanas y cintas. Materiales trotamundos con una dueña un poco chiflada. Salieron de Margarita hace cinco años. Venían de tierra firme, de las montañas de los Altos Mirandinos, donde ya habían dado vueltas desde la recta de Las Minas, al Toronjil, a Club de Campo, y de regreso a Las Minas para luego terminar en Lomas de Urquía, desde donde cruzaríamos el Caribe hasta la Isla de Margarita.

Ya está bueno. Ha sido mucho pedirle al cuerpo y a mis hijos. Demasiado. Quizás porque se nos había perdido la brújula en 1989. Quizás porque había mucho que entender, de todas maneras. La verdad, no importan las razones, porque igual la razón no las entenderá. Y el corazón es pésimo para explicarlas.
Sólo en Caracas sabré si ya llegué. Y qué viene después. Veremos.

Mi buen hijo Armando Ignacio nos sigue de cerca, su amorosa y generosa compañía nos da la firmeza que los pasos van perdiendo con los años. Es la mejor mano fuerte de hombre lúcido y responsable que conozco. Gracias, hijo querido.

Por el momento, un largo viaje de vuelta. Dejo a Buenos Aires entrando en la primavera. Allá, Caracas comienza ya sus mañanas despejadas de fines y comienzos del año. Pasearé a Francisca por Los Palos Grandes, iré de compras al Gama y al Plaza, que siguen allí. Caminaré por el Parque del Este, lo llamen ahora como lo llamen. Abrazaré a mi hija menor cuando llegue a casa del trabajo, nos reiremos juntas, jugaremos Scrabble y saldremos a pasear. ¡Ah, y el cerro, siempre ahí, mi Ávila caraqueño!
  
Cuando vaya a Margarita, donde debo ir pronto de ida y vuelta en viaje de reconocimiento, veré los ojos de mi tía Simonetta, de mi hermana Alicia, de mis primos y amigos, para poder así hacerme una mejor idea de las cosas en la isla, un lugar que también quiero tener en los planes y proyectos por venir.

De regreso en Caracas, iré a Los Galpones de Los Chorros, imprescindible reducto de lo que fuimos y somos. También atenderé la sorpresiva invitación de mi alumna Xiomara Santander y de su hija Mónica, de dar clases juntas en Petare, siguiendo su modelo de taller textil aprendido en aquel que dictamos hace tantos años en Catia cuando Adriana Meneses era quien dirigía el Museo del Oeste "Jacobo Borges, nuestro MUJABO.

Algunos pocos, como mi mamá y su esposo Carlos, que han acompañado estos meses de exploración, saben cuánto susto he pasado. Otros, como mi hermano Carlos Eduardo, tienen esperanzas en Venezuela parecidas a la mía, y no para de animarme con sus propios sueños enlazándolos a los míos. Ya veremos...

Aún no sé qué habrá detrás de este regreso. Es imposible saberlo y muy tonto esperar saberlo.

En verdad, la vida es hermosa. El viaje ha sido y es apasionante. Desde este viernes, a su orden en Caracas.

Seguiremos en contacto. Mil gracias por su compañía.

Siempre.

sábado, 14 de julio de 2018

BUENOS AIRES 20 - ESTAR O NO ESTAR

Si bien el conocido parlamento de Hamlet “to be or not to be”, se traduce siempre como “ser o no ser”, tal parece que cuando emigras se traduce más bien como “estar o no estar”.

Por el lado de mi madre, soy hija y nieta de inmigrantes. Italianos. Toscanos, para ser más precisa. Mis abuelos eran intelectuales. El Babbo era Latinista. La Mamma, Antropóloga. Al llegar a Venezuela se hicieron profesores en La Victoria, estado Aragua. Un poco más tarde, abrieron una editorial en El Panteón, en la Caracas de comienzo de los años cincuenta. Cuando yo los conocí, habían comprado un colegio en Valera, el Colegio Monseñor Mejía, en Valera, estado Trujillo, y eran sus directores. Para mis abuelos Tariffi nunca pareció haber dudas acerca de dónde estaban y dónde querían estar. Entre la Italia que ellos dejaron atrás, y la Venezuela que les abrió las puertas, pareciera que su respuesta era clara y sus acciones más aún. Siguieron siendo “musiúes” toda su vida venezolana pero estaban en Venezuela, sin duda ninguna y de todo corazón.

