sábado, 17 de marzo de 2018

LO EXTRAORDINARIO SE VUELVE COTIDIANO


Venimos caminando con el carrito de las compras, de regreso del abasto de los chinos. Voy delante salvando obstáculos en las accidentadas aceras. Deben ser ya casi las seis de la tarde. San Telmo anda lento los domingos. 

De allá para acá vienen caminando dos señoras mayores, una en el brazo de la otra. Nos cruzamos con ellas al tiempo que nos detenemos las cuatro por lo estrecho de la acera. Escucho que la que luce mayor pregunta: “¿Cuánto falta para llegar?”. “Unas tres cuadras”, le responde la otra señora. Justo estamos a su lado, pues la acera con ellas paradas allí nos obliga a detener el paso. Miro a la señora muy mayor que ha preguntado, y le veo los ojitos angustiados por esas fatídicas tres cuadras faltantes. Ahora mis caderas saben lo que son tres cuadras al final de la tarde. Le digo con la mayor dulzura que puedo y en tono de broma, “ ¡Son tres cuadritas, ya estás llegando! “, y le sonrío. Estamos a su lado. La tarde ha refrescado bastante. La señora mayor vacila un poco y luego suelta una hermosa risa que nos contagia a las cuatro. La que le lleva del brazo nos dice algo y le reconozco el acento de inmediato. Es una mujer delgada y no lleva suéter. Es venezolana. La otra es argentina. Se le nota lo porteña de pura cepa, un fino abrigo de cashmere verde, varios anillos de verdad, verdad, un poco demasiado grandes en sus dedos flacos. La que la lleva es su cuidadora. De un salto nos ponemos a conversar en venezolano y la porteña interviene de tanto en tanto. Nos damos cuenta que la señora más mayor tiene una condición de bastante minusvalía, quizás algo de senilidad o Alzheimer de comienzo. Aún así, nos dice que lo que sucede en Venezuela es una verdadera tragedia y que lo lamenta mucho. Le acaricio el hombro que tengo muy cerca y le doy las gracias. Me mira con un enorme cansancio. Sus ojos están llenos de preguntas silentes. Mientras tanto, Corina y la señora venezolana están conversandito. Me les uno.


Se llama Ana María. Llegó hace tres meses. Sus hijas tienen varios años aquí en Buenos Aires y le han traído para que esté con ellas. El esposo se quedó en Caracas. Se niega a dejar sola su casa. Otra familia rota. Hace la suplencia de una amiga que cuida a esta señora de modo permanente. Han salido a dar su paseo diario. Nos hemos topado con ellas ya de vuelta. No son sólo los muchachos los que se van. Ahora tampoco los viejos queremos quedarnos en una Venezuela que no nos quiere.

La primera pregunta siempre es sobre el trabajo. “¿Qué estás haciendo? ”, una silente consigna que casi explica por qué estamos tan lejos de casa. Esa es la tarjeta de presentación, mucho más que el nombre y el apellido, que ahora, aquí ya no significan nada. Lo mismo que los títulos y postgrados. Igual que no dice nada tampoco la quinta en Macaracuay, ni la finca en Guárico ni nada de nada de lo que ha quedado atrás. Mientras más hablamos con otros venezolanos en esta diáspora, es inevitable también caer en cuenta de que eso que somos, eso que nos identifica, eso tampoco vale nada en ése lugar de donde venimos. En nuestro propio país quiénes somos ahora tampoco vale nada. Absolutamente nada. Se nos ve en la cara. Un desencajado asombro del que no se cree la perversa destruccion de lo suyo, y que aún desencajado sigue para adelante diciendo con y sin palabras quienes somos, lo que sabemos y valemos. Es una tarea muy interesante. Un buen reto. Nada con lo que no podamos. Habrá que recordarlo cada vez que se nos olvide.
Ana María es psicólogo clínico. Egresada de la Universidad Central de Venezuela. Con postgrado en Teología de la Universidad Católica Andres Bello, y de Filosofía en la Universidad Simón Bolívar. Está rondando los cincuenta y dele.

Lo extraordinario se nos está comenzado a volver cotidiano.

Le hablamos de un lugar que conocemos  donde podría ofrecer sus servicios quizás como “coach de vida”, ya que no como psicólogo con un título que aquí ya no dice mucho. Intercambiamos emails, nos abrazamos con una dosis agregada de esta solidaridad que ahora hace parte de la vida cotidiana. Seguimos nuestros respectivos caminos en direcciones opuestas de esta acera en San Telmo.

Afortunadamente los jóvenes con los que nos hemos topado aquí no cargan esas ojeras de profunda tristeza que tenemos los viejos venezolanos, estemos transitando este exilio forzado, o sigamos luchando allá en casa por defender el fuerte. No nuestros muchachos. Ellos no. Sus miradas siguen buscando en el horizonte y te regresan las ganas de seguir caminando las cuadras que hagan falta para llegar nuevamente a casa. Un nuevo hogar que habrá que construir con el esfuerzo conjunto. Viejos y jóvenes, cada quien en lo suyo.
Por haber estado aquí antes, Corina me esta dando mis clases diarias de vida porteña, devenida en profesora de Subte, buses, abastos de chinos y fruterías de bolivianos. Mientras tanto, intento poner mi granito de arena cocinando para las dos, escribiendo estas crónicas y sosteniendo quién soy en cada paso que voy dando.

Hoy veré a otro cliente como terapeuta de Flores de Bach, algo que aprendí en Caracas hace mas de diez años, y que he venido estudiando por mi cuenta desde entonces. Algo que sólo ha sido de uso estrictamente personal o familiar, y que ahora, se me volvió un oficio en este paraíso de terapias alternativas que es Argentina. Ya estoy anotada para el nivel de formación más alto que aún me falta. Lo completaré en julio de este año. Mientras tanto, con lo que sé y lo que estudio a diario, tengo para atender con cuidado a mis primeros consultantes.

