sábado, 2 de junio de 2018

REFLEXIONES SOBRE ANDRES ELOY BLANCO Y LA CHOLA MATERNA VENEZOLANA


Lo primero que llama mi atención es el volúmen del grito. Una gruesa voz de hombre lanza alto y fuerte desde la calle “Mira mamagu…, déjala quieta no jo…, maldito cobarde”. Corro al balcón. 

Un hombre con chaqueta y casco de motociclista está golpeando en el estomago a una joven que no dice palabra y cae al suelo. Horrorizada veo que a pocos pasos hay otro hombre joven, que parece ser el de las groserías a gritos, que comienza a acortar la distancia entre ellos mientras continúa gritando a todo volumen: “Cobarde, maldito, no jo…, pégame a mí a ver si te atreves a pegarle a un hombre co…de tu madre!”, “Cobarde maldito, mil veces cobarde!” La lluvia de groserías continúa en un claro y fuerte acento venezolano, mientras el que las grita llega justo al lado de la jovencita que, en el suelo doblada sobre sí misma, se sostiene el abdomen. El agresor ha retrocedido hasta su moto estacionada sobre la acera, gritando cosas difíciles de entender por el casco integral que lleva puesto, pero son con fuerte acento argentino, eso sí se distingue. Montado en la moto, se voltea y lanza una última amenaza con la moto ya encendida y el puño en alto amenazante. Volteado sobre el asiento, se lanza rápido calle arriba. 

Regreso la mirada hacia la izquierda de la acera, donde ya el joven venezolano ha llegado junto a la chica, que no termina de incorporarse mientras él le habla y le pone la mano en la espalda. Desde mi balcón, apenas a unos pasos de distancia, salgo de mi susto inicial por la violencia de la rápida escena, y les pregunto, levantando la voz para que me escuchen, si ella está bien y si quieren que llame a la policía. Entonces, sólo entonces, la chica golpeada se incorpora y me contesta que no, que no llame a la policía, que ella está bien. Los muchachos hablan y es el joven venezolano quien ahora me dice “No se moleste, señora, ya para qué. La voy a acompañar a su casa. Gracias” No resisto la duda. Le insisto: “Chamo, tú la conoces, estás seguro que va a estar bien?”,. “No señora, no la conozco, pero no se preocupe. Estos argentinos tienen la mano muy suelta con las mujeres.” Y unos segundos más tarde, mientras ya han dado una par de pasos, agrega con indignación, mirando hacia donde sigo parada en la orilla de mi balcón: “Esto es a cada rato, señora.” Los jóvenes se van caminando por esta oscura calle de San Telmo donde vivo. Regreso pensativa al interior del apartamento.

Es cierto. El feminicidio en la República Argentina es un problema social grave. Así como es de amorosa y cortés la amabilidad de muchos hombres que he conocido en estos pasados cinco meses, también es tristemente cierta la actitud displicente y agresiva hacia las mujeres de muchos otros, la cual es igualmente notoria y muy desagradable.

La inmensa ventaja que me dan los años que cargo puestos encima, ya me ha dado la licencia de pararle el trote a unos cuántos maleducados en la calle. O no te dan paso en la acera, o sencillamente te atropellan y tropiezan. En voz alta y clara les digo “Maleducado, a las señoras se les da paso, grosero”. Pueden creerlo? Yo, así tan tranquilita como me veo, sin tan siquiera levantar la voz, simplemente se los digo en su cara. No lo pueden creer, me miran asombrados. No están acostumbrados a que se les hable de esta forma. Suave pero firme. Bien firme. La mayoría se disculpa. Si señora, dicen medio avergonzados y medio asustados, pero se disculpan. Buena para mí.

Ahora en esta nueva vida que hago como como peatón, intento desplegar esa misma cortesía que he tenido toda la vida como chofer, de la cual -además- me siento muy orgullosa. Me la enseñó mi papa cuando me dio mi primer carro y me enseñó a manejar, allá en la Caracas de comienzos de los setenta. No me olvido que sus palabras fueron “La cortesía te puede salvar la vida, Elena”. Ha sido cierto. Para tener el tiempo de ser cortes, es obligatorio andar pausado. Con ello, ganas unos segundos extra y te fijas ahora mejor en los detalles. Eso es lo que te protege.

No voy a perder ese buen hábito en Buenos Aires. Faltaba más. De hecho, me está dando el pálpito que la fortísima emigración venezolana al Argentina marcará algunos hitos también en esta materia.

No te das cuenta de lo educados que somos la mayor parte de los venezolanos hasta que nos comparas. Nunca más me quejo de lo grosero que se ha vuelto nuestro lenguaje en Venezuela. Esta noche vi correr a un argentino espantado, con todo y casco integral puesto, frente a la violencia de semejantes insultos a grito destemplado, la cual vi acercarse valientemente al agredido y hace retroceder al agresor. Buena para nosotros. 

Esto me ha puesto a pensar que de muchas maneras, y aunque hayamos reflexionado muy poco al respecto, se me hace que las madres venezolanas sí somos diferentes.

Ese fuerte y valiente matriarcado de mantuanas, negras, indias y mestizas que heredamos desde la arrasada Venezuela posterior a nuestras guerras independentistas y federales, se ve distinto desde afuera. Porque sucede que durante esos casi cien años de guerra, murieron casi todos nuestros varones en edad útil y reproductiva. Esto dió como resultado que Venezuela entró al siglo XX llena de mujeres solas que tuvieron que echar el país a andar, de una u otra forma. Poco se ha hablado de este tema, del que la historiadora Ermila Troconis de Veracoechea hace en su libro , Indias, esclavas, mantuanas y primeras damas,  un magnífico análisis (Caracas, Academia Nacional de la Historia, Ed. Alfaomega, 1990)

Eso, entre otros elementos, debe ser lo que ha hecho históricamente que a las venezolanas nos ronque el mango. Digo yo.

Argentina nunca será la misma, se los aseguro, después de tantos muchachos y muchachas venezolanas que harán su mestizaje cultural en esta tierra, porque ellos sí que saben entender una inequívoca voz de mando que hace una gran diferencia. Creo que le debemos todo esto a la muy sabia y oportuna voz del inconfundible lenguaje de la chola materna venezolana. Y eso, se aprende rápido en nuestras casas, no se olvida más nunca, y se carga puesto por el resto de la vida. Para bien o para mal.

Ese límite aprendido en los hogares venezolanos desde la más tierna infancia, tiene sus bemoles, es verdad. Pero, nos ha definido como gente que valora inmensamente la educación y los buenos modales. Eso también es muy cierto. No he visto jamás en Venezuela la conducta en los niños y adultos que tristemente he presenciado y vivido en Buenos Aires hasta la fecha.

