sábado, 27 de enero de 2018

BUENOS AIRES 2

Al revés del Norte, es pleno verano en Argentina. Sin embargo, amanece fresco. Aquí el azul del cielo es más claro, es azul celeste, y los argentinos lo saben. Lo han puesto exacto en su bandera. Hoy ha amanecido sin una nube. Salgo al balcón donde hay una mesita de mosaico con dos sillas que serán mi escritorio por un mes. Los ruidos urbanos son tan diferentes en Buenos Aires. Motos y motonetas que despiertan en la callecita Humberto 1º. Perros ladrando por aquí, por allá. Palomas que aletean. El camión de la basura hizo su bulla un poco más temprano. La brisa sabrosa huele un poquito a diesel. Aunque estamos en el centro, apenas se escucha despertar a esta inmensa urbe que es la ciudad donde vivo ahora. 

Allá abajo, junto a la hermosa casa con la bruja metálica de veleta en su techo, vive un grupo de jóvenes indigentes. Maletas, sillas viejas, mantas y cobijas son su casa. Van y vienen durante el día, supongo que también durante la noche. Una pareja y varios muchachos. Parecen viejos pero se ve que no lo son. Parecen inofensivos, seguramente tampoco lo son. Hablan animados entre ellos, se ríen, comparten comida. Desde detrás del vidrio que nos separa del balcón, los miro a cada rato. Ya me había desacostumbrado a ver esta miseria. Ayer, la joven mujer se droga mientras su compañero la ayuda a taparse la cabeza con lo que parece una toalla, mientras ella fuma algo que supongo es marihuana o crack. Qué sé yo. Buenos Aires está llena de gente que vive de esta manera, en la calle, ya hemos visto varios. Afortunadamente para mí, ningún niño. Los veré, sin duda ninguna. Toca aprender a vivir con eso. De nuevo.

Los carros aquí se llaman autos. Los niños, chicos. Apartamento ahora será departamento. La vereda es la acera Nuestro léxico cambiará sin remedio. Nuestras costumbres también. Una vez más, a comenzar de nuevo.

Durante el día terminaremos de cerrar con Estados Unidos. Aún quedan cuentas y servicios por cancelar. Esta semana pagaré lo que se les debe a las tarjetas de crédito. Escogí seguir en el grupo de los que hacen lo correcto por que sí. Mi hijo mayor, Armando Ignacio, nos prestó dinero para resolver lo que había que pagar en reservas del Airbnb, pasajes y los gastos previos a nuestra salida de Norteamérica. Mis hermanos Alex y Juan nos han estado echando una mano por aquí y por allá. Ya más aterrizadas, nos pondremos a hacer esas transferencias. Por el momento, Corina y yo tenemos nuestras finanzas combinadas, como compañeras de ruta que somos desde hace dos años. Ambas extrañamos la autonomía de andar solas, pero sabemos que esto es lo que corresponde hacer ahora. Nos ha costado aceptarlo. Mucho. Ambas sabemos que el camino suele tener su propia sabiduría. Por decisión hemos dejado mucho atrás. Andar ligera me sienta bien. Me veo más alegre en el espejo. Más serena. Ya eso es bastante ganancia.

Desde que llegamos hace cuatro días he caminado unas cien cuadras. Cargo encima un sobrepeso de al menos 25 kilos, que se irán diluyendo entre esta caminadera, comer más sano y estar más contenta. Me traje ropa de tres tallas y para cuatro estaciones. Una locura de planificación. Mis pies han intentado protestar el cambio de paso. Les he explicado que no hay derecho a pataleo. Literalmente. Sólo de andar. Hacia adelante. Punto. Corina me ayuda con cremitas y masajes, sugerencias de medias y zapatos. Rico.

Pocas cosas tan benditas como los hijos buenos. Tengo tres. Pocas cosas aún más privilegiadas que las hijas buenas. Tengo dos. Si me escuchan quejarme, les ruego me recuerden sólo esto.

Me gustan las medialunas, el cielo celeste, la cortesía argentina, los dinteles y balcones, las plantas sencillas por todos lados, los perros como peatones. Me gusta este despertar de los sentidos, estar pendiente de dónde pones la cartera para evitar al pícaro, aguzar el ingenio para intuir al sinvergüenza, me gustan los comercios de chinos y las fruterías de bolivianos en cada cuadra. Creo que por primera vez en mi vida me gusta el sucio de las calles.

Ya vendrá lo que no me gusta. Está bien. Vamos bien. Estamos bien. 

sábado, 20 de enero de 2018

VAMOS A VIVIR

31 de diciembre en Humberto 1 #844, San Telmo. 