Otra sorprendente fuente de ingresos ha sido haberme vuelto costurera que hace arreglos de ropa desde casa. La entusiasta respuesta de tantas llamadas y consultas a estas dos propuestas de trabajo, le han dado un sorpresivo giro a las cosas esta semana, a dos meses y medio de haber llegado a la ciudad. Además de una incesante búsqueda del empleo apropiado y del amoroso entrenamiento para hacerme una adecuada usuaria de Buenos Aires, ahora también a Corina le comienzan a caer sorpresas gratas que le devuelven su imagen en este espejo borroso que es emigrar, pues unos jóvenes vecinos le han pedido que les tome como alumnos de dibujo y pintura. También, porque el entusiasmo nos alcanza para ello, y por lo contentas que nos mantiene el tener ocupadas las manos, estamos planeando unas líneas de objetos hechos a mano que llevaremos a vender los fines de semana en varias ferias artesanales de la ciudad.

Ya lo dijo la inglesa George Sand, nunca es tarde para ser quienes realmente eres. Le creo. Somos la viva prueba de ello.

Gracias. Gracias. Gracias. Por todo. Siempre. Muchas gracias.

sábado, 10 de marzo de 2018

DUELO


Hay una vieja película con una versión de Robinson Crusoe, cuyo protagonista es el actor británico Peter O’Toole. En ésta hay una escena que me acompaña en la memoria desde hace años.Un actor negro que personifica a Viernes, el fiel compañero de Crusoe en la novela, se ha pasado toda la película hasta entonces sonreído de oreja a oreja, aún frente a las más diversas dificultades, pero ese día se desaparece y no llega a su trabajo donde el amo Crusoe lo ha esperado toda la mañana. Ya entrada la tarde, Crusoe va en su búsqueda y lo encuentra sollozando, en cuclillas, bajo la sombra de un árbol. A las preguntas del amo, Viernes le contesta que hoy no ha ido a trabajar y que se ha pasado el día allí llorando muy triste, porque hoy es el día del llanto, ese día en que lo dejamos todo y permitimos que la tristeza nos alcance y nos arrope. Es el da de llorar. El fiel Viernes le explica al sorprendido Crusoe que ésta es una costumbre que su tribu cumple celosamente para mantener el equilibrio de las cosas.

Pareciera que los venezolanos nos hubiéramos aprendido el guión de esta vieja película. 

Desde hace ya casi dos décadas, este día de llorar nos agarra sin compasión a todos y cada uno de nosotros, donde quiera que estemos. Una tragedia que entonces llamamos "vaguada", que comenzó en diciembre de 1999 y que no ha terminado aún, nos azota el alma sin descanso desde los comienzos del siglo XXI. En aquellos días fue un agua enfurecida que se llevó consigo a miles aún no contabilizados adecuadamente. Ríos desbordados y cañones que lanzan enormes piedras rodando cerro abajo por las laderas del Avila. Esa tragedia que no fue de Vargas sino del país entero, entonces y ahora. Ya desde antes, desde diciembre de 1998, y una tras otra, hemos vivido un verdadero rosario de calamidades. Ahora esta diáspora venezolana que se viste de vaguada. De tragedia. El desborde de una locura que se ha llevado consigo a millones de venezolanos lejos de su casa y de lo que creían era su futuro. En sus muchas y perversas formas, esa rabia despiadada que se nos echó encima, que nos ha ido destrozando por dentro y por fuera. Nos hemos defendido. Claro que nos hemos defendido. Pero nuestra defensa no ha sido aun ni suficiente ni coherente, a pesar del precio pagado por sostenerla.

Hay tantas razones por qué llorar. Es mejor pasar este duelo avisados, preparados para enfrentar las ausencias. Que nadie diga que no nos lo avisaron. El desarraigo es tremendo. No tener idea cierta de donde estamos parados. Esta diáspora tiene ya demasiados años rodando por encima de los venezolanos. Nos ha arrastrado a todos, estemos o no viviendo en el territorio nacional.

Yo quería envejecer en mi tierra, con mis hijos y nietos. En paz. Pero la vida se nos ha ido rompiendo en tantos pedazos que ya no es posible reconocernos en ninguno. Sin embargo, en gran paradoja, como casi siempre en estos casos, en cada pedazo nuestro somos nosotros por entero. Como minúsculos todos que se encuentran y se separan constantemente. La tarea por venir ya esta aquí y se reduce a darle sentido a este rompecabezas literal en el que nos hemos convertido. Siento que las emociones siguen su curso natural. Ocurren en la secuencia que les corresponde. Igual, nos duele mucho.

Se que este duelo incipiente es el preámbulo de una des-idealización que viene en camino.

Hoy recuerdo los muebles extraviados de mi abuela Nolita. Esta mañana amanecí dolida por mis bibliotecas y muchos de mis libros abandonados a su suerte en varios de los caminos transitados. Quedarse agarrada de los corotos no es ni nunca será mi estilo, con esta personalidad gitana que mis hijos conocen tan bien. Pienso en mis telas, mis materiales textiles reunidos por años de transitar este oficio, pienso en la obra de mi hija Corina, sus marcadores y pinturas, lienzos, bastidores, hilos y sedalinas de bordar, los centenares de envoltorios vacíos de muchos paquetes de harina PAN que reúno cuidadosamente desde hace años para mi trabajo textil. Todo quedo atrás. Esperando.

Hoy, después de muchas semanas de disciplinado optimismo, el duelo toca la puerta. Corresponde invitarlo a pasar.

Leo los textos heridos de Leonardo Padrón y Sumito Estévez que han rodado por las redes sociales. Leo los desgarrados insultos que mi amigo, el artista Carlos Quintana, echa al viento diariamente en Facebook contra un plan de cambio que acabó siendo de exterminio. Escucho los audios de artistas emergentes que cantan con un odio y sed de venganza que me repugnan y complacen en paradójica dicotomía. Es que los venezolanos estamos todos bastante chiflados.