Aquí muchos niñitos andan por la calle haciendo unas wagnerianas pataletas, no saben cuántas y de qué calibre las he presenciado horrorizada. Sus padres actúan de una manera totalmente nueva para mí, pues o los ignoran, o les tratan como si en lugar de sus progenitores fueran sus psicoterapeutas. Claro está que a los niños no se les pega nunca jamás de todos los jamases. De hecho, me he arrepentido hasta el agotamiento de los muchos zipotazos que les di a mis hijos en su momento, pero una cosa es un golpe y otra muy diferente una chola que te persigue mientras te delimita una marca que no se cruza, y que no olvidarás mientras vivas. Mas aún que la temida chola venezolana era la aún mas aterrorizante mirada de la mamá de uno. Y también de la mamá de los amigos de uno. Porque en Venezuela, también las madres de tus panas se sentían autorizadas a mirarte feo o hasta amenazarte con su chola si hubiera sido necesario. 

Supongo que la culpa la tiene Andrés Eloy Blanco, con sus” hijos infinitos” y ese cuento de que “cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera…”. Por eso le incluyo a nuestro querido poeta en esta crónica de la mañana de hoy.

Muchos venezolanos compartimos con justo orgullo el haber aprendido esa noción de la mirada materna como zona limítrofe, nunca en reclamación como nuestro Esequibo. Nada de eso. Aquí no hay reclamo que valga. Una mirada clavada en ti desde el otro lado de la sala, o inclusive de ladito como quien no quiere la cosa, mientras mamá está fregando los platos y se voltea, y te mira rapidito con su mejor cara de pocos amigos, te fulmina y sigue en lo suyo. Uno se para en seco. Eso es lo que llamamos “La Mirada”. Todos sabemos lo que significa.

Menos mal que el reggetón y un montón de lolas operadas no serán lo único que le habremos aportado a esta generosa tierra argentina, que tan amorosamente nos ha abierto los brazos con trabajo, una vida mejor y la posibilidad cierta de echarle una mano a los nuestros que viven en Venezuela entre tantas dificultades. Con suerte le habremos aportado al menos un par de siglos de un matriarcado hermosamente mestizo, que nos ha hecho ser como somos, para bien y para mal, repito.

Ojalá ahora que nos hemos hecho emigrantes, sepamos llevar puesto lo bueno que tenemos, y que lo sembremos donde quiera que nos hayamos ido a vivir los millones de venezolanos ahora en suelo extranjero. Incluyendo nuestra sabia chola a tiempo. Límites firmes aunque no tan suaves, como habría recomendado mi querido Dr. Quiroz, extraordinario psiquiatra de familia, al que tanto admiro. Límites al fin, que todos hemos aprendido, y ahora parecemos estar exportando. Eso que su mamá le debió enseñar muy bien al chico venezolano que vi cómo hizo correr en la calle al abusador que es valiente para golpear a una mujer, pero no para enfrentar a otro hombre por sus actos. Bien por nosotros, se los aseguro.

Le doy las gracias  a mi mamá, a mi Yoya, mi abuela paterna, a las monjas buenas del colegio Sagrado Corazón, a Luisa Elena Valencia del Colegio Nuestra Señora de Pompei, a las muchas madres de mis amigos y amigas que me hicieron una hija más en sus casas, a mis tías, amigas, hermana, nuera y cuñadas, todas ellas madres que me han dado su ejemplo del cual aprender tanto. A todas las buenas mujeres que me ayudaron con su trabajo en la casa como empleadas domésticas, por las muchas veces que vi la presencia  inequívoca de sus cholas, hayan sido estas reales o virtuales, hayan estado dirigidas hacia mí o hacia alguien más. No importa. Una chola de madre venezolana tiene un lenguaje inequívoco de disciplinados límites. Eso enseña. Funciona.

Anoche vi correr a la universal cobardía frente a esa indignada chola materna venezolana, ahora hecha gritos y groserías masculinos que entienden lo que hay que hacer, porque alguien se tomó la molestia y el tiempo de enseñárselo claramente. Me llenó de justo orgullo.

Gracias a Andrés Eloy por haberlo puesto en palabras certeras, hermosas y tan venezolanas.

Al Dr. Quiroz, que me enseñó para siempre que las cholas no tienen que pegar para enseñar. (Les recomiendo mirar su Instagram “mfquiroz23” para reírse de lo lindo de uno mismo)

A ustedes, gracias, por su compañía en esta aventura que pica y se extiende.

A nuestras mujeres buenas y fuertes, que hacemos buenos hombres y buenas mujeres, este regalo:


Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.

Giraluna (1955)

A todos, como siempre... Gracias…!

domingo, 20 de mayo de 2018

RETRATOS - GUSTAVO

Esta ciudad es alucinante. 

Para empezar, no permite que termines la luna de miel con ella. Te sigue sorprendiendo y seduciendo, te hace trampitas y te da lecciones, no deja que pierdas el interés en sus muchas facetas. Te atrapa. 

Durante casi cinco meses me he preguntado, una y otra vez, si me podré quedar un rato largo en Buenos Aires. Le convendría a mis pies y a mi espíritu. Me gustaría. He tenido dudas. Muchas. De todo tipo. Entonces sucedió algo inesperado que me ha hecho pensar que sí es posible. Porque una tarde en un café de San Telmo me dí cuenta que estaba haciendo retratos. Que sin proponérmelo, ando por ahí retratando con mis palabras a esta gente que me es totalmente nueva, en esta vida que ahora vivo en el Sur del Sur, en Argentina. Desde entonces, a veces me parece que sí, que me podría quedar un buen rato en Buenos Aires. Porque venirse a vivir a Argentina no es solamente cambiar de ciudad, ni tan siquiera de país. Vivir en el Cono Sur es, literalmente, vivir en otro planeta. 

Buenos Aires es enorme. Plana. Húmeda. Mezclada. Extranjera. Orgullosa. Amigable. Confusa. Accesible. Dulce. Triste. Furiosa. No puedes dejar de verla.

En mi nueva vida de peatón, la calle y sus transeúntes me tienen atrapada haciendo esto, retratos. Ahí va el primero de ellos.

GUSTAVO

Salgo del interior del cajero automático, que aquí siempre están resguardados en el interior del banco y jamás al aire libre, a una lluviecita tenue y helada. El día se anunciaba frío pero está bastante más que eso. Me vuelvo a poner la bufanda alrededor del cuello y abro la sombrilla nueva que funciona de maravilla. Le veo parado junto a un carro viejo que está improbablemente estacionado en la calle justo frente a la salida del cajero, en zona prohibida para ello. De hecho, el joven está apoyado en el poste en cuyo tope está el letrero que avisa la prohibición. Su gorra tricolor lo delata y cuando le paso a un lado le digo en voz alta, "Me gusta tu gorra, chamo", y le sonrío mientras sigo caminando calle abajo hacia la enorme avenida 9 de Julio. 