Corina y Francisca aun durmiendo el viaje. Nueve horas de vuelo entre Miami y Buenos Aires, siete maletas, dos maletines de mano llenos de documentos y libros, y además Francisca, nuestra perra margariteña. Nos hemos venido a vivir para Argentina.

Llegamos a Ezeiza, el aeropuerto internacional de Buenos Aires, cerca de las seis de la mañana, y estamos fuera de inmigración y aduana como en una hora. El dueño del apartamento alquilado por Airbnb nos escribe que no podremos entrar a éste sino hasta después de la una y media de la tarde. Nos caemos del cansancio. Las tres estamos extenuadas. Corina negocia por Whatsapp. Se consigue que vayamos antes y eso hacemos repartidas en dos vehículos llenos de maletas, maletines y la jaula plástica de viaje con Francisca, que nos mira desde dentro con esa fidelidad del acto de fe del que son sólo capaces algunos perros.

San Telmo resulta una zona entremezclada de calles estrechas con anchas avenidas. Arboles frondosos en aceras rotas. Fachadas de casas viejas cubiertas de hollín, con una inesperadamente callada y serena belleza. Modestos potes con plantas por todos lados, en portales, patios y terrazas. Las altas ventanas y puertas hablan de tiempos de un esplendor urbanístico que parece negado a callar su voz. El sorprendente ornato de dinteles y cornisas, pareciera abandonado a cuidar de su propia supervivencia. Hay de todo. Hoy hace un calor endemoniado. Treinta y ocho grados centígrados, el día más caliente del año, nos enteramos luego. Sin embargo. vamos y venimos por las callecitas, Francisca a la cabeza, Corina guiando las excursiones para apertrecharnos de comida, agua potable y otras cositas para nuestra primera noche en Buenos Aires.

Nos hemos venido a vivir para Argentina. Mientras este año se termina, he cerrado tras de mí una puerta que no me llevaba a ninguna parte. No, no es cierto, sí que me llevaba a algún lado, sólo que era un lugar al que no deseaba ir. Ni tampoco donde mi corazón anhelara estar. Norteamérica me ayudo vivir el duelo de la pérdida de Venezuela, como uno de esos amantes de mientras-tanto, que te ayudan con la ausencia de un gran amor. De la misma forma que cuando esos romances comienzan a menguar y perder su magia, uno sabe que debe salir corriendo. Así mismo empaqué mis cosas y me alejé de Florida, de mi comunidad de mayores de 55 años donde viví cuatro años, de los amigos que hice allí, de mis hermanos y sus familias, de mi mamá, de mi hijo mayor y de mis nietos. Cuando me dí cuenta que me tenia que ir de los Estados Unidos por una irreconciliable incompatibilidad de caracteres con esa sociedad, me detuve y lo lloré sin consuelo posible por días y días. Cuando dejé de llorar, comencé a empacar.

Con una inmensa ternura, antenoche mientras volábamos hacia el más franco Sur de América, desde su asiento al otro lado del pasillo, Corina tomó mi mano y dijo con sus ojos en los mios, “Vamos a vivir”. Una propuesta hecha en tono de consuelo que me ha traído a San Telmo, en Buenos Aires. Allá afuera esta mañana canta un cristofué, con los años que no escuchaba uno de esos pájaros de tierras suramericanas, de mi casa, de la Caracas de mi niñez. Cierro los ojos y me digo, “Tranquila, no pasa nada. Estás viviendo”.


Mientras, en Caracas mi hija menor, Alejandra, esta contenta. Trabaja en Chacao y vive en El Valle. Su perseverancia por estar bien me ha dado esta clave de buscar lo mismo para mi misma. Quiero una vida que me arrope y me cobije, por muchos sacrificios que esto conlleve. Asi es como me he apropiado de mi vida, y asi es como la vivo hoy. Estoy tan agradecida. Nos deseo a todos el mejor año 2018. Un abrazote a mis panas de Ordago, Es un regalo tenerlos. Gracias. 

jueves, 18 de enero de 2018

LLEGADA A BUENOS AIRES

LLEGADA  A  BUENOS  AIRES 


(Disculpen la ausencia de acentos. Estamos trabajando en esto)


Nos hemos venido a vivir en Argentina. Llegamos a Buenos Aires este pasado 30 de diciembre. Ando con Corina, mi hija mayor, siete maletas, dos maletines de mano y una jaula plástica con Francisca dentro, nuestra perra margariteña.

Venimos de los Estados Unidos. De Hollywood, condado de Broward, Florida. Tampoco esta vez nos ha sentado la vida norteamericana en este segundo intento entre 2013 y 2017. El primero del 2000 al 2006 me dejo tristísima. Esta vez he quedado extenuada.