Chiflados y tristes. Todos.

El nuestro es un duelo lleno de rabia. Aquí en Buenos Aires, en estas pasadas semanas del comienzo de nuestra nueva vida argentina, vemos al menos un venezolano al día con el cual nos cruzamos en nuestro camino. Caminando en la calle y escuchando el acentico por aquí y por allá en trocitos accidentados de conversaciones que te pasan por al lado. Despachando tus medialunas en la confitería de la esquina, una dulce niña de triste mirada, ésta es venezolana porque si, y en efecto en lo que abre la boca lo confirmas. La mesera que te atiende en un pequeño restaurante donde te refugias, huyéndole a este indescriptible calor de horno encendido que es Buenos Aires en verano, esa muchacha de trenza larga de medio lado que te sonríe franca y te pregunta si quieres algo frío para refrescarte, esta también es de Caracas, de Caurimare, acaba de llegar y se vino en autobús. Los muchachos gochos de San Cristóbal, estos que te traen una mesa que has comprado para hacer tus arreglitos de costura, el trabajo de una artista textil venezolana emigrante, que vuelve a comenzar cuantas veces haga falta, mientras el cuerpo aguante. Entonces… cuántos somos, por Dios, los que nos hemos ido de Venezuela? Parecemos muchos mas de ese diez por ciento que hablan en las encuestas que leemos.

Hoy hablamos de este duelo que compartes en los muchos abrazos y cuentos que van y vienen cada vez que te cruzas con un paisano. Y es que aprendemos a reconocernos desde lejos, en los más mínimos gestos. Este pasado sábado de Carnaval, caminamos por la calle de vuelta a casa y veo venir por la acera a un niño pequeño que viene disfrazado de algo verde con capucha y todo. El muchachito viene brincando y le huye a la mano de las dos mujeres, una mayor que la otra, que lo tienen flanqueado de lado y lado. Un carricito que salta y salta, cantando algo que no entiendo. A medida que se acercan, Corina me dice, “Mira, ese parece un chamito venezolano con esa brincadera que trae”. Y de pronto mi hija grita, “Pero mamá, si ésa es Sacha, de la Reveron…!!! ”. En efecto, mi alumna Sacha viene con su hijo disfrazado de Gekko y la otra mujer es su madre recién llegada, y son esta gente que se nos aproxima reconociendo ella ahora a su compañera de estudios y yo a mi alumna de Arte Textil, allá lejos en Caño Amarillo, en la amada escuela de arte Armando Reverón. En aquella otra vida. Gritos, abrazos, presentaciones, ojos aguados, cuentos que nos atropellamos en ambas direcciones. La mamá de Sasha se vino a cuidar a su nieto, tiene una semana aquí y se vino en bus por la selva amazónica. Todavía se le ve el susto en la mirada. Retuerce las manos delgadas en angustioso intento de describirnos la travesía. Ahora también nos estamos yendo los viejos. Dejamos atrás las casas, los vecinos y a los amigos de toda la vida, nuestros hábitos y lo que nos quedaba de las costumbres que nos hacían ser el nosotros que conocemos.

Y los que se quedan, que? Desde mi laptop y el celular veo a mi tía en Guacuco dando la pelea con sus clases de italiano en su casa, y te parece que como si nada. Escucho a mi hermana Alicia con ese entusiasmo de niña alegre que siempre anda con un proyecto nuevo, y te suena a que como si nada. Comparto casi a diario con mi prima Cristina, también desde allá en la isla querida de Margarita, los cuentos de las colas por el pan, la lucha con los precios, y de verdad te crees por un rato que se han acostumbrado a vivir de esa manera. Pero no es verdad. Nadie en Venezuela, ni los mismo adeptos que aún le quedan a este macabro y malhadado proyecto socialista, se quiere acostumbrar a vivir de esta manera. Nadie.

Este duelo nos ha arropado a todos. A los que ya no estamos. A los que siguen allá. A los que no saben qué hacer. A los que ya saben lo que harán. A todos.

Habrá que vivirlo y vestirse de oscuro. Habrá que esperar hasta que los días nos vayan regresando la serena aceptación de que esto es lo que hay.

Hasta entonces, reservamos una porción de nuestra alegría para cada llamada que hacemos, cada chat con la familia, cada vez que nos ponemos en contacto con la carencia y la rabia de este duelo compartido del que se aleja y del que se queda solo. Duele mucho. De ambas formas.

No hay de otra. Habrá que entromparlo. En eso andamos. Unos dias son, de veras, mucho mejores que otros. 

Igual, gracias. Siempre.


sábado, 3 de marzo de 2018

LA VIRGEN DEL VALLE EN EL BARRIO CHINO


Ayer se cumplieron dos meses de nuestra llegada a Ezeiza, el aeropuerto internacional de la ciudad de Buenos Aires. Esta llegada a la República Argentina ha estado llena de un sinfín de diligencias que hay que seguir haciendo para establecernos. Resolvemos tomarnos un descanso e invitamos a Alicia, una amiga argentina de Corina, a comer al barrio chino. Una extravagancia, con lo cuidadosas que intentamos ser con el dinero. Especialmente mientras no estemos produciendo, pero el esparcimiento se nos hace ahora mismo tan importante como el ahorro.  Esta salida sucedió ya hace varias semanas.  Se las traigo hoy.