Una mano me agarra del brazo. El muchacho me ha seguido los pocos pasos que he andado y me está tocando suavemente mientras me pregunta, "No le entendí, disculpe, qué me dice senora?". El susto sólo se me pasa cuando veo sus ojos de venado aterrorizado. Lo tranquilizo y le explico que soy paisana y que su gorra le delata. Que es un chiste, que intentaba parecer simpática. 

"Es sólo que me gusta encontrarme a un venezolano, que por eso tu gorra me gusta", le vuelvo a explicar. 

Estamos los dos casi bajo mi sombrilla. Entonces, sucede. El muchacho se quita la gorra de la cabeza y me la pone en la mano. "Tómela, se la regalo." Por supuesto, no la acepto. Con varias bien estructuradas protestas me resisto a recibirle el regalo. Intento volver a explicarle lo que ya le he dicho. Nada. Este jovencito me regala su gorra y la tengo que aceptar. Así de resuelto está a dármela. Entonces la tomo de su mano. La gorrita tricolor está mojada y algo sucia.

"Vengo con ella puesta desde que salí de Venezuela", me explica un poco apenado. "Y cuánto tiempo tienes acá?", le pregunto. Aún no he podido ni preguntarle su nombre porque todo ha sucedido tan rápido. Estoy como aturdida. Lo que más me tiene atontada, me doy cuenta, son los enormes ojos oscuros y tristes, cansados, de este jovencito. Estamos muy cerca uno del otro, los dos bajo mi sombrilla marrón. "Llegué hace quince días pero salí de Turmero hace como un mes. Me vine por tierra." La lluvia arrecia y seguimos allí, a pocos pasos del carro viejo y del letrero que prohíbe estacionarlo en ese lugar. "Y que estás haciendo parado aquí?", todavía no se me ocurre preguntarle su nombre. "Estoy cuidando el carro, mi primo está sacando plata del cajero y hay mucha cola allá dentro." Claro, cómo no se me había ocurrido. Carro mal parado frente al cajero, con chamo recostado del poste donde se explica claramente un "Prohibido estacionar" evidente, tiene que ser venezolano. Aunque no hubiera cargado puesta la gorra. Mala mía. 

Ahí sí, entonces. "Y cómo te llamas?". Gustavo. "Mira, Gustavo, me encanta que me regales la gorra pero de veras no la puedo aceptar. Es tu gorra, acabas de llegar." Los ojos del muchacho me agarran por sorpresa, "Por eso mismo, senora. Se la regalo. Tengo que quitarme a Venezuela de encima, si no, no me voy a acostumbrar aquí. Esto es muy difícil, dona." Sus ojos oscuros están mucho más negros. Estamos tan cerca que parecemos amigos de toda la vida conversando bajo la lluvia en plena calle de esta Buenos Aires que ahora nos hermana. Yo podría tranquilamente ser su abuela. No debe tener más de veinte, yo casi sesenta y cinco. Nuestro país nos bota sin misericordia ni discriminación ninguna. 

"Estás trabajando, Gustavo?", la pregunta obligada. "Sí, senora. Ayudo a mi primo con su negocio. Vende cosas por internet. Ahora mismo está sacando efectivo porque vamos al puerto a retirar un bulto de setecientos kilos de Harina PAN." De a poquito, la lluvia fuerte se tranquiliza y se transforma en la tenue garúa que me acompanó desde la casa al banco, hasta que deja de llover mientras hemos estado conversando. Cierro la sombrilla y me pongo la gorra, hasta entonces en mi mano. Está un poco grasosa. Sudor, supongo. No importa aunque si me importe. Ya me la he puesto.

"Me permites que me tome una foto contigo y mi nueva gorra?, le pregunto. Estamos de regreso junto al desvencijado carro de su tío, que aún no aparece por todo eso. "Es para mi blog", le aclaro. "Qué es eso?", me pregunta. "Qué?", digo incrédula. "Eso, un blog, qué es eso?, me sorprende este jovencito.  Me entra una rabia tan entremezclada con tristeza que ni me molesto en aclararle el tema. "No, nada, Gustavo una foto para ensenarsela a mi hija. Para que vea quien me regaló su gorra", le digo por toda respuesta. Nos tomamos la foto. La revisamos juntos. Veo en la pantallita mis ojos llenos de lágrimas. Me despido con un beso y un abrazo venezolanos, de esos así medio apretados. Con efecto cierto. Sigo mi camino de regreso a casa. Voy tragando grueso.

Si andas por tus veinte en 2018, has vivido toda tu vida en la zona central e industrial de un país teóriamente en desarrollo, no en medio de la selva amazónica, y no sabes lo que es un blog, es probable que se deba a que has sido obligado a vivir adrede en un retraso tecnológico que haga más sencillo poder controlarte por lo más básico: tu hambre.  

También me doy cuenta mientras voy caminando, que es posible que sólo hayan hecho falta quince días para que Gustavo haya comenzado a intuir y percatarse de semejante monstruosidad. Las conversaciones con su primo, este negocito de vender por Internet, la enorme Buenos Aires, sus vistosos y variados aparadores, vitrinas, luces y movimiento, que hablan callados de una vida que tiene a Gustavo con esa mirada oscura. Hay enganos que no se pueden perdonar así no más. 

Creo que por eso regaló la gorra en lo que pudo, probablemente sin entender muy bien por qué lo hacía. No importa. Una pulsión de rabia y desencanto. De revancha contenida. Eso mismo que siento haberme llevado puesto en la cabeza mientras me alejaba de mi nuevo amigo de Turmero, al que con la rapidez con que sucedieron las cosas, ni siquiera le pedí su teléfono. Doblé la esquina de la 9 de Julio, y fuera de su vista, me quité la gorra y la guardé en la cartera. 

Así anduve hasta el siguiente paso de peatones para cruzar la avenida. Entonces, volví a sacar y me puse de nuevo la gorrita tricolor, acomodándola ahora mejor a mi cabeza, con la cinta ajustable en su parte de atrás. Sigo mi camino.  

Pareciera que recoger este desencanto, y hacerlo propio para ver qué saldrá de allí, se agrega a las muchas inesperadas tareas del viaje que hacemos lejos de casa. La gorra sudada y sucia de Gustavo, el chamo de Turmero, estado Aragua, está ahora mismo en mi cesta de la ropa para lavar. No me pasa desapercibido el detalle. La lavaré y la llevaré puesta con gusto. 

Si es cierto, y creo que sí, que nada se pierde, que todo se transforma, entonces es posible que el desencanto y la rabia de los muchos Gustavos que estas pasadas dos décadas venezolanas han dado a luz, se transformen también en algo productivo aún por verse y comprenderse mejor. 

La llevaré puesta por su justa indignación. Por la mía propia.

Como silenciosa revancha. Esas que más mueven. 

Gracias por estar ahí con nosotros. Un abrazote.




sábado, 12 de mayo de 2018

EL ARTE DE AMARGARSE LA VIDA (O ULISES COMO “ROLE MODEL”)

Regreso al blog luego de dos semanas de silencio. Aquí las cosas han estado intensas. Después de muchas cavilaciones, he tomado dos decisiones personales importantes: la primera, regresaré a Venezuela, y la segunda, no amargarme la vida por ello.