Lo que estoy presenciando en Buenos Aires, respecto a la migración de venezolanos, que me incluye, es algo nunca visto en este país, salvo por la inmigración italiana hace más de un siglo, que tanto les determinó a los argentinos de entonces y aún de hoy en día.

A donde quiera que vayas te topas con un venezolano o venezolana trabajando. Una lista de paisanitos de la semana pasada incluye a un chico de Valera, por cierto ex alumno del Monseñor Mejías, siendo entrenado en un centro de Internet por otro chico venezolano para que le sustituya, ya que este último se va pronto para USA persiguiendo el sueño de estudiar Ingeniería Aeroespacial. Una larga lista que llevo mentalmente como un registro consular extra oficial, completamente informal, por supuesto. 

Kioskos, tiendas, restaurantes, bares, librerías, fruterías, abastos y supermercados, charcuterías. Nos hemos vuelto despachadores amables y corteses. Cortamos jamones y quesos, preparando bandejitas impecables, tal como las conocemos de dónde venimos. Los mesoneros que se acercan a la mesa y le preguntan al cliente si le hace falta algo, si la comida está a su gusto, seguro, más que seguro son venezolanos.

Lo más raro de ver a tantos venezolanos, es su actitud cuando les hablas de quedarse en Argentina. Viejos y jóvenes, nueve de diez, te dicen que no. ¿Entonces cómo es esta migración tan extraña? ¿Qué dejamos nosotros atrás? ¿Qué queremos salir corriendo a buscar, en la primera oportunidad que se nos presente? ¿Somos o no somos emigrantes? ¿Estamos o no estamos? Esta no es una respuesta fácil. Por eso, la mayoría no nos hacemos la pregunta. Por eso le tememos a la duda de Hamlet. Porque casi todos los venezolanos, como yo misma, no tenemos una respuesta firme y segura. Ni dentro ni fuera de Venezuela. Esto último es lo más desgastante, me ha parecido últimamente. Porque ahora resulta que el que se fue, no sabe si quiere estar fuera. Y el que se ha quedado en Venezuela, tampoco está seguro de quererse quedar.

Este estar mirando constantemente hacia la puerta, no nos hace bien, Ni dentro ni fuera de casa. Estoy segura.

Por eso mismo estoy empeñada en sembrar mis matas aquí en Buenos Aires. Ya que no me puedo sembrar a mi misma, parece, pues ver cómo les salen unas raíces a estas maticas, me está resultando lo más parecido a estar aquí y ahora. Viviendo.

Ayer mi hija en Caracas extravió las llaves de la casa donde alquila una habitación, cuando fue al mediodía a almorzar. Desde Buenos Aires, rezábamos juntas por HangOuts para que aparecieran, y le daba ideas de dónde buscar. Mientras hacía esto con el celular, desde la laptop aplicaba a proyectos como redactora en las plataformas para freelancers donde aplico a diario. Las llaves aparecieron pegadas en la puerta de su habitación, y mi hija en Caracas corrió de regreso a su trabajo en Chacao.

Mientras tanto, mi otra hija en Buenos Aires, trabaja en un colegio cercano. Anoche llegó de regreso al final de su día laboral con un bello regalo: cuatro cuadernos para pintar. Dijo que era un premio por hacer lo que hago, como un juglar de semáforo, con varias pelotas de colores en el aire, aprendiendo a moverlas sin que se caigan al suelo.