De entre muchos restaurantes orientales que vamos viendo, escojo el mas hermoso que encuentro. Nos sientan junto a un jardín interior al fondo del local. La estamos pasando muy bien. La comida es muy buena y distinta a lo que conocemos. Las muchachas, sentadas frente a mí, están disfrutando mucho. Ya en la sobremesa, Corina abre su monedero y le muestra a su amiga las imágenes religiosas que carga en la cartera.
Veo con ternura que, como tiene varias, le regala a Alicia una imagen de Vallita, la Virgen del Valle, mientras le dice que Vallita la cuidará siempre. Me distiendo sobre mi silla, estiro un poco la pierna que ya ha comenzado a fastidiarme y me acomodo un poco ladeada. Es así como veo que detrás nuestro está uno de los baños del local. Una elegante señora mayor de largos cabellos rubios intenta abrir la puerta. Le sonrío y le digo que está ocupado, pues no hace mucho que vi entrar a una jovencita. Ella sonríe de vuelta y se acerca un par de pasos. Me queda justo al lado. Por supuesto, nos ponemos a conversar, qué más.

 “De dónde sós, de donde venís…”, lo habitual. Cuando escucha que soy venezolana y que allá vivía en la Isla de Margarita, dice que estuvo en la isla hace muchos años. Mientras, Corina y Alicia se entretienen con las estampitas religiosas, echándose sus cuentos mutuamente. Corina y Alicia están en lo suyo, dos mujeres jóvenes con intereses comunes, compartiendo una rica sobremesa, mientras esta amable señora argentina y yo ya nos estamos echando toda clase de cuentos mutuamente. Por supuesto, la conversación gira en torno a Venezuela, a Margarita.

Se desocupa el baño, pero la señora no lo ocupa. En lugar de ello, se me acerca un poco más y me dice en voz baja y tono cómplice que estando en la Isla ella compró una imagen de la Virgen, “esa virgencita bella del traje blanco, muy milagrosa la virgencita ésta…”. Con sorpresa le pregunto incrédula si se refiere a la Virgen Del Valle, la misma que en ese mismo instante he visto a las muchachas compartir a través de la mesa. Le pido a Corina que se la muestra. A la mujer se le ilumina el rostro y asiente sonriendo. “Sí, ésa, ésa misma. A mi me ha hecho un milagro enorme, me salvó la vida hace unos años”.

Me echo para atrás en la silla. Estamos en el barrio chino de Buenos Aires. Mi hija y su amiga están compartiendo a nuestra Vallita, mientras esta buena señora me cuenta que la Virgen del Valle le ha hecho un milagro en su casa de Dolores, entre Buenos Aires y Mar del Plata, aquí en Argentina hace unos años. Todo esto mientras nosotras hacemos la sobremesa del almuerzo, y ella está esperando el baño. La circunstancia se me hace, de por sí sola, bastante peculiar. La mujer sigue contando que estuvo enferma de muerte. Que desde su lecho de enferma le pedía a la imagen de Vallita que había comprado en su viaje a Margarita, y que había colocado en lo alto de un mueble de gavetas en su habitación a la vuelta del viaje, que no la dejara morir todavía, que la ayudara a recuperarse. “Y me hizo el milagro, señora. Nadie se explica cómo me recuperé. Sé que fue esa virgencita”. Me doy cuenta que no le sabe el nombre. “La Virgen del Valle”, le digo. “Sí, sí, esa misma.”

No me lo creo, pero sí, esto acaba de suceder. Una mujer mayor, de largos y cuidados cabellos rubios, esperando su turno para entrar al baño, en un restaurante del barrio chino de Buenos Aires, nos acaba de contar como fue que compró una imagen de nuestra Virgencita del Valle, en un viaje a la isla de Margarita hace muchos años, y de cómo en una gravedad de salud apeló a su ayuda, y de su curación, según ella, milagrosa. Todo esto, mientras mi hija y su amiga compartían en ese mismo instante la imagen de esa misma Virgen del Valle que tanto amamos.

Se abre la puerta del baño, la señora se despide. Se nos acerca más a la mesa y se va al otro lado a besar a Corina y Alicia, que la miran un poco desconcertadas. La señora nos da su nombre y dice que vive en Dolores, una población a medio camino entre Buenos Aires y Mar del Plata. Que allá tenemos donde llegar cuando queramos, que sólo preguntemos por el estudio fotográfico de Willy, que cualquiera nos indica como llegar. Ahora sí, nos deja todas besuqueadas y se mete al baño. Las tres nos quedamos mirándonos unas a otras. Esto que acaba de sucedernos es muy improbable que haya pasado. Pero pasó. No volvemos a ver a la señora, ni tampoco sé en qué momento salió del baño y se fue sin decirnos ninguna otra cosa, sin volver a decir ni adiós. Nos hemos quedado un tanto estupefactas. Pedimos una porción de torta de chocolate, el único postre disponible, lo compartimos y nos vamos. Somos las ultimas en salir del local. Las muchachas van alegres compartiendo la búsqueda de una Fanta Uva para Alicia. Yo, voy detrás un poco mas lenta con mi pierna accidentada, entre pensamientos de coincidencias que seguramente no son tales.

Así fue como esa tarde, en el barrio chino de Buenos Aires, decidí compartir en el blog que abrí hace un par de años cuando comencé a manejar Uber y Lift allá en el sur de Florida, en los Estados Unidos, lo alucinante de esta experiencia en Buenos Aires, Escribo cada mañana por varias horas. Sin embargo, no he vuelto a incorporar ningún escrito en el blog hace muchos meses. Parece que llegó la hora de desempolvarlo y abrirle sus paginas virtuales. En eso andamos desde hace varias semanas.
El regreso a casa en el subte se me hace mucho más corto que la ida. Nos despedimos de Alicia en la estación de Constitución, donde seguimos camino por la línea B y ella toma el suyo por la línea C. Ciudad de enormes contrastes como buena metrópoli gigantesca que es, Buenos Aires pareciera haber sido una estupenda elección para vivir esta tercera edad de la vida.