En medio de mis cavilaciones de las pasadas semanas, recordé un librito que me recomendó  hace tiempo Fernado Quiróz, extraordinario medico psiquiatra venezolano, "El Arte de Amargarse la Vida", de Paul Watzlawick   (https://www.lectulandia.com/book/el-arte-de-amargarse-la-vida/). No lo tenía conmigo, así que me puse a buscarlo y lo encontré en archivo PDF en internet. Leyéndolo recordé también la magnifica analogía que hace el poeta alejandrino  Konstantin Kavafis acerca de Itaca, la isla de Ulises, su hogar. Recordé también que Itaca no es otra cosa más que el viaje en sí mismo, como lo expresa tan bellamente Kafavis en su poema. Así se me pasó un poco la desazón. La tristeza y las dudas se fueron a descansar por un rato.

Argentina es interesante. Los argentinos, adorables. Buenos Aires, fascinante. Sin embargo, no me quedaré en Argentina. Ahora lo sé. Aun así, con todo y sabiendo esto, seguiré en Argentina por mucho tiempo más. Porque todavía tengo qué hacer acá. Porque me niego a sentirme con el desasosiego de la duda perenne. Viviré en Buenos Aires el tiempo que sea, un día seguiré camino y quizás entonces llegue a Caracas. Seguramente. Bueno, algún día. Eso creo. O quizás ni siquiera entonces habré llegado a mi ciudad para quedarme y morir allí. Tal vez para ello todavía falten puertos y aventuras en este viaje. Estos días pasados me di cuenta de que esto es así, que no importa. Que es bueno saberlo y aceptarlo con alegría.

Llegar a esta sana y difusa conclusión negociada conmigo misma, me ha llevado un par de semanas en casi completo silencio, dos pleitazos con Corina y un montón de  lágrimas. 

La tarde que recordé este librito genial, me fui corriendo al locutorio cercano (forma coloquial argentina de llamar a los centros de llamadas y copiado)  e imprimí un ejemplar. De regreso en casa, me lo leí de una sentada. Lo he podido leer gratis en el link que les escribí antes, pero es que disfruto tantísimo leer tocando el papel. Este libro fue escrito por un simpático psicoterapeuta norteamericano, del llamado "Grupo de Palo Alto", de evidente origen centro europeo con ese apellido. Parafraseando la nota del editor original del libro, éste "se puede leer medio en broma y medio en serio".  Sus "páginas maliciosas" están literalmente llenas de "formas de hablar del hemisferio derecho", con lo cual uno se hace el mejor favor del mundo al leerlo: reírse de uno mismo. 

Me he aprendido a reconocer como una mujer inquieta, muy inquieta, que ahora, de grande, de vieja, me gusta mucho ser. Sí, tengo el alma inquieta y medio errante. Me gusta moverme, mudarme, instalarme, enamorarme de lugares y gente, hacer amigos, conversar, volver a hacer las maletas... y seguir de largo. 

No me hace bien sentirme exiliada y mucho menos refugiada. En absoluto. Prefiero saberme de viaje. Un viaje largo lejos de casa, una casa que paradójicamente ya no tengo pero que tampoco nunca dejaré de tener. Con la familia, los amores, los afectos y los amigos atomizados por el mundo entero. No quiero sentirme una más en una dolorosa diáspora que no puede quitarle los ojos de encima a Venezuela, mientras intenta seguir mirando hacia adelante y no desnucarse en el camino. No. No me hace bien. Prefiero a Ulises como “role model”.

Por eso escojo ser una viajera, que adora a Buenos Aires, que se hizo más fuerte en Florida, que ama a Caracas, que anhela regresar a Margarita, que no sabe cómo vivir sin Londres, que tiene un pie en América Latina y otro en Europa. Así me siento menos mal y puedo cargar el enorme peso de haber perdido aquel  país que conocía, y no poder casi reconocerlo en este nuevo lugar descosido por todos lados, un lugar al que, sin embargo, amo con una pasión que me sobrepasa. Porque claro que la conozco, aunque me cueste tanto reconocerla. Mas aun, reconocerlo como mi tierra. A dónde pertenezco. Sin remedio.

Venezuela viene casi cada noche a mi almohada. Duerme conmigo. He pasado muchas noches en esas casas que quedaron atrás, sentada en muebles que desaparecieron, hablando con vecinos que ya no lo son, de quienes no he sabido nada en tanto tiempo. Sin embargo, ahí vienen los amigos de siempre a conversar, a tomar café, a mirarnos en los cuentos que nos echamos. En las aventuras que nos trae la noche. Tantos lugares, eventos y gente que había olvidado que recordaba. 

Porque no quiero ser emigrante. Prefiero ser una viajera. Me lastima menos. 

Leyendo el librito de Watzlawick te das cuenta de que es -verdaderamente- "up to you". Es uno el que decide lo que le da la gana de ser. O no ser. Cómo vivir. Qué sentir. No hay plantillas que nos sirvan a todos. En esto mis hijos me han dado las mejores clases magistrales al respecto. He aprendido que cuando los hijos se toman el trabajo de volverse tus maestros, mejor es poner atención a lo que dicen porque entonces uno está mucho más cerca de estarse volviendo su amigo además de su mamá. Eso es delicioso y compensa tantos desvelos y calenteras. Vale la pena. 

Por eso mismo digo, que si yo decido que soy viajera y no emigrante, que si me da la gana de creer que regreso a Venezuela en lo que me parezca y me llegue la hora, eso mismo será lo que tendré en mi corazón. Dicho sea de paso, saber que me regreso a Venezuela cuando toque regresar, y haya llegado ese día, me hace mas llevadero el inevitable sufrimiento que es Venezuela ahora mismo. Es así como he podido seguir viviendo medianamente bien con el inevitable sufrimiento que significa dejar todo y a todos atrás. Así lidio mejor con todo esto. 

Me niego a dejarme asfixiar por la tristeza. Por eso soy viajera y no emigrante. Por eso mismo he logrado ver con inmensa alegría que estando acá puedo servir de algún alivio en medio de un caos que, aunque lo tenga, nos parece a todos donde sea que estemos, no tener un final a la vista. O cualquiera de las muchas maneras en que seguimos presentes y al lado de nuestra gente querida.

Pensando en esto se da uno cuenta de que que haber emprendido este viaje tiene sus razones. Que en esas mismas razones quizás resida el aprendizaje. Por qué no, hasta su encanto. Se va una, entonces, serenando de a poquito. Le va uno encontrando "el queso a la tostada" en medio de tantas preguntas sin respuesta aparente. Habrá que repensar el viaje. Tomar nota de lo que el camino me quiere mostrar. Reposar el cuerpo y el alma cuando se necesite. Aprender a estar presente aún con la mirada del alma en otro lado. Es en el viaje en sí mismo donde pareciera estar la clave.