La primera opción era irme a Espana. Con la idea de montar una mercería en Valencia, puse en marcha mi plan, en venta el apartamento y casi todo lo que había dentro. Armé una enorme donación de mi taller textil. Embalé el resto.

Corina, que vive conmigo desde 2015, mientras tanto monta su viaje de regreso al Cono Sur que le gustó tanto. Estuvo por un buen tiempo entre Buenos Aires y Montevideo

Mi plan de irme a Espana se cae por su propio peso y decido regresarme a Venezuela. Pero, no me atrevo. Estoy entre varias opciones en mi desolado pais. Ninguna me termina de convencer. Mis hermanos, mi mamá y Carlos, su esposo, me ayudan a organizar las ideas. Alejandra, la menor de mis hijos vive en Caracas. Su opinión es demoledora: no te vengas, mama. Corina me invita a venirme con ella para Buenos Aires. Aquí estamos, en San Telmo, instaladas provisionalmente en un apartamento que Corina contrató  a través de Airbnb desde los Estados Unidos.

Al llegar, ya en el aeropuerto mismo de Ezeiza, me doy cuenta que algo se está moviendo de lugar en mi interior. Miro a la gente a nuestro alrededor desde la mesita del café donde esperamos pacientes que llegue la hora de entrar al apartamento alquilado, pues hemos llegado a las seis de la manana. Corina compra unas media lunas y té para desayunar. En las mesas vecinas mis primeros argentinos en Argentina conversan animadamente, se tocan, se besan, se miran, se rien y o discuten entre ellos a viva voz. Me doy cuenta que estoy absorta observándoles. Los hombres tocan y besan a sus hijos pequenos. Me estoy sonriendo sin querer. Eso que se me mueve por dentro, se despereza, se estira, se reconoce en algunos gestos de esta nueva gente que ahora es mi entorno. Bienvenida a otra nueva vida. Hemos venido a vivir. Eso me ha dicho Corina. A cada minuto le creo más.

Cuando llega la hora de irnos, el viaje se hace en dos autos, porque no cabemos en un solo taxi. A mi me lleva Gerardo en un pequeño Chevy, y me da en el camino muchas razones por las que me habría gustado haberme hecho su amiga. Culto, educado, inteligente. Le hago un monton de preguntas durante el trayecto y me llevo una tremenda clase magistral en vida argentina contemporánea. Corina y Francisca vienen delante en una pequena camioneta, pues la jaula no cabe en ningún automovil. La senora que las maneja se ve amable y fuerte. Buena combinación.

Un mosaico que recién comienza a combinarse. Imágenes que se amontonan. Algo que quiero decir se organiza en palabras que salen casi solas. Estoy recuperando las fuerzas. Rápidamente. Una voz que extranaba muchísimo vuelve a salir y me siento cada manana a escribir. Una vez más. De nuevo. Qué bueno. El balconcito del apartamento es muy amable con este deseo renovado.

Caminar es milagroso para el espíritu. La mirada se nos refresca. Qué buenos ejercicios, caminar y escribir. Tomo fotografias de puertas, dinteles y pequenos silencios totalmente nuevos. Estoy bordando una foto vieja que he comprado por dos pesos en el mercadito de San Telmo, al que Corina me ha llevado con la presentación de quien te ensena un tesoro profundamente íntimo. Sé que esta hija me está regalando buena parte de lo que tiene en el corazón por esta ciudad. Estoy conmovida, movida y silenciosa.

Así, en silencio, escribo. Mucho. Juan, mi hermano, dice que he recuperado la voz. Es cierto.  

Agradecida, mucho, decido abrirle una ventana a estos textos portenos, una secuencia de los textos escritos a traves de una persiana americana, como habría dicho Cerati, cosa que ahora sé gracias a mi amigo-hermano Yura Svistunov, quien nos ha puesto a Soda Estéreo como telón de fondo en estos primeros dias en la Ciudad de la Furia.

Busco a Borges entre puertas viejas y ventanas cerradas. Escucho la paleta verbal de Cortázar a mi alrededor. Son tiempos de un encantador enamoramiento.

Como corresponde, entonces, gracias. Totales. Ahí vamos...

Elena


Buenos Aires, jueves 18 de enero 2018 

domingo, 27 de marzo de 2016

DUDA CARTESIANA


“La duda puede proyectarse en los campos de la decisión y la acción, o afectar únicamente a la creencia, a la fe o a la validez de un conocimiento. Si le antecede una "verdad" convencionalmente aceptada, la duda implica inseguridad en la validez de ésta.”
                                       Sobre la Duda Cartesiana, Wikipedia, La Enciclopedia Libre.