Por otro lado, me parece que ha llegado la hora de salir a decirle a esta nueva ciudad lo que puedo ofrecerle. He diseñado un par de volantes con dos destrezas con las cuales intentaré abrirme camino, ya que es más difícil que me den un empleo. Está bien. Lo prefiero de esta forma. Por un lado haré arreglos de ropa y, por el otro, consultas de Terapia Floral de Bach. Lo primero lo he ido aprendiendo de tanto coser. De lo segundo tengo los dos primeros niveles y haré el tercero y último aquí en Buenos Aires. Para ello, ya contacté a la persona más indicada a través de mi maestra, Mariaelena Núñez. Entre una y otra cosa, en el tiempo habré establecido una clientela y una fuente de ingresos. Otra cosa que estoy estudiando, es vender las muchas cosas que fabrico con mis manos en un puestico de fines de semana en el Mercado Callejero de San Telmo, donde vivimos. También las ofreceré por varios portales de internet. Estoy muy entusiasmada. Ya he comenzado a hacer una serie de alfileteros colocados en tazas y platos de desecho, cositas que conseguí en un lugar verdaderamente maravilloso. Pero ése es otro cuento, para otro día.

Mientras, nuestra Vallita nos acompaña desde lo alto del mesón de la cocina. La Coromoto apoyada en la pared es mi compañera mientras preparo nuestras comidas. Ahora la argentina Señora de Luján también se nos ha unido en este círculo femenino que protege a mis muchos amores, ahora regados por todo el mundo. 

Muchas gracias, hija. Todo pareciera indicar que Corina me incluyó en sus planes justo a tiempo. Vinimos a vivir, me dijo. En esas andamos. De nuevo, siempre, gracias. 

sábado, 24 de febrero de 2018

GRACIAS…TOTALES

Se me ha hecho muy difícil explicar, más aún entenderlo, por qué no me siento bien en los Estados Unidos que conozco. Por qué no quise explorar otros lugares en territorio norteamericano como opciones para vivir. Opciones distintas al sur del estado de Florida donde viví por diez años, el lugar donde viven mi maravilloso hijo Armando Ignacio, su esposa Fabienne y mis nietos mágicos, Camilla y Armando Luca. Dónde viven mi madre y dos de mis hermanos, sus familias y algunos de mis mejores amigos. Un país del cual me hice residente permanente desde hace tanto, y donde ya estaba lista para haber obtenido la ciudadanía norteamericana.

En lugar de eso, me he vuelto a mudar. Ahora vivo en Buenos Aires, Argentina.

Hace dos meses que he llegado con mi hija Corina y nuestra perra Francisca, a establecernos en este país que me es totalmente extranjero. Sin embargo, en este tiempo he visto suceder por dentro y por fuera cosas que sentía extraviadas para siempre. Cosas que me han hecho sonreír. Que han hecho que me salte el corazón dentro del pecho, las lágrimas en los ojos y las ideas en la mente. Imágenes que había olvidado, que había dado por perdidas. Para siempre. Aquí me las he vuelto a topar. En la calle, En la gente.

Por eso mismo, cuando descubra cómo hacerlo, publicaré también algunas de esas imágenes, para que acompañen a las palabras. Porque pareciera que he retoñado. Me parece que estoy a gusto en esta nueva tierra de una manera que había olvidado como se sentía.

Quizás esta suerte de renovada alegría sea porque aquí hay kioskos de revistas, libros y periódicos en cada calle. Porque los kioskeros son encantadores guías improvisados de la zona donde se encuentran y de esta enorme ciudad a la que nos hemos mudado. Quizás sea sólo porque son muy buenos conversadores.

Tal vez también se deba a estos abastos de víveres, que son casi todos de chinos que hablan con acento porteño. O a las fruterías manejadas en su totalidad por educados y sencillos hombres, mujeres y muchachos bolivianos, de franca sonrisa y suaves modales.

Me parece que podría ser también por un inesperado reencuentro con una galantería masculina que se me había olvidado, la cual a su vez ha vuelto más demorados mis arreglos frente al espejo. Me estoy dejando el cabello más largo. Estoy recordando el extraviado placer de escoger la ropa y de sentirme hermosa y contenta.

Aquí en Buenos Aires la comida sabe distinto. El agua que sale por el grifo huele diferente. No hay tanto cloro, quizás. Hay mucha menos asepsia y sin embargo se siente bien. Las aceras son la mejor muestra de ello. Es que Buenos Aires se me hace un lugar como más real y humano. No sé si lo podré explicar mejor.

Por todos lados, debo confesar que lo digo con mucho asombro, hay vendedores callejeros de libros extraordinarios, de otros libros muy buenos, muchos solamente buenos, y por supuesto muchísimos bastante regulares, y verdaderas toneladas de libros muy malos, pero todos están allí, porque todos importan. Eso me alegra.

Les confieso que no estoy segura de cómo es que funciona esta locura que se me ha despertado por los libros y sus vendedores en la calle. Cada uno es un personaje distinto, así como distintos son también los libros que estos tipos venden. Ayer mismo, no tenía el dinero para comprar unos hermosos libros de Benedetti en una acera de la enorme avenida 9 de julio, así que le dije al vendedor que regresaría por ellos en un par de días. Al hombre desdentado que los vendía no se le ocurre otra cosa que acercase a mi cara y decirme con una mirada pícara, llena de años y vida, que se acordaría de mí “porque de la flor uno nunca olvida el aroma”. Regresaré por esos libros, no tengo la menor duda. El tipo es tremendo vendedor, un super galán y los libros, magníficos.

Me he enamorado de una cortesía callejera que ahora me estoy gozando como peatón. El caminar como forma principal de transporte le ha devuelto a mis piernas su oficio y verdadera vocación. Quizás sea por eso mismo que estoy recuperando la mirada y la voz. También estoy más liviana y ligera. A lo mejor eso explica también por qué me caí en la calle y me di un super tortazo en la rodilla izquierda. Había que bajar la velocidad. Andamos en eso. Mirando con un poco más de calma.