Los domingos al final del día converso con los dos chifladitos que tengo por nietos, mis niñitos amados, allá en Ocala, en el corazón de Florida, en los Estados Unidos. Les he ofrecido ir a verlos pronto. Tenemos pendiente una pijamada que hará historia para los tres. Estoy segura.

Veo a mi alrededor como soy sólo otra imagen conocida, en este espejo de diáspora atomizada por el mundo entero que nos volvimos los venezolanos en el siglo XXI. Parecemos ser el único producto eficiente de la llamada Revolución Bolivariana: millones de venezolanos ahora en misión de venezolanizar al planeta. Eficiente e involuntario resultado de semejante tamaño disparate de experimento. Así, al menos se reduce la angustia de tener que responder si estamos o no estamos, donde sea que estemos cuando nos lo preguntan.

Un taxista me dijo el otro día que Argentina nunca será la misma luego de esta inmigración venezolana. Puede ser. Traerse al Caribe para tierras australes en tamañas cantidades, no puede pasar desapercibido. Según el Diario La Nación, en un artículo del pasado 16 de marzo, el promedio de venezolanos que entran a diario por las fronteras argentinas había alcanzado un promedio de 363 personas. Al día, no a la semana, ni al mes. Trescientas sesenta y tres venezolanos entraron al día en Argentina entre enero y febrero de 2018. Difícil de creer. Por lo que estoy viendo en la calle, debe ser cierto. O estar cerca de serlo.

Ya veremos qué le agrega esa agitada sal marina caribeña a esta reflexiva latitud sureña. Nuestras maneras de amar, con el ritmo en las caderas. La sazón de nuestras comidas, ese impelable comino en su justa medida. Nuestra pasión por la echadera de cuentos y el chiste permanente. La risa fácil y la mamadera de gallo a toda hora. Ahí vamos con nuestra dosis de luz y color caribe por el mundo entero. Cargando, como cargamos en el alma, tanto los muchos colores verdaderos de Mercedes Pardo, como esos amarillos que Cruz Diez hace que se nos formen mágicamente en la mirada. Ya veremos. Aún queda mucha tela por cortar. Mucho que coser y remendar.

Por el momento, vivo mis días porteños en una vida en compartimientos. Para no tener que dar una respuesta, no me pregunto si estoy o no estoy. Escribo para que no se me olvide nada de lo que soy. Para recordar de donde vengo. Por qué soy como soy. De quién soy hija, nieta y bisnieta. Quiénes son mis hijos y nietos. Por qué me siento tan rico en el chat con mis tías y primos Tariffi. Por qué lo primero que puse sobre el hogar que nos calienta estos días de invierno al revés, fueron las fotos de mis padres, como cualquiera buena inmigrante. De ahí vengo. No nos equivoquemos. 

Siempre cosiendo, cocinando y escribiendo.

Un millón por su compañía. Se les siente cerca y es tan bueno. Gracias

sábado, 7 de julio de 2018

BUENOS AIRES 19 - SILENCIO


Papá siempre aconsejaba que cuando no se tuviera nada bueno que decir, no dijéramos nada. Alguien más que me enseñó que callando "eres dueña de lo que callas y esclava de lo que dices”. He estado en silencio por otras razones, que no pasan ni por querer ser dueña de lo que callo, ni porque no tuviera algo bueno que decir. 

He estado en silencio porque me hacía bien callar. Porque han sido muchos movimientos en un tiempo muy corto. Mudarse de continente. País. Ciudad. Casa. Piel. Montones acumulados de pérdidas aún sin contabilizar.

De pronto sabes que tienes que callar, acallar y serenarte.

Esta aventura que sigo sobre mis pasos, es exigente. No escribo para entretener sino para respirar mejor. Porque escribir completa mi vida. Llevar una bitácora del viaje no lo hace más leve, lo vuelve más llevadero. Sé que la memoria es engañosa. Que los recuerdos se vuelven imágenes fijas, que como pájaros vienen de visita a la ventana de la mente una y otra vez. Qué decir entonces de los sueños, esos visitantes que tanto saben de uno, que vienen echando su cuento al oído desprevenido del que duerme y los evoca, aun sin saberlo, a ellos, a los recuerdos.