Ya lo dice R.L. Stevenson "It is better to travel hopefully than to arrive", citando un sabio adagio japonés. 

Para explicarme mejor, me valgo de un poeta alejandrino que desde el día que lo leí por primera vez, me puso una mano en la espalda, y me ha empujado suavemente por la vida, Konstantínos Kavafis.  Aquí les dejo.

Un abrazo a todos.

Ítaca
Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrígones y a Cíclopes o al airado
Poseidón nunca temas:
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia la emoción
de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón
hallarás nunca
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien los pone ante ti.
Pide que tu camino sea largo,
que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer felizmente arribes
a bahías nunca vistas.
Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta,
mas no apresures el viaje,
mejor que se extienda largos años,
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje,
sin ella el camino no hubieras emprendido,
mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.
Rico en saber y en vida como has vuelto
comprenderás ya que significan la Ítacas.

Konstantin Kavafis (1863-1933)

sábado, 21 de abril de 2018

ARQUEO DE CAJA


Desde esta mañana pienso en Borges y en García Márquez, y en cómo se puede hacer literatura tan buena y tan diferente desde el mismo hemisferio. América Latina lo ha demostrado con creces. Magistralmente. Veo al Gabo cada vez que camino desde mi casa hasta el mercado en San Telmo, en la vitrina de la Editorial Suramericana, la misma que le publicó Cien Años de Soledad hace ya cincuenta años. Tengo a Borges en la mesa de noche en un hermoso libro de textos manuscritos y fotografías, que me regaló Corina a los pocos días de haber llegado.

A pesar de las muchas horas que paso trabajando, en esta ciudad donde también el tiempo transcurre distinto, aquí he podido encontrar el espacio para leer de nuevo.
Ahora termino de leer a Benedetti y ya tengo por ahí medio ojeado un librito viejo de D.H.Lawrence que conseguí casi regalado, “Paseos Etruscos”. Están en cola Borges y García Márquez, como siempre. Cada vez que puedo compro el diario y me lo voy leyendo de a poquitos.

Hoy en Buenos Aires ha llovido todo el día.  Corina fue a su trabajo. Me quedé en casa cosiendo, adelantando el trabajo de arreglos que entrego mañana y abriendo el espacio para una nueva cliente que traerá ropa temprano.  También lavé la ropa de mi cama y las toallas de mano que usamos durante la semana, preparé una salsa boloña, pasé una buena escoba por el apartamento y me dio mucha flojera, así que no pasé el coleto. Lo haré este fin de semana.

También escribí un rato, pero no escribí mucho. Hoy más bien me ha parecido un día de pensar. De evaluar. Vivo en Argentina y apenas ahora, a casi cuatro meses de haber llegado, es que me está comenzando a caer la locha de lo que significa este giro que le he dado a mi vida.

Sé que cambiaré mi manera de hablar. Probablemente también de comer. De vestirme. De pensar. Pareciera inevitable. Quizás vea las cosas diferentes ahora que miro hacia arriba cada vez que pienso en la gente que amo. Cuando evoco mi vida hasta ahora. Viéndola desde aquí abajo, América Latina se ve paradójicamente inmensa, enorme. Irremontable.
Supongo también que haré amigos y tendré nuevos amores. Sembraré plantas nuevas y diferentes. Arreglaré nuevos hogares. No tengo mis ollas, ni mi vajilla blanca, ni mis cubiertos franceses de plata con los cuales compartí lo cotidiano por casi treinta años. Este fin de semana me compro unas ollas nuevas. Estoy muy contenta. He pensado buscar unas ollas menos pesadas en consideración con mis manos. Eventualmente volveré a tener un lugar menos temporario que el lindo apartamentico que ahora llamamos hogar. Me alegra que la vida dé para tanto. Es muy bueno.

Si bien es verdad que en este apartamento no tenemos la privacidad de una habitación propia, también es cierto lo mucho que hemos aprendido de nuestras mesas. No más llegar, insistí en comprar una mesa con gaveta para la costura. Le mandé a recortar las patas para que quedara a una altura apropiada que proteja tanto a mis hombros como a las cervicales. Unas semanas mas tarde, Corina consiguió una hermosa mesa de pino. Desde entonces, cada quien tiene un pequeño lugar donde ordena su universo. Nuestras mesas se han hecho pequeños reductos de intimidad para cada una. Ahora entiendo mejor ese espacio tan importante que cada ser humano parece necesitar, tan grande como una casa o tan pequeño como una mesa. Un lugar donde las reglas las pone sólo uno. Ese espacio diminuto en el cual tenemos la sensación de estar en control, de saber dónde están las cosas y de poder cambiarlas sólo si me conviene o me gusta.

Otra cosa que hice hace unas cuantas semanas fue comprar unas lindas y viejas cucharas plateadas de alpaca, como para servir la comida en la mesa, que vendían muy baratas en un puesto callejero que tiene los sábados un anticuario local. También compré unos platos viejos de vidrio para comer el postre, generalmente helado o ensalada de frutas. Es que esas cosas usadas me dan la sensación que ando buscando en Buenos Aires. Sé que habrá de pasar un tiempo largo antes de sentirme en casa. En esa espera ayuda mucho una vieja cuchara grandota, que viene de quién sabe cuántas historias, de mano en mano.
No me hago una persona nueva con todos estos cambios. No, más bien pareciera que me estoy volviendo una versión distinta esa persona que soy. Quizás una mejor versión. Ojalá.
A una semana de llegar me di una fenomenal caída en la calle. Esa pierna me estuvo recordando día y noche que hay que andar con más calma. No lo he olvidado, aún ahora que ya sanó por completo. Ahora miro y miro, pienso y pienso. También la costura contribuye a este nuevo aspecto más contemplativo de los días que estoy viviendo. Las cosas se reorganizan y cambian las prioridades.