Ahora me quedo prendida de asombro ante una herrería en puertas y ventanas que quitan el aliento. Ahora también me detengo porque los perros y gatos te saludan en la calle, como si de verdad les importa ese pequeño encuentro callejero contigo y la rascadita que les das en la cabeza.

Esta mañana descubro algo nuevo: no tengo miedo. Una nueva serenidad que no recuerdo desde hace mucho. Creo estaba en mis veinte la última vez que me sentí de esta manera. Mi papá al mando del barco donde navegamos mis hermanos y yo, junto con nuestras empleadas domésticas y animales. Colegios, universidades, cumpleaños con una torta de guanábana de la pastelería El Carmen de Sabana Grande.  Arroz con pollo los domingos, medias blancas y la luz del cielo caraqueño donde siempre vivimos en las faldas del Avila.  El edificio Paramacay en Los Palos Grandes, primero y luego la quinta Shangri-la, en La Florida. Hasta ahí me sentía segura. Luego ya no. Por años y años, cuarenta para ser más precisa. Me casé por primera vez en 1977. Ya más nunca me sentí serena. Un matrimonio de tormentas y otro de mentiras han cobrado su precio. Sin embargo, desde hace unas ocho semanas como que me siento en pausa.

Buenos Aires, el barrio de San Telmo a dónde hemos llegado, parecen haberme regresado esa serenidad que recuerdo tan lejana. Quizás sea esto lo que me hace sentirme tan bien en ésta, la ciudad de la furia de Cerati.

Si, esta pausa activa me gusta. Parece buena y sanadora.

Gracias. Totales. Me sonrió.

sábado, 17 de febrero de 2018

CONOCER A DARIO – ENCUENTRO CERCANO CON LAS PELIGROSAS ACERAS


De camino al subte para ir al mercado de San Telmo esa primera visita de domingo para ir a ver a Samira, le digo a Corina que nos paremos a comprar el periódico. Le pregunto al vendedor de diarios cual será el mejor para leer los domingos, que acabo de llegar a la ciudad y quiero conocer lo que se escribe en los periódicos argentinos locales. El vendedor del kiosko, un hombre menudo de mirada inteligente y sonrisa franca, me dice con abierta picardía que todo depende de donde este yo ubicada y de lo que quiera leer en los diarios. Los va separando sobre el mostrador mientras dice: “Centro derecha, social demócrata, de esos como los de Maduro en Venezuela…”. Levanta la vista y me dice sonreído, “Bueno, supongo que de estos, nada, ¿cierto?”. Los dos estallamos en risas. “Mire, deme algo social demócrata con airecitos de derecha, si me hace el favor, que de los cuentos chinos de esa izquierda estoy hasta el copete”, le digo riendo. Me da un grueso Clarín dominical. Como que ya nos hemos reído juntos de nuestras mutuas miserias políticas, le pregunto si será mejor vivir en la provincia o en la ciudad capital. El tipo se manda una clase magistral de urbanismo bonaerense y sus alrededores. Le preguntamos si sabe de algún apartamento en alquiler. Nos anota el nombre de una tal Graciela y su teléfono en el borde superior del diario, él es Darío, el encargado de un edificio alto a pocos metros del kiosko y esta señora administra allí varios apartamentos. “Díganle a Graciela que van de parte de Darío”, una sonrisa franca de oreja a oreja. Agradecidas nos despedimos y seguimos camino al subte. 

Lunes por la mañana. Comienzo de nuestra segunda semana en Buenos Aires. Amanezco haciendo planes para resolver lo más urgente, nuestra próxima vivienda. Esta ciudad es tan grande que da vértigo. Completamente plana, con un enorme rio marrón que le bordea al Noreste. Ingenuamente he creído posible aprenderme a Buenos Aires haciendo mapas y coloreando sus barrios. Algo me ha ayudado. Sin embargo, la realidad supera mis expectativas con creces. Es enorme y extremadamente diversa. Me he vestido para salir a visitar las inmobiliarias cercanas, a ver que consigo en alquiler. Estoy en pleno aprendizaje. Muy elegante, hasta me pongo el único collar que me he traído conmigo, el ámbar ruso regalo de mi papa de hace tantos anos atrás, y me voy caminando calle abajo, mirando los letreros de alquiler, tomando notas, preguntando a los amables vecinos. Ando en modo misión inmobiliaria. Hasta que de pronto, al suelo, Mi rodilla izquierda me estalla de dolor, me he tropezado con una baldosa inestable, una más de miles, estoy en el piso e intento ponerme de pie. Un joven con botas de obrero corre desde el otro lado de la calle. “Está bien señora, le ayudo a levantarse?“, me dice y extiende su mano para socorrerme. Ya de pie, me toco la rodilla. Puede ser que me la haya roto, pienso horrorizada. Estos 104 kilos que le han caído encima no son broma, por muy duros que tenga los huesos. Puedo caminar, lo cual se me hace casi un milagro por el dolor que siento en un lado de la rodilla izquierda, así que me doy la vuelta y regreso sobre mis pasos hasta el apartamento. Al entrar, Corina me mira sorprendida de verme de regreso tan pronto. “Me caí, Cuni”. Ahí sí, me pongo a llorar. La rodilla se esta poniendo morado obispo rápidamente. Un tono berenjena ya baja por la pierna. Evaluamos ir o no al hospital. Decido que no. Corina se va a comprar una compresa para enfriar el traumatismo. Bueno, parece que algo me esta avisando que hay que bajar un poco la velocidad. Presto atención y me paso los siguientes días en reposo, pierna en alto, calmantes y antinflamatorios orales y tópicos. Quien me manda.