Por eso, ha sido muy bueno este silencio.

Anoche me acosté pensando si publicaría o no esta semana en este blog. Entonces amaneció lloviznando esta fría mañana de sábado en Buenos Aires. Me echo sobre los hombros un chal tejido por mi tía abuela Margarita, hermana de mi abuelo materno, que vivía en Fiesole, en las afueras de Florencia, Italia. Fue su regalo cuando me casé en 1977, y me ha acompañado desde entonces en cada mañana fría de los muchos lugares donde he vivido. El chal, unas buenas medias y la taza de café caliente, en esta mañana de invierno argentino.

Porque en el Sur estamos al contrario de lo que mi cuerpo conoce. Mientras en España mi prima Wanda se sancocha en el calor madrileño, mi hermano Juan se derrite en el patio trasero de su casa en Boca Ratón, mis otros hermanos Carlos y Alejandro sueñan con una piscina, el primero con la suya en Hollywood, FL., y el otro en casa de mi mamá en Kendall, FL., a donde llegará en unos días de visita desde Toronto, Canadá. Mi familia en la isla de Margarita se consuela con la brisa isleña, porque ese calorcito oriental venezolano tampoco es ningún chiste.  Mis nietos, en Ocala en Florida Central, andan medio desnudos y juegan con la manguera cuando no están con sus padres metidos en el agua chapoteando, aprendiendo a nadar. 

Se me sigue haciendo raro que yo ande en julio con tres capas de ropa superpuestas sólo para estar en la casa. Ya para salir, la cosa se vuelve toda una producción de bufandas, botas y orejeras sobre suéteres y un abrigo vino tinto. Si esto no es cambiar de vida, entonces no sé bien qué lo pueda ser.

Por eso quizás el silencio.  Para entender mejor de qué se trata. 

Estoy apostando a que me guste. Todavía tengo mis dudas. Con todo y lo enamorada que estoy de esta Ciudad de la Furia, de Buenos Aires. Ya me he enamorado antes de algo que no me conviene, especialmente a largo plazo. A los sesenta y cuatro, no creo que me interese mucho que ahora estos plazos sean tan largos. Intento escuchar a mi corazón. También por ello el silencio.

Ayer podé las matas que heredé en esta última mudanza. La casa donde vivimos ahora, la compartimos con otras dos familias. Una uruguaya y otra venezolana. Los primeros tienen una lavandería dentro de un hotel cercano. Los segundos, un restaurante en la zona de Palermo. Ya no vivimos en San Telmo. Estamos en el centro, en Montserrat, hacia la zona sur de Congreso, Ahora vivimos en el interior de una casa dividida en tres viviendas. Nosotras tenemos la que está frente al patio de invierno, con un techo de vidrio que se recoge con un sistema de poleas. Todo novedoso para este par de caribeñas que somos. En ese patio había un montón de plantas en macetas totalmente abandonadas a su suerte. En un receso de la costura, ayer le podé a todas sus ramas secas y feas. Removiendo la tierra de una de ellas conseguí una moneda oxidada de un peso argentino. Luego de limpiarla, veo que es de 1964. Pobres maticas. Mucho tiempo sin cuidado. Anoche le regalé la moneda a Corina, que de inmediato vio una obra con esa pieza. Así funciona la mente de una creadora. Qué privilegio estar juntas en esta aventura. Esas plantas van a retoñar, estoy segura. Quizás también retoñe yo misma en este nuevo clima y circunstancias. Veremos. Voy un día a la vez, una poda a la vez, una removida de tierrita a la vez.