Temprano esa mañana voy a buscar un pasajero que me ha llamado desde Davie, a unas 2 millas de mi casa. Me encuentro a una joven señora embarazada, acompañada por un par de niños de unos nueve o diez años. Van a la escuela cercana, pero está tan cercana que, por estar a menos de 2 millas del colegio, no les corresponde transporte. Son venezolanos.

La joven señora es hija de un sirio-venezolano y una venezolana. Los niños, el hijo mayor de ella, y el otro, el mayor de su esposo, ambos de nueve años. Acaban de llegar de Venezuela. Tienen tres meses aquí en Florida. Han estado quedándose en la oficina y luego en la casa de su abogado de inmigración, otro venezolano. Tienen dos días en esta comunidad de renta donde los he recogido. Ella no se llama Layla, pero la llamaremos así.  Tiene ocho meses de embarazo. No tienen nada. Nada de nada. Ni camas, ni muebles, ni ropa, ni cuna, ni coche, ni televisor. Nada. Están durmiendo en el suelo en unas colchonetas y colchones inflables, mientras resuelven.

El esposo de Layla tampoco se llama Antonio, pero así le llamaremos. Antonio ya trabaja en una constructora. Va y viene en una bicicleta que le prestó el jefe. Consiguió el trabajo en una cola del BurgerKing cercano, a donde fueron a comprar un combo de $5 para compartirlo entre los cuatro, Layla, Antonio y los dos chamos. Por diecisiete años, Antonio ha sido funcionario de aquello que llamábamos PTJ, la Policía Técnica Judicial, ahora llamado CICPC. Seguiremos llamando PTJ a ese cuerpo policial, a los efectos de esta historia. Antonio tiene treinta y cinco años, lo cual dice que la mitad de su vida la ha pasado trabajando para la PTJ. La mayoría de los venezolanos le tenemos una profunda antipatía tanto a la PTJ como a sus funcionarios. Me incluyo. Antonio se ha ido ocupando de romper ese paradigma, pero eso es otro cuento.

Me vengo a mi casa al final de ese día que había comenzado llevando al colegio a los niños de Layla y Antonio, y pongo un aviso en una página de Facebook para mamás que viven en el Sur de Florida, Mamarama. Allí echo el cuento de Layla y explico que necesitan de todo. Las contribuciones llueven generosas y han seguido llegando aún hoy, que ya ha nacido el bebé y tiene cerca de un mes. La más conmovedora la hizo una pequeña niña norteamericana de unos seis años, cuyos padres nos dieron un montón de cosas, a lo cual ella quiso agregar un billete de $5 que sacó de su dinero del Ratón Pérez, o el Hada de los Dientes, como la llaman aquí en los Estados Unidos.

Muy pronto Layla se da cuenta de que tienen muchas más cosas de las que van a necesitar. Rápidamente se pone a publicar en páginas de las redes sociales locales lo que está disponible. Comienzan a aparecer por su casa un montón de otras venezolanas embarazadas en igual o peor situación que la de Layla y su familia. La mayoría de los que vienen a recoger los donativos son jóvenes familias venezolanas pidiendo asilo político en los Estados Unidos, intentando establecerse en el Sur del estado de Florida. Es en medio de esa repartidera cuando se presenta la duda, esta duda cartesiana que nos ha puesto a todos a dudar de lo que creemos como verdad, nuestra verdad en el exilio.

Una tarde llama a Layla una joven venezolana, respondiendo al aviso ofreciendo lo que hay para regalar. Le hace falta de todo. La joven le cuenta por teléfono que está recién embarazada. Su esposo, los niños y ella también están pidiendo asilo político, llegaron hace unos meses y están muy necesitados. Quedan en verse más tarde, al final del día. Cuando Antonio llega a su casa al salir del trabajo, Layla le avisa que vendrá esta señora a ver unos muebles y cosas para el bebé que ellos no van a usar y que ella ha ofrecido por las redes sociales. Cerca de las siete esa noche, llega la joven señora. Mira y mira las cosas, y pregunta si su esposo puede subir a ver los muebles, ya que para no molestar se ha quedado abajo en el carro con los otros niños. El hombre sube al apartamento y, al verlo entrar, Antonio se queda de una sola pieza, clavado en el piso. En la puerta del apartamento está el fiscal que puso preso a Leopoldo López, allá en Caracas. El mismo que se vino huyendo del gobierno chavista a “pedir cacao” en los Estados Unidos, ahora un refugiado político más en este confuso exilio venezolano del Sur de Florida.