Hace unas semanas, inspirada por Valeria Di Prisco, mi amiga de Margarita que ahora vive en Milán, abrí un chat de Whatsapp para mi familia materna, los Tariffi, un enorme grupo de gente variopinta y divina que ahora se siente más cercano. Porque ahora lo estamos. Nos mandamos textos, saludos, fotos y videos de nuestra vida cotidiana, ese contacto humano tan precioso que teníamos extraviado desde hace años, por las muchas distancias que la vida en Venezuela nos impuso a todos desde hace varias décadas. Hemos vuelto a reír de los mismos chistes, compartido juntos la alegría de una bebecita que nació, actualizamos lo que estamos haciendo con la gente que nos importa, conocemos mejor la vida de nuestra familia regada ahora por Francia, Italia, España, Panamá, Canadá, Argentina, Estados Unidos y -por supuesto- Venezuela desde la isla de Margarita, Caracas, Higuerote y Valera.
Cuando uno emigra, ese nuevo lugar a donde te fuiste probablemente te dará un mundo enorme de oportunidades para rehacer una vida mejor, pero nunca, jamás, te dará raíces, porque éstas las cargarás siempre contigo. Las raíces las cargas puestas. Lo que haces es trasplantarlas. Cuidadosamente escoges la mejor tierrita posible, la abonas, la riegas, y ruegas que pegue bien el trasplante. Los viejos no debemos emigrar porque mientras más vieja la mata, menores los chances de que ésta pegue adecuadamente. Eso lo sé. Por eso agradezco tantísimo el abono amoroso que Corina me echa cada mañana con sus abrazos, la maravillosa vitamina que son los contactos diarios con Alejandra, mi hija menor, desde Caracas, las series de Netflix que compartimos en la cena desde mi laptop, las citas semanales cada sábado al final del día, con Camilla y Armando Luca, mis nietos, desde Florida, las publicaciones en este diario de cocina y letras con las respuestas amables de quienes lo leen, y ahora también mis nuevas cucharas viejas de alpaca y el chat por Whatsapp, La Tariffera, mi familia materna. Todo nos ayuda. Mutuamente.

Las cuentas cuadran, en este amanecido arqueo de caja. Todos nos damos cuenta en algún momento de que, en realidad, estamos apenas de paso. Que casi nada permanece en el tiempo. Sin embargo, al dejar constancia de lo mucho que nos importan las personas y las cosas, vamos dejando una huella que sí pareciera querer quedarse un rato más en ese rastro que dejamos a nuestro paso.

Desde las cuevas de Lascaux hasta Whatsapp, nuestra huella es lo que quedará en la pared. Gracias por acompañarnos en esta hermosa impronta que hacemos entre todos. Un abrazo.

domingo, 15 de abril de 2018

PORQUE LO IMPORTANTE ES EL HECHO

Hoy cumplimos tres meses y medio viviendo en Buenos Aires. Con el duelo en mejores condiciones, parece estar llegando el momento de reconocer nuestro entorno menos apasionadamente. O, en palabras de mi sabio hermano Juan Bautista, la luna de miel ya va pasandito. 


Sirva, entonces, esta clase magistral de Les Luthieres sobre Shakespeare, como abreboca de los muchos desencuentros en nuestros lenguajes argentino y venezolano. Dejemos que Les Luthieres, estos argentinos universales, nos lleven de la mano en lo argentino. Nosotros, por este lado, pondremos la contraparte venezolana en este boceto de estudio linguístico que, la verdad, tampoco intenta serlo con ningún exceso de rigor académico. 

https://www.facebook.com/cachoculturas/videos/145457909471024/

Y sí, habernos venido a vivir en Argentina ha tenido sus bemoles léxico gramaticales. Veamos.

A uno le parece que hablar en castellano es, naturalmente, hablar venezolano. Es verdad. Sólo que hablar argentino también lo es. Para completar nuestro desconcierto, tampoco conocemos el casi dialecto que se habla en Buenos Aires, y constantemente nos sorprenden los giros que la lengua castellana da por estas latitudes. 

Por ejemplo, después de los más estrepitosos chascos sufridos en la calle buscando direcciones, hemos aprendido a no pedir nunca indicaciones a la gente que ande por ahí. Antes de entender esta máxima casi de primeros auxilios en esta nueva vida argentina, yo insistía una y otra vez "Vamos a preguntarle a ese muchacho, Corina". De nada valieron sus advertencias basadas en haber vivido ya en Buenos Aires, para disuadirme de que preguntara indicaciones y direcciones en la calle. 

Pues, o no entienden lo que pregunto, o yo no entiendo lo que me contestan. El resultado es casuísticamente aterrador. Casi el 100% de las veces que preguntas algo, llegas a otro lado, o a otra cosa, casi siempre muy diferente a lo que andabas buscando. 

Sabemos que la lengua tiene mucho que ver en todo este desencuentro. Por eso nos hemos puesto a escuchar e intentar comprender a la mayor velocidad posible. Revisemos algunos casos de nuestra vida cotidiana que hemos estado reuniendo para compartirlos. Las experiencias van desde comprar unas fundas de almohada, a ingenuamente preguntar al chofer del autobús que si va para tal o cual lado. 

Cuando intentas comprar un juego de sábanas, por ejemplo, y andas por ahí toda desorientada, vas buscando una buena tienda de lencería y andas preguntando por aquí y por allá. Entonces es cuando sucede lo inevitable, y sorpresivamente te mandan a lugares donde venden dormilonas, sostenes y pantaletas. Ante el equívoco, te vas de nuevo a tu improvisado guía, el peatón argentino, y le dices que no quieres nada de eso, le explicas de nuevo y entonces descubres que te mandaron a donde vendían corpinos y bombachas. Insistes en lo de la lencería, ahora con un poco más de cautela y explicaciones, y bueno, te mandan a donde venden ropa de cama y resuelto el lío. Pero, ahora sabes que nada de preguntar por lencería si estás buscando fundas de almohada.

A mi me encanta comer en la calle, pero pronto aprendes en Buenos Aires a leer y averiguar lo más posible, antes de ordenar comida en Buenos Aires. Por todos lados te ofrecen unos bifes de chorizo anunciados por aquí y por allá. Bife se entiende, más o menos, pero hechos con un chorizo, no. Te aventuras a pedirlo ese día que andas por la calle haciendo mil diligencias, y sorpresa de sorpresas, te traen un churrasquito limpio de grasa, con papas fritas. Bueno, por lo menos ésta la pegamos. Me sigo preguntando qué tiene que ver el chorizo con este plato. 

Dos días más tarde, intentando comprar un bolígrafo, la cosa se te vuelve a enredar. Hablando las dos castellano, la frustrada vendedora en la librería me pide que le apunte con mi dedo lo que necesito pues no me entiende. "Ah, querés una birome!". Bueno ahora lo sé. Aquí el bolígrafo no sólo se ha cambiado el nombre sino también es transgénero.  Una birome. Verifico en internet con la infalibre Real Academia de la Lengua, el portal del DRAE, y la birome está aceptado como castellano. Vamos mejorando y entendiendo mejor las cosas.

En las clases de corte y costura que tomo los miércoles también lo del lenguaje me ha hecho sacar canas verdes, Una franela se llama remera, la falda, pollera, la chaqueta, campera y el suéter, buzo. Además, a ninguna tela se le llama como la conozco. Qué lío.

A los muchachitos en esta tierra se les llama chicos. A los viejos, gente grande. A las mujeres les llaman minas. A los panas, pibes. En la calle, las aceras se llaman veredas y los autobuses, colectivos. Las maletas son valijas, los bombillos, lámparas, y estas últimas se conocen como veladores o veladoras. Las neveras no existen acá pues se llaman heladeras. El coleto es el repasador y el cloro, lavandina. Facilito entenderse, no es verdad? 