Una cosa que me gusta de Argentina, es que no me asusta. Creo que lo he comentado antes. Estados Unidos me aterra. Argentina se parece más a “malo conocido”. Aquí uno se asombra de que haya más días feriados que en la Venezuela que conozco tan bien. No dejo de asombrarme por la cantidad de huelgas y manifestaciones callejeras que, una tras otra, pueblan los días de trabajo de este país donde vivo ahora. Mi hermano Juan dice, con mucha razón qué si bien USA es el paraíso del capitalismo salvaje, Argentina lo es del sindicalismo salvaje. Verdaderamente insólita la capacidad de protesta y de tolerancia a éstas con la que viven acá. Y viven bien, se los digo. El argentino promedio que he conocido se lamenta profundamente de que ahora no puede ir a comer a la calle todo lo que quisiera y en la frecuencia a la que estaba acostumbrado. Ya quisiéramos muchos, digo yo. Hace años que comer fuera de casa se volvió un lujo para la gran mayoría de los venezolanos, dentro y fuera del país. También se suelen referir a sus conciudadanos como unos “vagos”, cosa que me asombra y me enmudece, por miedo a parecer descortés y malagradecida, pero francamente en Buenos Aires ahora mismo, en todos lados te atiende un venezolano, cuando no son peruanos, paraguayos o bolivianos los que te sirven la mesa o te asisten en los comercios. 

Seguimos mirando esas cosas que se vuelven cuitas en estas crónicas.

En silencio siguen pasando los días. Quiero entender lo que escucho cuando no hay tanto ruido, como ahora.

Los arreglos de ropa siguen llegando y lentamente he ido haciendo una pequeña clientela. Es gratificante. Continúo mis estudios como creadora, transcriptora y traductora de textos por internet. También por ese lado hay alguito de trabajo, ahora mismo estoy transcribiendo para la Fundación Gonzalo Plaza que maneja mi hermano Carlos Eduardo, el Catálogo de la exposición “La Nueva Estampilla Venezolana”, una iniciativa de mi padre por allá en los años setenta, cuando por primera vez se diseñaron en Venezuela nuestros sellos postales. La idea de la Fundación es editar un hermoso libro, de cuya venta se alimentarán los proyectos educativos de ésta. Formé parte de ese catálogo en aquellos tiempos, mientras estudiaba en la universidad. Cuarenta y pico de años más tarde estoy transcribiendo un texto que ayudé a redactar entonces. Linda coincidencia.

No he abandonado la fabricación de plantas de tela, cosa que he descubierto me gusta mucho, sólo que ha quedado relegada a los espacios de esparcimiento. A veces también de actividad meditativa y de serenarse. De vez en cuando también desempolvo un bordado que anda por ahí.

Todo esto que acompaña ahora a las rutinas domésticas que comparto con mi hija y compañera, eso que es ahora mi nueva vida argentina. Eso, y un silencio nuevo al que me estoy acostumbrando. 

Así mismo como también se va una acostumbrando, poco a poco, a la compañía virtual de quienes amablemente nos acompañan con su lectura de estas palabras. Palabras a veces hilvanadas. A veces sueltas.

Es una nueva y amorosa experiencia. Gracias, a todos. Desde mi silencio.

sábado, 9 de junio de 2018

HOY HABLO SOBRE MI

Soy escritora. 

Desde niña supe que lo soy. Recuerdo que una tarde en el patio del recreo en el colegio donde cursé la primaria, alguien me preguntó qué haría de grande, creo que una maestra, quizás alguna de las monjas. Respondí que estudiaría "Fisolofía", "Filosofía", me corrigió entre risas ese adulto sin rostro en mi memoria. Olvidé al interlocutor pero nunca he olvidado ese episodio de la infancia. Debo haber estado en tercero o cuarto grado. Seguramente esa información provino de alguno de mis padres, o de mis abuelos paternos, con lo cuales pasaba mucho de mi tiempo cuando niña. Estaba repitiendo como un lorito, diciendo mal el título de lo que habría de ser mi carrera universitaria, Letras, conocida en los años sesenta como Filosofía y Letras, separadas luego de la renovación universitaria por aquellos mismos años, en dos carreras totalmente diferentes, para mi gran fortuna.