“Yo a usted lo conozco, Fiscal”, le dice Antonio desde la cocina al recién llegado. “Usted trató de inculparme y meterme preso cuando los muchachos aquellos que aparecieron muertos en Punta de Mulatos. Y usted fue el fiscal que metió preso a Leopoldo López. ¡Qué vainas tiene la vida! Mírenos ahora: usted en mi casa llevándose una ropita para el carajito en camino y unos muebles que nos han regalado para echarnos una mano. Todos montados en la misma lancha, fiscal”. La señora y su esposo, el ahora ex-fiscal venezolano, se llevaron unas cositas para el bebé y quedaron en volver por los muebles. Nunca se ha sabido más de ellos.

“Pienso, luego existo”, nos dijo Descartes. Y nosotros tan filosóficamente generosos como siempre, decimos: “Es venezolano, luego le echo una mano.” Bueno, este cuentico de hoy parece decirnos que sí, pero que no tanto. Sí, es verdad, que estamos aprendiendo a ayudarnos. Sí, nos estamos portando mejor entre nosotros mismos. Sí, hay una nueva camaradería y unas relaciones de amistad, casi de familia, que las establece este exilio forzado de más de dos millones de venezolanos, ahora regados por el mundo entero. Sin embargo, lo corteses no nos puede quitar lo valientes. Antonio, el ex – petejota devenido en asilado, supo llamar las cosas por su nombre. Aquí el asunto no parece ser solamente si éramos o no chavistas en Venezuela. En esta historia venezolana reciente que se escribe ahora mismo, pareciera que las cosas no son tan sencillas como parecen a simple vista. Como dice la definición de la duda cartesiana en Wikipedia, cuando hay una verdad que  antecede a una creencia, ésta puede invalidar dicha “creencia”. Eso de que en el exilio todos los venezolanos debemos ayudarnos, pareciera entonces tener sus bemoles. 

He quedado preguntándome desde el día que Layla me contó lo ocurrido en la cocina de su casa, qué habrían hecho Lilian Tintori o los padres de Leopoldo López, en semejante disyuntiva, frente a tamaña duda de conciencia. Quizás sea sólo Dios quien lo sepa. Nosotros nos hemos quedado con la duda. Qué tristeza de situación.




Hollywood, Florida, Domingo de Pascua, marzo 27-2016 






viernes, 12 de febrero de 2016

LA AUTOPISTA I-95 COMO INESPERADO LUGAR DE MEDITACIÓN

LA AUTOPISTA I-95 COMO INESPERADO LUGAR DE MEDITACIÓN


Esta primera semana manejando ha sido intensa. Interesante. De regreso de Coral Gables, rumbo al norte por la autopista I-95,  vengo pensando que la decisión de salir de mi país siendo una persona mayor y teniendo allá la vida resuelta y la vejez tranquila bien asegurada, fue el único camino para tener una vida que se pareciera más a lo que quiero para mí a esta edad. En Venezuela estaba furiosa, triste, frustrada y echada de lado. Aquí estoy cansada, ansiosa y muy activa. Prefiero esto último.

Mi tierra dejo de ser un territorio amable para ninguna edad, pero a la edad mía es un lugar muy antipático, al menos para alguien tan inquieta como yo. Si a mi edad cuesta conseguir trabajo en los Estados Unidos, lo cual es cierto, en Venezuela después de pisar los cincuenta te vuelves invisible de un día para otro. En eso ando, pensativa y nostálgica de mi gente, mi tierra, mis costumbres, enero siempre parece ser un mes de hacer balances, cuando se vuelve a encender la alarma de LIFT en el celular.

Alguien llamado Khamal pide el servicio y acepto. Debo salir volando de la I-95 por la salida 8 y eso hago, cambiando de canal. El satélite me va llevando por calles grandes y pequeñas hasta un humilde vecindario de casas sencillas. Un joven negro de unos dos metros de alto, con una cascada de dreadlocks que le caen por la espalda y los hombros, los pantalones mucho más debajo de lo que me gusta, sus bóxers de cuadritos tres cuartas partes afuera, me hace un gesto severo con la cabeza y asiente cuando le pregunto bajando mi vidrio “¿Khamal….?”, con la vana esperanza de que no lo sea. Abre la puerta del copiloto y, por encima del techo del carro, se despide de unos niñitos que han salido detrás de él y los manda a entrar en la casa. Se acomoda como puede en el asiento delantero, otro más a quien le gusta ir adelante, y me dice que vamos a una tienda de licores que está cerca y que él me dirá cómo llegar.