En la cocina la cosa es aterrorizante. La mantequilla no existe, sino le llaman manteca. Lo que nosotros entendemos como manteca aquí se le denomina grasa, y óleo es aceite. Todo con mucho sentido pero nuevo. Los pimentones se llaman morrones y los albaricoques, pelones. Los perros calientes aquí son los panchos. Nadie llama vegetales a los miembros de ese reino que no es ni animal ni mineral, nada de eso. Aquí todos los vegetales se llaman verdura, así nada más. Sin embargo, a los vegetarianos no les llaman verduleros. Tampoco es para tanto, supongo. Y si hablamos de la carne, acá un asado no es una carne puesta a cocinar en el horno, sino todo un complejo de pedazos del cuerpo vacuno, y aun del porcino, distribuidos en una parrilla para asarse a las brasas. El término también denota la reunión social motivada por este festín carnívoro, crudamente discriminatorio con los vegetarianos, habrá que admitirlo. 

Luego tenemos una lista infinita de adopciones extranjeras en el uso de la lengua castellana local. Por ejemplo, una larga mano italiana se nota por todos lados. La mozzarela aquí es la muzza, así con "u", y el trabajo es el laburo, así con "b" y también "u". Ni que hablar de que los varones se llaman unos a otros queridos y se besan los cachetes a cada encuentro a diestra y siniestra, en la calle, las oficinas y los cafés. Divinos. El italianismo alcanzó a las cervezas y acá se llaman birras.

Para gran sorpresa nuestra, a los ladrones les llaman chorros, con una "r" adicional a nuestros choros. Aquí nadie toca la corneta sino el claxon. El boleto del tren o colectivo, y también para la entrada del teatro, es el billete, y a las metras les llaman simplemente bolitas. Y hablando de eso, la palabra argentina boludo, tiene toda una larga lista de acepciones y usos locales, de la cual sólo tomaremos la definición nuestra de pendejo, para simplificar. 

Así las cosas, aquí lo importante pareciera ser el hecho y no la palabra, como tan acertadamente lo asegura Les Luthieres. Y el hecho cierto es que estamos en una vida extranjera que nos intentamos aprender para mejor y, también, para hacerla nuestra. 

Así entonces, los ves venir por la calzada, parecen conocidos hasta que sus voces te alcanzan y te pasan por un lado. Vienen hablando algo que te suena familiar porque también es castellano y lo sabes, pero no entiendes mucho de lo que se dicen estos dos peatones. Sabes que son latinoamericanos, eso se nos reconoce a leguas. Parecen venezolanos pero no lo son. Su acento los delata como locales. Son argentinos. Prestas mucha atención a lo que hablan e intentas entender las palabras y sus inflexiones.

Has emigrado. Aunque aún queda mucha luna de miel en el tintero, en esta nueva etapa, ahora estás en pleno entrenamiento.

Por cierto, Corina ha conseguido un buen trabajo esta semana. Es un magnífico comienzo con muy buen pié. 

Ahí vamos. Gracias por venir con nosotras. 



sábado, 7 de abril de 2018

SOBRE DAMNIFICADOS Y PEDACITOS


Antes de comenzar a escribir, hago una aclaratoria en deuda con la publicación de la semana pasada, respecto a mi pana Alvaro González Amaré. En un arranque de amor descontrolado como el que siento por él, escribí que nos une una amistad de cincuenta décadas. No es verdad. No le conocí navegando en un galeón español durante la Conquista Española de Venezuela, sino a bordo de su Frikito, un Volkswagen lindo que Alvaro manejaba entonces, yo sentada en las escaleras de la panadería caraqueña La Flor de Altamira con mi amiga Mercedes, él y su amigo Mariano piropeándonos y tirándonos besos desde el carro medio mal estacionado en la calle frente a nosotras. Eso tan lindo que sólo sabemos hacer magistralmente a esa edad que todos teníamos aquel día de 1972. La vida nos tenía reservadas un montón de sorpresas a los cuatro. Yo habría de ser algún día, entonces no tan distante, la madrina de la boda de Mercedes y de bautizo de su primera hija, Yira.  Mariano, sería mi novio por los siguientes dos años. Alvaro, se hizo mi amigo de toda la vida. De veras no se puede pedir mucho más de un encuentro vespertino a los veinte años en Altamira, en aquella Caracas.

Como tampoco se puede pedir más de cómo las cosas han sido para nosotros, a lo largo de nuestras vidas. En todos y cada uno de esos aspectos que nos conforman como personas. Nuestros pedazos que nos hacen ser quienes somos. Quienes nos hemos vuelto. No sólo Alvaro, Mercedes, Mariano y yo misma. Todos nosotros. Esos que éramos y seguimos siendo los muchachos de esa generación. Eso que nos distinguía entonces y aún hoy día nos distingue. Eso que algunos llamamos gentilicio, que nos define como venezolanos. Esa generación de muchachos que presenció y vivió en primera persona la transformación de Venezuela de una nación buscando su futuro, a una tierra de nadie en absoluto descontrol económico, político y social. Sentados en primera fila vimos cómo nos hicimos pedazos. 

Por eso hoy salen hoy a colación los pedacitos y los damnificados. Por esos muchos pedacitos que somos. Individual y colectivamente. Eso que nos conforma. Que nos define.

Me pregunto si será que las sociedades no somos en realidad un “todo” grande y sólido. Estructurado y compacto. Más bien pareciera que las personas y las sociedades en las cuales nos agrupamos, somos realmente un conjunto de pedazos, reunidos alrededor de una idea que nos hacemos de nosotros mismos. Eso parecemos ser, trozos pegados unos con otro. Un conjunto de pedazos, de historias, de aprendizajes, de días, de sueños. Una narración que vamos contando mientras nos sucede. Eso que nos vamos inventando, que a falta de mejor concepto le llamamos historia. La realidad y los sueños de todos a una, como en Fuenteovejuna. Gentes que se miran y se reconocen como pares de tanto hacer las mismas cosas. Reunirse alrededor de la misma comida. Bailar la misma música. Llorar los mismos muertos y sentir las mismas alegrías. La palabra paisano llena de nostalgia. Eso que iguala sin explicación.

Sin embargo ahora mismo, para esos pedazos que nos hemos vuelto los venezolanos, la cosa no pinta nada fácil de recomponer. Pareciera que hay mucho que sanar primero, antes de comenzar a pegar pedazos por aquí y por allá, a ver si nos volvemos a parecer a esos venezolanos que conocemos. Eso que tanto nos gustaba de nosotros mismos. Porque en el accidente fatal que ha sido nuestra historia contemporánea de los últimos años, la pérdida fatal más sensible ha sido ese recurso natural no renovable tan valioso, nuestra gente joven. Por muchos pedazos nuestros que intentemos poner en ese hueco del rompecabezas, siempre nos faltará esa generación.  Se hayan ido o se hayan quedado en del país. Eso quizás sea lo más complicado. Porque siento que la gran mayoría de nuestros muchachos venezolanos están hechos pedazos. Y están, además, damnificados. Donde y cómo quiera que estén. 