Soy escritora y cuenta cuentos. Escribo crónica. De lo que vivo. Lo que veo. Esto que hacemos cada día. Llevo un registro de lo que miro a mi alrededor. Escribo sobre ello. A veces se escribe luminoso. Otras veces oscuro, muy oscuro.

Así como le sucede al entorno atmosférico donde vivimos, a veces estoy de lluvia. Otras mañanas amanezco sin una nube en el cielo, el sol color rosa que se hace dorado pálido sobre los techos de las casas de enfrente. También las tormentas son parte de mis escritos, porque tampoco faltan en la vida diaria.

No escribo para entretener. No de manera intencional. Escribo porque al hacerlo alargo mi mano hacia afuera, abro la palma y dejo salir eso que quiero contar. Como aves levantan el vuelo esas palabras y se van por ahí, independientes ya de mi, de mis humores, del color que haya amanecido mi día. Escribo casi siempre de madrugada, de mañana, con mi café a un lado. En las más afortunadas épocas de la vida, el resto de los días los he pasado entre las telas y los hilos de otro amado oficio, el arte textil. A veces he sido tan afortunada que hasta he podido vivir de ello, de la enseñanza de lo textil y sus muchas facetas y oficios relacionados. Escribir y coser como formas de amar. De vivir.

Escribir es una de las cosas que más amo de ser yo. Sin pretensión. Así solamente, con ese amor que, con mucha suerte, apenas comenzamos a sentir por nosotros mismos sólo después de haber cruzado el umbral de una cierta edad. 

Esta mañana, y por primera vez desde que llevo este blog, me puse a mirar las estadísticas de los muchos lugares desde donde lo han visitado: Estados Unidos, Venezuela, Argentina, España, Italia, Canadá, Irlanda, Alemania, Francia, Panamá, Rusia, Perú, Chile, México, Puerto Rico, Uganda y Laos. ¿Laos? Uganda lo entiendo, porque mi amiga Morella Carta va de misiones a ese país africano varias veces por año, pero ¿Laos? Como bien le llamó Ciro Alegría, el mundo es ancho y ajeno. Algo que los venezolanos estamos experimentando duramente en carne propia en los pasados veinte años, y muy especialmente en los tiempos más recientes, a medida que la crisis venezolana se agudiza y asfixia aún más a nuestra gente.

Ahora que los venezolanos nos hemos atomizado por el mundo entero, nada de raro pareciera tener que te lean en los vecindarios aledaños del sureste asiático. Algo que mi abuelo Juan Bautista jamás habría soñado le sucediera a su hermosa "Fuga Criolla", seguramente ahora es mucho más probable que nunca antes: ser incluida en el repertorio de orquestas del ancho mundo que nos ha recibido a los emigrantes venezolanos de esta época de éxodo. Sucederá, más temprano que tarde, no sólo porque es una hermosa pieza sinfónica sino también por la enorme cantidad de músicos venezolanos que la conocen bien, que ahora regados por el mundo la incluirán en sus repertorios. Habrá que ver si las partituras le llegan a las manos indicadas en el momento adecuado, y entonces esto sucederá. 

La inevitable tristeza de este desafortunado movimiento migratorio que vivimos hoy los venezolanos, tendrá entonces el extraño piquete al revés de habernos hecho aún mas universales de lo que ya éramos. Porque lo somos. Desde nuestros días coloniales, los venezolanos hemos sido distintos, curiosos y universales. Eso exactamente fueron los extraños ingredientes combinados de la "tormenta perfecta" que fuera en sus días nuestra gesta independentista latinoamericana, surgida de la calenturienta imaginación universal de un genio venezolano llamado Simón Bolívar. 