“Bueno”…. – pienso con un poco de temor – “¿qué tiene de malo comprar licor un martes por la tardecita?”. Cruzamos por aquí y por allá y llegamos a la fulana tienda. Me pide que me estacione y lo espere. Mientras lo veo por el espejo retrovisor caminando hacia la tienda, observo cómo se arregla el pantalón que misteriosamente no termina de rodarle por las piernas en un extraño equilibrio sobre sus nalgas, y agarro fuerte entre los dedos la imagen de Mater, la virgen niña de mi colegio primario, la medallita que me puse al cuello antes de salir de mi casa hoy temprano en la tarde. - “Por favor, no permitas que este guaro venga a asaltar la tienda de licores y me termine usando de chofer en su ruta de escape…… te lo ruego….”- , me encontré medio rezando, medio susurrando. En eso andaba cuando Khamal abrió la puerta con su bolsa de papel marrón y se volvió a sentar a mi lado. - “Thanks”-. Me pongo en marcha de regreso a su casa.

Por el camino me pregunta sobre el trabajo en LIFT y UBER, me dice que tiene record criminal y que no lo ha intentado por eso y porque tampoco tiene un carro. Le pregunto en qué otra cosa le gustaría trabajar y me cuenta con súbito entusiasmo que lo de él son los animales. Que quiere terminar un grado técnico en cuidado animal y que cuando tenga trabajo intentará comprarle una casa a su madre. Me dice que su mamá está muy abatida desde hace años por la muerte de su hermano de catorce años. Mientras llegamos a la casa donde lo recogí le voy diciendo que no deje de soñar, que se mantenga pegado a sus sueños pase lo que pase. Antes de salir del carro, el joven se voltea y me mira a la cara por primera vez. Qué hombre joven magníficamente hermoso tengo delante, Dios mío. Con unos enormes ojos negros clavados en los míos tras mis lentes oscuros, extiende la mano derecha, la pone en mi hombro y me dice “Thank you, mama”. Se baja del carro, cierra la puerta y pasa frente al carro. Mientras abre la reja que encierra la humilde vivienda, se voltea y me mira de nuevo, con expresión seria, “Take care, ma´m. Be careful. Drive safe”. Tres buenos consejos que le ponen fin a este viaje. Esta vez han sido $5. No hay propina. Al menos no en efectivo. 

Por hoy he tenido suficiente. Decido venirme para mi casa. Tomo de nuevo la I-95 hacia el norte mientras el tráfico ya comienza a ponerse pesado y el cielo del Sur de Florida a teñirse de ese rosa-amarillo del atardecer. Esta vez con las aplicaciones apagadas, enciendo el radio y cierro mi día de trabajo. 

lunes, 1 de febrero de 2016

DE LO QUE PASÓ EN 2015 – LUISANNA Y DAVE - NUNCA SALIR SIN LOS LENTES DE MANEJAR DE NOCHE- SUERTE DE PRINCIPIANTE.

DE LO QUE PASÓ EN 2015 – LUISANNA Y DAVE - NUNCA SALIR SIN LOS LENTES DE MANEJAR DE NOCHE- SUERTE DE PRINCIPIANTE.

Comenzar un lunes, dice mi mamá, es una buena idea. Le da una sensación de orden, de estructura a cualquier cosa. Llegó el lunes que comenzó la primera semana de enero, la navidad lánguida en el pino y el pesebre, ahora  listos para ser recogidos en cualquier momento y guardados por otros once meses. Mi nueva vida en este país que intento hacer mío desde hace dos años, ha traído consigo toda clase de cambios, el mayor de todos aprender a ganarme la vida acabando de cumplir sesenta años.

Los lunes son una maravilla. Sin embargo no comencé mi nuevo oficio este lunes pasado. Mi hija me dice que me tome el día para descansar. Le hago caso. Me quedo en casa, en pijama, todo el día. Desde noviembre hasta ahora hicimos, vendimos y repartimos poco más de trescientas unidades entre hallacas y bollitos navideños venezolanos, y también algunos pedidos de nuestros típicos ensalada de gallina y dulces de lechosa para las fiestas de diciembre. El nuevo congelador que compré para mi plan de cocinar por pedidos resultó perfecto para la fábrica de hallacas y comidas de navidad. Este lunes pasado estuve sacando cuentas, revisando correos electrónicos, llamando por teléfono a nuevos y viejos amigos para desearles el mejor año posible, dentro y fuera de mi sufrido país, Venezuela.

Mi hija Corina llegó a casa, aquí en Florida, comenzando la segunda semana de diciembre. Un año completo de gitana por el Cono Sur latinoamericano. Buenos Aires y Montevideo le sirvieron de hogar mientras esperaba su cita en el consulado norteamericano en Caracas, para la entrevista donde se decidiría si, finalmente, luego de doce años de espera le concederían la residencia permanente en este país. La cita llegó para finales de noviembre con un montón de diligencias que completar en Caracas. Unos queridos buenos amigos la reciben en su casa, en las afueras de la capital venezolana,  para que se hospede y resuelva todo lo pendiente, previo a la entrevista.