Hace unas semanas, aquí en Buenos Aires, le damos posada a una muchacha venezolana en nuestro reducido apartamento tipo estudio, una amiga de Corina desde hace varios años. En este “monoambiente”, como le llaman en Argentina a estos espacios pequeños, es donde desde hace tres meses hago campamento con Corina, Francisca, el taller de costura, un micro taller de Corina y el consultorio de Terapia Floral de Bach, una mínima cocina, un balconcito y un baño. En realidad, la historia de la venida y la estancia de esta chica es mucho más compleja, pero sólo diremos eso, que es una amiga de Corina a la cual le hemos abierto nuestro modesto hogar porteño para llegar a establecerse en Buenos Aires, en su huida de una Venezuela que les mata de hambre y miedo a ella y a su familia.  Sintetizo.

A nuestro hogar llegó a refugiarse una joven mujer venezolana totalmente hecha pedazos. Emocionalmente disfuncional en grado extremo, muy pronto nos damos cuenta que tenemos en casa a alguien que está completamente roto. Una damnificada que no sólo perdió hace años el piso que sostenía su vida, sino que ha vivido por tanto tiempo siendo damnificada en su propia vida, que ya no recuerda cómo vivir de otra manera. Mucho más grave aún, que tampoco parece poder tolerar que se viva de ninguna otra forma. Que resiente y agradece todo en una misma frase. Que te mira de soslayo, que llora por los rincones, que no afloja eso a lo que se agarra, aunque le digas una y otra vez que ya no le sirve para nada en su nueva vida. Que quiere creerte pero que no puede hacerlo. Una sufrida paradoja hecha gente.

Con esa fuerza telúrica que es la desesperación, los venezolanos llegamos a tierras extranjeras corriendo como locos a conseguir cómo ganarnos la vida, cómo comenzar a enviarle ayuda a nuestra gente que se quedó atrás, como planificar para irlos sacando de uno en uno. A las tres semanas, esta chica ha conseguido lo imposible. Tiene dos trabajos. Dos sueldos, casa y comida. Cuida a una señora mayor de lunes a viernes.  Los viernes se va a cuidar a otra abuelita hasta el domingo. Su gasto mayor es ahora ese pasaje entre las dos abuelas que cuida. En Margarita, donde vivía hasta el mes pasado, su sueldo de maestra primaria en una escuela pública le alcanzaba para comer dos días. En un hogar de seis adultos y una niña de cuatro años, la paga de los cuatro adultos con trabajo, apenas alcanza hasta el día 20 de cada mes.  Ella es la única en el grupo familiar con pasaporte vigente, así que queda designada para emigrar. Su idea fija es encontrar la manera de ir sacándolos a todos. Salvarlos de esa situación a la que no se le ve una salida cercana. Esto parece ser la única cohesión de sus pedacitos rotos.

El damnificado es un ser humano que está en una minusvalía emocional tan gigantesca, que no es capaz de dar nada. Nada de nada. No puede ni tan siquiera ver al otro. No se siente bien ni dentro de su propia piel. Nada le sirve. Está todo magullado. Ha sufrido por demasiado tiempo. Es como un preso de conciencia al que de pronto le sueltan a la calle, luego de años de cautiverio y aislamiento. Está desorientado. No sabe bien qué esperar, a dónde ir. Sólo sabe que debe ganarse la vida para salvar la de los suyos que dejó allá atrás, dentro de los calabozos. Lo demás, no importa nada, casi en absoluto. Lo hemos vivido en casa. Lo hemos visto suceder.

Desde que esta chica salió a sus nuevos trabajos la semana pasada, me pregunto una y otra vez cómo nos sanaremos de esto que su visita nos puso aún más en evidencia. Porque para recomponer algo que está tan roto y con tantos pedazos faltantes, se necesita mucho más que oponerse al régimen criminal que nos ha fracturado el alma de esta manera.  Cuánta higiene mental habrá que aplicarnos. Cuánto amor. Cuánto perdón. Cuánta reflexión exigirá de nosotros. Cuánto más karma sin resolver habrá que enfrentar y sanar de una buena vez y para siempre.

Esa buena muchacha que llegó a nuestro nuevo hogar en Argentina, no pudo verse en nosotras. No vio en nuestra vida casi nada en lo cual reconocerse a sí misma. No ve nada que le da tranquilidad ni confianza. Todo lo contrario. Su poca flexibilidad la vuelve un problema. Nosotras tampoco estamos para ser muy flexibles. Pronto se nos ven a todas esas precarias costuras con las que intentamos unir nuestros propios pedazos. No nos hacemos bien. Todas adoloridas, sabemos que cada quien tiene que resolver por su lado.

Se me ocurre que de ésta y muchas otras experiencias parecidas, será que saquemos la verdadera ganancia en la vida que nos ha tocado vivir a los venezolanos de fines del siglo XX y comienzos de XXI. Que quizás sea de esta ganancia de dónde obtengamos lo que necesitamos como un gentilicio digno, en el cual vernos reflejados la mayoría. Con orgullo y alegría.

Porque para ese entonces, habremos vuelto a erradicar el paludismo y el dengue. El Guri estará siendo el orgullo tecnológico que le corresponde. La gente con pocos recursos también tendrá acceso a una productividad y unas riquezas planificadas y bien distribuidas. Porque será mejor y más barato que diga Hecho en Venezuela. Porque tu principal competidor no es ya un Estado omnipotente, multimillonario mono productor, corrupto y corruptor sin freno posible. Porque el ser humano estará por encima del imperio de una ideología o demagogia. Porque las fuerzas sociales, políticas, económicas, industriales, militares, laborales, religiosas, entre otras tantas, se volverán a reunir en un nuevo Grupo Santa Lucía, para repensar a Venezuela con la mejor planificación posible. Nuevos IESA que habrán de surgir cuando ya no seamos unos damnificados con tantas urgencias de supervivencia. Muchos muchachos de regreso, otros planes Mariscal de Ayacucho. Más disciplina, menos guiso. Ojalá.

Nuestros pedacitos mejor acomodados hacen una hermosa imagen. Nosotros lo sabemos. Tantos otros países que nos reciben con los brazos abiertos, también lo saben. Porque pueden ver en nosotros que, aún en pedazos, nos alcanza la fuerza para ser una mano de obra excelente, fuerte y luchadora. Así como le alcanzó a esta muchacha venezolana que recibimos en casa hace apenas un mes, una damnificada que lo ha perdido casi todo, y a la cual le vimos conseguir lo imposible en tres semanas.

Habrá que aprender a usar esa energía en favor común cuando toque reconstruirnos, por fuera y por dentro también. Quiero creer que es posible. De verdad, ojalá.