Pensamientos como estos me alegran las mañanas cuando escribo tan lejos de casa, de mi casa, de Venezuela. Porque sé que todo este disparate de alguna extraña manera algún día ha de tener sentido. Lo tendrá. Esa certeza me pasa la mano por la cabeza, juega con mis cabellos y me consuela. Entonces me parece posible que todo esto tome cuerpo y se transforme en algo constructivo. Sólo entonces puedo con algo tan pesado, esto de cargar la casa a cuestas mientras intentas hacer con eso un poema. Tu vida. 

Como decía antes, he escrito desde siempre. Ser escritor no es publicar, es escribir. Lo importante es escribir. Ya se publicará, si le corresponde. Algo he publicado, sin embargo. También he sido colaboradora de diarios venezolanos como The Daily Journal, y también columnista semanal por varios años de otros diarios como El Diario de Caracas y Tal Cual . Sin embargo, nunca antes había experimentado el vértigo de lo inmediato e intimista que conlleva llevar un blog con constancia. Eso me maravilla de llevar este ejercicio: que se publica y lo comparto con ustedes en un instante. No conozco nada que se le acerque a la intimidad de este contacto tan inmediato del intelecto, esto que logra un blog desde la internet. Esto que sucede entre una Buenos Aires helada en su invierno austral al revés de todo lo que conoce mi cuerpo tropical, que sale disparado a las redes sociales y llega hasta donde le dé la gana llegar, incluyendo para mi gran sorpresa, a alguno que desde Laos tuvo la curiosidad de leernos. Se me hace poético y mágico. Me tiene verdaderamente fascinada.

Escribir también se hace para el que escribe. Esos pájaros que salen de mis manos muchas veces dan la vuelta en su vuelo y se regresan para posarse sobre mis hombros. Para leer lo que escribo, ¿pueden creerlo? Pero sí, sucede con frecuencia. Entonces entiendes que hablar solo no es cosa exclusiva de locos . Que de veras todos estamos un poquito chiflados y que no importa. Que está bien llorar unos días y reír otros. Que en este mundo de veras cabemos todos. Que casi nada importa tanto como tenernos unos a otros. Que sabernos amados es lo que da un eje sobre el cual girar. Lo que nos justifica y explica. Lo que da sentido y ordena. Lo que nos hace mucho mas fácil el tránsito que es la vida. Entonces, y sólo entonces, escribir se vuelve importante, se aleja del ego, se acerca al otro y lo acaricia de veras. Como debe ser para ser bueno. 

Sí, soy escritora. Entre algunos otros oficios. Quizás escribo para que algo quede de mi rastro. No lo sé. No me da curiosidad saber la razón por la cual escribo. Tampoco me ocupa ni me preocupa publicar lo que escribo más allá de los límites de este blog, que ahora sé que llegan lejos. Eso me gusta.

También soy lectora. De casi cualquier cosa que me caiga en las manos. Leo también por pasión y hábito. Los libros, las telas y los hilos definen mi entorno. Ahora en este capítulo que vivo al Sur del Sur, en esta Buenos Aires fantástica, leo a Borges y a Cortázar con la ilusión y la maravillada lectura que sólo te da releer.  Ahora también he aprendido a leer otros blogs y páginas web de gente tan interesante como mi prima Mariela Michelena, psicoanalista, desde Madrid. Búsquenla en la web, se los recomiendo. Es una genia con agudo e inteligente sentido terapéutico del humor sano y sanador. 

Y bueno, suficiente de mi por mucho tiempo. Me debía esta especie de improvisada carta de presentación sin curriculum vitae, que nada importa, a decir verdad. Porque, como no sé quién me lee ni desde donde, mejor me presento y les cuento un poco sobre quien escribe. Eso pensaba en la madrugada de este sábado de junio. Y ya está dicho. 

Pronto nos mudaremos a un apartamento en planta baja, no muy lejos de donde estamos ahora, del cual les echaré muchos cuentos porque promete. Ya lo verán. 

Mientras tanto, como siempre, muchas gracias por su compañía amorosa, que la siento aunque estén en silencio del lado de allá. 

Cariños desde el Sur.