Mientras tanto, hago esta vida nueva en los Estados Unidos. Desde hace casi dos años trabajé con mi hijo Armando y mi nuera suizo-alemana, Fabienne. Fui la nana de mi nieta Camilla, les hice la comida diaria y atendí la ropa de los tres. De lunes a viernes, primero de nueve a cinco, y desde que mi cansancio y el agobio de la rutina ya no lo permitió, a medio tiempo de dos a seis de la tarde. Ese recorte en el ingreso fijo me puso a cocinar, aunque en realidad la verdad se parece más a lo contrario. Unas fuertes ansias de crear me fueron metiendo en la cocina, ya que mi otra pasión, el tallercito de arte textil que cargo a cuestas desde hace más de veinte años, no es lo suficientemente rentable como para dedicarle demasiado tiempo en ésta, mi nueva vida que exige mayores niveles de permanente productividad y rentabilidad. Producir para mantenerme. Toda una novedad.

La cocina ha sido una verdadera salvación. En todo sentido, y cuando llegó octubre llegaron también los obligados platos navideños para los clientes venezolanos que habían ido aumentando lentamente, con el trajín que significa la preparación de estas elaboradas comidas. En esas estábamos cuando a Corina le aprobaron su residencia norteamericana, allá en Caracas, y unas semanas más tarde se incorporó a la fábrica de hallacas en mi cocina. No paramos hasta este lunes pasado, cuando debía haber comenzado, y no fue así, mi nueva aventura de trabajo en este país. Manejaré UBER y LIFT.
No fue hasta el martes que comencé. Intenté hacerlo temprano por la mañana pero no tuve valor. Después del mediodía fui a mi carro, un Corolla rojo del 2010, en el estacionamiento del condominio de personas mayores donde vivo aquí en Hollywood, Florida. Cerca de los dos de la tarde arranqué el carrito y esta aventurada empresa. Me dirigí por Hollywood Boulevard hacia el downtown para esperar allí a que me llamara un primer cliente. Encendí la aplicación en el celular. No llegué ni a la biblioteca. De pronto en el teléfono se encendió la pantallita y el nombre de “Luisanna”, apareció abajo a la derecha, pidiendo ser recogida en una dirección que parecia ser la mía propia, allá en Washington Street cerca de la avenida 56, donde vivo. Suena el teléfono con un número que no reconozco y la voz amable de una muchacha se presenta como Luisanna. Me explica que ella es la suscriptora del servicio pero que iré a recoger a su amigo que no lo es, y que éste va al aeropuerto a recoger a una persona. En su acento y modales reconozco a una educada joven venezolana. Me conmueve la coincidencia y acepto sin saber bien lo que hago, doy la vuelta en U y me dirijo de regreso hacia las cercanías  de mi casa donde, aparentemente, el GPS me está indicando que debo ir. En efecto, en el edificio de al lado junto al complejo residencial en el cual vivo, me está esperando un joven flaquito, con una gorra deportiva. Me hace señas y saluda desde el estacionamiento. Acabo de encontrarme con mi primer cliente de LIFT, el novedoso servicio de taxi que junto a UBER tienen enfurecidos a los taxistas del mundo entero. Mi nuevo trabajo.

Mi primer pasajero no habla una palabra en inglés y está visiblemente aliviado de que yo también sea venezolana. Es un joven médico recién graduado en la Universidad del Zulia, con un diplomado en Inmunología, buscando horizontes más promisorios lejos de su casa, trabajando para UNICEF, buscando la manera de ser aceptado para hacer estudios de postgrado en Oncología alguna buena universidad de Miami. Otro muchacho más. Otro muchacho menos. Exportando talento nos quedaremos aún más solos allá en mi tierra, nosotros los que no creímos nunca en las promesas de cambio que supuestamente traía consigo el mal llamado Socialismo de Siglo XXI.
El joven me pregunta si se puede sentar adelante y dice que vamos al aeropuerto de Miami, pero la pantalla del teléfono me indica que el viaje es hacia el de Fort Lauderdale. Ante su insistencia, me dirijo hacia la autopista I-95 rumbo al sur, hacia Miami, con este joven sentado a mi lado. Llegando al aeropuerto, media hora más tarde, nos avisa su amiga que está en el aeropuerto de “Fort”. Ella tampoco habla inglés y además tiene la merecida reputación de ser una despistada crónica. Mi pasajero se ha mantenido en contacto con ella y también con su amiga, la usuaria de LIFT que me ha contratado. El joven médico teclea sin parar en su celular, nervioso y riéndose con esa gracia maracucha que sólo le conozco a nuestros muchachos buenos. La gracia habría de costarles más de ochenta dólares, y no han parado de echarse broma y de burlarse unos de otros, riéndose del despiste de la recién llegada y de la buena suerte de los tres de que les haya tocado esta señora venezolana para acompañarlos en semejante aventura. Eso dijeron. Mi primera propina habría de dejarme con la boca abierta.