Eso no puede detener la búsqueda de apartamento. Seguimos fajadas llamando y preguntando. De silla en silla, aprovecho para concentrarme en negociar por teléfono con Bank of America, Chase y Citibank la cancelación completa del saldo de mis tarjetas de crédito. También he salido de ese peso enorme con este movimiento telúrico que es este viaje al Sur. No importa. Estoy alegre. Ando mucho mas ligera, aun a pesar del sobrepeso exterior que también se ira diluyendo. Caminar más, sonreír siempre, comer mejor. La mejor dieta de todas. Estoy muy agradecida. Gracias.

domingo, 11 de febrero de 2018

SAMIRA Y EMPANADAS EN EL MERCADO DE SAN TELMO



Delgada, con una pañoleta de flores amarrada en su cabeza, bella y alegre como siempre, mi Samira está un poco más allá, acabando de montar su puesto de jabones artesanales. Ninguna de las dos se puede soltar de ese abrazo que nos damos. Cuentos van y vienen, Corina y Samira que son casi de la misma edad, se instalan a conversar. Mi hija menor, Alejandra conoció a Samira en su primer día de colegio en la Escuela Comunitaria de San Antonio de los Altos. De pie en la puerta de la escuela en su vieja sede de “Alita”, a pocas casas de donde vivimos en El Toronjil, Alejandra llora y no quiere soltarse de mi mano. Su primer día de colegio. Una niña que ya está dentro del patio de la escuela, se acerca y le dice a Aleja: “Niñita no tengas miedo, vente conmigo.” Aleja suelta mi mano y toma la de la niña. Esa niña es Samira Recondo.

Ahora sí, las lágrimas brincan para afuera con desvergüenza. Corina las ve y, entre risas y sus propias lágrimas, me dice que le voy a espantar los clientes al puesto de jabones, en cuya parte trasera nos hemos instalado las tres, apoyadas contra la pared de esa callecita estrecha, empedrada y de tanta gente caminando para arriba y para abajo, a la sombra que todavía hay antes que el sol tome toma la calle por completo. Llegado el mediodía la vuelve un verdadero hervidero de gente y artesanía, sazonado con el olorcito de choripanes y parrilla de los comedores locales. 

Dejo a las muchachas echándose diez años de historias y chismes. Me voy calle abajo, pisando con suma atención esas piedras planas de la calle, cuya irregularidad no le hace ninguna gracia a mis tobillos. Otro vendedor de empanadas venezolanas me detiene. Me acerco y conversamos un poco. Este es su único trabajo en Buenos Aires. En la semana se instala a las puertas de Migraciones. Tiene una clientela fija de venezolanos en cola para arreglar sus documentos. Los fines de semana en el mercadito de San Telmo. Trabaja de seis de la mañana a dos de la tarde vendiendo. En las tardes cocina sus guisos de carne y pollo, hace las empanadas y las congela. Se levanta a las cuatro cada mañana, las pone a freír y escurrir el aceite, las separa por sabor y prepara su caja de anime, que transporta instalada sobre un par de ruedas. Tiene todo muy bien arreglado. Es de Valencia, estado Carabobo. Su esposa también trabaja pero no me dice en qué. Me aclara rápidamente que sus padres están bien en Venezuela, que son gente con negocios y que se las están arreglando. Que les visitó hace unos meses y que su madre le hizo prometerle que no regresara, ni de visita hasta que las cosas estén mejor, Ahora son suyos los ojos aguados.

Regresamos a casa caminando hasta la estación del Subte. Voy agobiada de calor y emociones entremezcladas. Samira me ha regalado dos jabones que usaré con alegría y orgullo. Tarde de domingo reposando. Leo con avidez mi primer Clarín dominical, con el nombre “Graciela” y su número de teléfono anotados en la primera página. Pero de ella les hablo la próxima semana. Hasta entonces, un abrazote.

sábado, 3 de febrero de 2018

ANALISIS LITERARIO Y LECCIONES DE SEGURIDAD EN SAN TELMO


Nos hemos repartido las tareas en este nuevo apartamento. Bajo a Francisca a la calle por la mañana, Corina lo hace en la noche. Me gusta mucho la mañana del verano en Buenos Aires, los olores y la gente, la temperatura y la brisa.

Me tienen muy pendiente de ellos, esos muchachos al otro lado de la calle. Hoy camino a Francisca con el spray de pimienta en la mano. Al salir del pequeño edificio, me topo con un policía alto, fornido y nada jovencito como esos otros policías que he visto hasta ahora caminando por la cuadra. Inspector y Flores se lee en ambos lados de su pecho uniformado en tonos de azul y gris. Le doy los buenos días y me responde efusivo y sonriente. Es evidente que busca conversación. Dejo que Francisca resuelva lo más urgente en una jardinera cercana, bien feíta la pobre, casi puro monte y bastante tierra para lo de la perra. El policía sigue saludando y ahora también pregunta cositas sueltas. “¿De dónde viene?... ¿Por cuánto tiempo nos visita?... ¡ Ahhh, venezolana, qué bien!... ¿Y viene a quedarse en Buenos Aires… ¿Y por qué Argentina?” Esto va para largo. Francisca va a tener que esperar para seguir con sus rutinas matutinas.