Salgo del aeropuerto rumbo a mi casa. Suficiente para ser el primer día, pienso, pero dando la vuelta en la rampa hacia la autopista, entra la solicitud de otro pasajero y la acepto. Me llama Dave desde una zona cercana que no conozco. Ya son casi las cinco de la tarde. Me enfilo a buscar a este nuevo pasajero. Me siento casi una experta. Este señor mayor se monta y tira la puerta. Duro. Pego un brinco y él se ríe mientras busco en el teléfono la manera de avisarle al sistema que ya he recogido a mi siguiente pasajero, y me pregunta: -“New in LIFT?”. Así seré de obvia. Le contesto lo más normalita que puedo; “Sort of, yes”. Me indica que haremos varias diligencias en los alrededores, que me irá diciendo dónde cruzar, pero que siga derecho si no me dice que haga nada. Viva la neurosis. Se está terminando la tarde. Vamos primero a un embarcadero con enormes yates fuera del agua. Me dice que es ingeniero satelital, que instala y mantiene unidades de GPS para estos barcos y que en esta marina debe hacer un par de cosas. Se baja del carro frente a un galpón y desaparece en su interior. Regresa al carro y me dice desde la ventana del copiloto que tomará una bicicleta de enorme ruedas gordas que está parada allí mismo, junto al galpón, y que irá al voltear la esquina a recoger una correspondencia. Desde mi espejo retrovisor, que ahora se ha vuelto mi nueva garita de vigilancia, lo veo desaparecer y reaparecer luego de un rato por la siguiente esquina, Sigue atardeciendo lentamente y mis lentes de sol se me hacen ya un poco oscuros para la hora, pero no tengo otros. De pronto me doy cuenta que he dejado en casa los lentes de prescripción para manejar de noche. Buena ésa, Elena. ¿Y ahora? Nada, pa´lante. Ya veremos cómo nos las arreglamos sin ellos. Literalmente, porque sin mis lentes no veo nada. Dave regresa dando la vuelta por la esquina del galpón, montado en la extraña bicicleta. Ya en el carro me indica que pararemos en una pequeña tienda de abastos. Mientras vamos en camino me dice que no ha logrado descubrir de dónde es mi acento. Le digo riendo que soy venezolana, y Dave insiste en que tengo tipo europeo. Creo que mis risas le deben haber parecido un franco coqueteo a Dave. Me comienza a decir que buenmozos son los latinos. No puedo estar más de acuerdo. Rápidamente me dice que es gay y que le gustan los hombres. Aclarado el punto, al terminar su compra en el mercadito, nos enfilamos hacia un bar con un nombre que algo tiene que ver con un pirata, Dave se despide, da las gracias, vuelve a tirar la puerta y desaparece en el pasillo de la entrada del bar. 

Ha oscurecido casi del todo. No puedo quitarme mis lentes de sol con prescripción porque no vería nada. Pongo las luces altas, apago en el celular las aplicaciones de mis nuevos empleadores virtuales y me enfilo hacia la autopista. La pantalla me indica que hoy en apenas cuatro horas, con dos pasajeros, he hecho más de cien dólares. Descubriré muy pronto que eso no es más que la suerte de los principiantes. 

De regreso a casa le cuento a mi hija esta peripecia de día inaugural. Corina insiste en que hay que registrar estas experiencias. Tiene toda la razón. Así nace el blog que reúne dos de mis varias pasiones: cocinar y escribir. Cocino de todo, porque la cocina me permite crear y recrear. Exactamente por las mismas razones escribo y escribo acerca de cualquier cosa. De todo.


Confieso que cuando no estoy comiéndome las uñas con esta novedad de ganarme la vida, pagar las cuentas, aprender a no endeudarme o aprender a vivir de modo más modesto, me sobreviene la fuerte sensación de estar viviendo una de las etapas más interesantes de la vida. Entonces la angustia se va pasando poquito a poco y me sonrío conmigo misma. Sólo así mi terco cerebro entiende que todo está bien. Que estamos donde debemos estar. Que la vida es una belleza. A pesar de los pesares. Y que la cosa no se termina -literalmente- hasta que se termina. Mientras tanto cocino, escribo, manejo y aprendo. 

Gracias, muchas gracias. Dar gracias como parte de la rutina de cada día.