Cuando le digo que soy artista textil y escritora, se le enciende la mirada y pregunta si puede hablarme de algo que le da mucha curiosidad sobre los escritores. Este policía argentino quiere saber cómo se descubre la verdadera intención del escritor detrás de sus palabras y la manera que escoge para decirlas. Es en serio que esto va para largo. Intento acortar la improvisada lección de análisis literario: “Bueno”, le digo, “¿en cuál escritor está usted pensando, a ver si le entiendo mejor la pregunta? El Inspector Flores se queda unos segundos mirando al vacío, y luego dice: “Cien años de Soledad, por ejemplo, ¿qué quiere decirnos García Márquez con todo ese cuento alucinado lleno de cosas locas por todos lados? “ . Apelo de corazón a la paciencia infinita que pareciera tener Francisca. Respiro profundo. Por los siguientes veinte minutos, una inesperada sesión de análisis literario da origen a una aún menos esperada lección en política y cultura social argentina contemporánea. Flores estudia tercer año de Derecho, lee como un salvaje y es un conversador exquisito. En un intento de análisis “fast-track” le digo al policía que Europa lo ha hecho y vuelto hacer absolutamente todo. Que Africa tiene todo por hacer delante de sí. Que América es un gigantesco generador de ideas y soluciones, con un poderoso y voraz cerebro en su Norte, y su alma, su espíritu en América del Sur. Y que el Caribe hace las veces de potente sazonador para esa sensibilidad imaginativa del alma sudamericana, que García Márquez luego de leer a Kafka en Paris, se sintió con permiso de escribir la realidad mágica en la que vivimos los latinoamericanos, aún sin darnos mucha cuenta de ello por lo inmersos que estamos en ésta. “Ah… Kafka, La Metamorfosis…”, exclama Flores con su mirada, ahora sí, clavada en la mía. Me apresuro a hablar en un vano intento por dar por concluida la respuesta: “Y en su Argentina, Julio Cortázar, sin duda ninguna. Le recomiendo el cuento de Cortázar llamado “Axolotl”. Realismo mágico puro, Inspector Flores, sonreída le llamo por su nombre, y caigo en cuenta que estoy flirteando un poco con el policía. Es hora de irse, señora Plaza.

Bueno, así las cosas, ambos miramos en la dirección del lado opuesto de la callecita de San Telmo donde estamos conversando, y Flores recupera la compostura policial. “¿Le han molestado esos muchachos desde que está aquí, señora?, me pregunta diligente, señalando con la vista a los chicos que se han instalado en esa esquina en la acera de enfrente. En ese momento está pasando por nuestro lado un muchacho joven que lleva en su mano una estupenda Nikkon en la mano, morral en la espalda y un letrero del Caracas estampado en su franela azul y blanca. Nos pasa cerca y sigue de largo. Se me disparan todas las alarmas y miro a Flores espantada del peligro de robo que corre este ingenuo venezolano. Flores tiene la actitud del que no se mete. Tomo la decisión en segundos y, en voz alta para que me escuche, digo: “!Chamo!” El jovencito se detiene enseguida y se voltea. Le señalo la cámara con un conocido índice regañón y le digo con mi mejor voz de mamá caraqueña: “!Mosca, chamo! El muchacho mira la cámara en su mano y luego nos mira a nosotros. Sonríe y dice de vuelta: ¡Gracias, señora, sí va! Levanta su pulgar aprobatorio y sigue caminando mientras guarda la cámara en el morral ahora abierto sobre su pecho. Flores se dispara en preguntas y acotaciones sobre nosotros, estos venezolanos que le hemos invadido a su Buenos Aires.

Me llaman la atención una de sus preguntas y una de sus observaciones. Quiere saber si “mosca” significa ladrón. Luego, me cuenta con asombro que la tendera de la esquina le ha hablado de una pareja de venezolanos que llegó a ese negocio buscando trabajo>Tenían tres días en Argentina y una niña de dos años con ellos. Esa semana, dice entre conmovido e incrédulo, ambos estaban ya trabajando en el modesto comercio del barrio, por muy poco pero suficiente para pagar el modesto alojamiento y quien cuide de la pequeña durante el día. No digo nada. No puedo. Estoy consciente de que estoy mirando mis lágrimas en el suelo. Ambos muchachos dijeron ser médicos.  

Le extiendo la mano al Inspector Flores. Me da un apretón fuerte y me dice: “Usted también ande con cuidado, señora. Un gusto hablar con usted. Soy un policía serio y conversador. No somos muchos. Cuídese. Ya sabe: ¡Mosca!” Me cae por dentro uno de esos susticos que las mujeres conocemos tan bien. Del miedo hay mucho que aprender.

A la mañana siguiente, poco después del café tempranero, salgo al balconcito a escribir. Me sorprende ver que los chicos de la acera de enfrente han desaparecido. En lugar del mugriento campamento que tenían instalado, está todo barrido y limpio. Un montón de trapos sucios se acumulan en la acera, a un lado del habitual contenedor que se llevan los camiones. Unos minutos mas tarde se asoma un barrendero por entre los carros y la misma acera. Barre, recoge y bota en el enorme contenedor los trapos amontonados. Barre la acera y la calle alrededor del contenedor, le cierra la tapa y sigue su camino.

Flores no anda por todo esto y ahora caminan las aceras del vecindario unos jóvenes oficiales de la policía de ambos sexos, como aquellos policías de punto que hubo en Caracas hace tantos, tantos años.

Tendrá las aceras rotas, es verdad. Nos reciben con los brazos abiertos, también es verdad. Pero me ha quedado bien claro que Buenos Aires no está de su cuenta y riesgo. Al menos no de la manera que nos tuvimos que acostumbrar a vivir en nuestra amada Caracas y también dentro de todo el territorio nacional de la Venezuela que dejé atrás.

En la casa de enfrente esta mañana han abierto las altas celosías grises de dos de sus ventanas en el piso superior. Por una de ellas se cuela al balcón atiborrado de plantas, una gata gris, negra y amarilla. Sólo las hembras tienen tres colores. Se da cuenta de mi presencia y me mira erguida, gorda y dueña. Cada vez la ciudad se hace más presente y el frescor se retira lentamente. Hoy seguiremos cerrando nuestra vida en los Estrados Unidos, y también hemos abierto el capítulo de la búsqueda de un hogar por tiempo largo para las tres. Corina debe estar haciendo desayuno. Alguien corta con una sierra eléctrica no muy lejos de aquí. Voy recuperando poco a poco los matices del sonido que conozco como la vida en una ciudad.


Hoy será también otro nuevo día. Una vez más, gracias.